Adiós Monchis (debe existir el cielo para perros)

Monchis / Foto: suministrada

Un profesor despide a su mascota con esta crónica.

Me dice la dueña del canino que me estaba esperando en la escuela para despedirse de mí y estoy seguro de que eso es verdad. A unos cien metros de la escuela vivían sus dueños, doña Marleny, don Luis y familia, ellos arguyen que aquel mejor amigo del hombre parecía más mío que de ellos. Monchis partió de este mundo en un día lluvioso, donde las nubes derramaron lágrimas por cuenta del canino quien sagradamente cuidó la escuela La Caima por cerca de tres años. Fueron tantas las lágrimas derramadas en la escuela y en la vereda que sentimos como si la quebrada La Caima hubiese crecido por culpa de tanto llanto.

El fatídico lunes anterior, a medio camino de mi sitio de labores, me topé con un enorme zorro, el cual aún conservo en un video. También tuve que esperar por cerca de dos horas que la quebrada la Caima se quitara el traje de río Magdalena con el que se había levantado para continuar mi camino. Llegué congelado a la meseta donde está la escuela y en la esquina de siempre, su esquina, Monchis estaba erguido como lo estuvo por tanto tiempo, a la misma hora, reportándose. Monchis, el perro más querido de su amo don Luis, parecía como una estatua, pero esta vez no fue hacia mí como solía hacerlo, sino que apenas cruzamos las miradas, se fue a los aposentos donde solía pernoctar. Se acababa de despedir de mí y solo lo supe un rato después.

Bien fuera que me quedara yo en la escuela o no, lloviera o tronara –principalmente en horas de la noche-, Monchis permanecía sagradamente en la escuela de la Caima. Usualmente dormía en un tapetico, siempre alerta, noble, muy noble y agradecido como ninguno. Todos los niños en la escuela amaban a nuestro ahora ángel guardián; era el primero en ser bañado en las jornadas de aseo que se hicieron a los caninos en la escuela de la Caima, con activa participación de los estudiantes, la cual está adscrita a la Institución Educativa General Enrique Caicedo de Alvarado, Tolima.

Monchis bien podría ser protagonista de una nueva versión de la inolvidable película “Siempre a tu lado”, incondicional, tanto que su presencia, aún se percibe en la escuela, en la vereda. Su muerte fue muy extraña, pues apenas vio que llegue a trabajar –el día de su muerte-  me miró, batió la cola y se fue para el sitio donde dormía;  no hubo poder humano que lo pudiera parar, poco antes de partir, junto a algunos estudiantes, le dimos las gracias por todo, se estiró, hizo del cuerpo, se orinó y luego partió de este mundo. De manera inmediata y extraña, expulsó bastante sangre por su hocico…

Salió aquel lunes inolvidable a despedirse, Monchis, el mejor amigo del hombre, aquel que siempre se ponía feliz al verme llegar, más que cualquier otro. Un amigo fiel, único, inigualable, tierno, cariñoso, el mismo al cual le haremos con los niños y niñas una estatua pequeña, muy a nuestro estilo para no al tiempo borrarlo de nuestras memorias, sembraremos el árbol más colorido de la Caima -cerca al sitio donde lo enterramos la misma tarde que se fue al cielo perruno-, le escribiremos canciones y lo dibujaremos con alas.

El día siguiente del deceso de Monchis, martes, su hija querida, Wendy, murió, al parecer de pena moral ante la partida de su señor padre. Al igual que en la película Siempre a tu lado, no se cuánto tiempo, pero sé que por muchos años, esperaré en la escuela a Monchis, no sé por qué razón, sé que un día de estos va a salir a latirme en las mañanas, cuando llegue bien cansado, después de cruzar, valles, ríos, quebradas y montañas. Me tumbará y me lamberá para luego premiarlo, con su comida favorita y veré siempre su esbelta figura en la misma esquina donde solía pararse en las mañanas temprano cuando me avistaba, latiendo, batiendo su cola, como rescatando del mundo esas extrañas palabras en desuso a las cuales se lea llama amistad y lealtad.

Por: Luis Carlos Avendaño López, profesor tolimense.

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