Anómicos o con “esquizofrenia institucional”

Germán Sánchez

Germán Sánchez

Existe un problema en la sociedad colombiana sobre el cual debemos trabajar con ahínco los próximos años y para las nuevas generaciones. El reto es cómo volver a sacralizar valores, como revestirlos de sagrado.

Aunque el tema no es nuevo para los estudiosos de la evolución de la humanidad, seguramente sí lo es para el resto de mortales que como nosotros tratamos de dar explicación desde muchas miradas a lo que está sucediendo en la actualidad en la nación colombiana, con su cambio de valores, que nos pareciera estar llevando a un relajamiento extremo en el deber ser o desde el no querer asumir las consecuencias de nuestros actos.

Tenemos claro que la moral está directamente relacionada con costumbres, prácticas cotidianas, entre otros aspectos; mientras que la ética lo es sobre la reflexión acerca de lo que es moralmente más correcto, más deseable, aquella norma universal o imperativo categórico frente a si lo que hacemos y pensamos es bueno y por ende debería hacerlo todo el mundo.

Pero con el paso del tiempo nos convertimos en una sociedad de anómicos, es decir, de la incapacidad de seguir reglas, de crearlas, de obedecerlas, de guiar con el ejemplo, como lo diría en su momento Émile Durkheim: “un estado sin normas que hace inestable las relaciones del grupo, impidiendo así su cordial integración”. Sin normas, ojo, no sin leyes, porque nosotros somos expertos es en leyes, códigos, decretos, etcétera, que no se cumplen, porque no hay normas morales que le den el peso a las mismas.

Creemos que por el simple hecho de estar la Ley se evita el incumplimiento. En eso el exalcalde de Bogotá, Antanas Mockus, tiene razón al explicar que pareciéramos no haber alcanzado esa madurez moral de la autorregulación, sin necesidad de guiarme por las leyes formales de la sociedad (las leyes) o las reglas del grupo de referencia, que busco, ya sea por aprobación social o para evitar ese mismo rechazo social.

Todo se nos volvió relativo, todo es un juego, nada tiene importancia o vale la pena elevarlo a categoría especial. Ni quiera recientemente el tema de la paz, ni las necesidades del ciudadano, de la ciudad o de la región. Como si todo se tratara de un simple mapa de intereses personales e individuales para la satisfacción propia. Es por eso que a los colombianos se nos va la energía en los “costos de transacción”, es decir, en el desgaste que produce tener que negociarlo todo en todo momento, en especial, en lo que se refiere al bien común, como lo señala Mockus.

No existe una concordancia aún entre el deber moral de obedecer la Ley porque la admiro, porque me genera autogratificación de conciencia hacerlo, porque esa Ley cuentan con el respaldo social-moral sufuciente, ni mucho menos porque cuenten con la reputación debida. Por eso, casi que me rijo por lo que me da la gana. No hago labor de equipo, no tengo una visión holística ni de colectividad, de bien común, en el ejercicio de lo privado o lo público.

Si no, por ejemplo, que decir del bochornoso espectáculo cada vez deprorable al que nos están sometiendo el alcalde de Ibagué y el gobernador del Tolima en una puja ruin por quién hace obras o se muestra más en Ibagué, no en beneficio de la gente y como aporte al desarrollo local, si no para los dividendos políticos-electoreros que vienen, ganar reputación, subir imagen, conseguir halagos públicos y estimular el ego.

No sé si como lo dice el profesor Carlos Jesús Fernández en su libro Vigilar y Administrar, han perdido todo vestigio de conciencia y están gestando una especie de “esquizofrenia institucional” desde las entidades que dirigen, haciendo un daño enorme a su cada vez más maltrecha credibilidad, con su comportamiento de anómicos.

Pónganse serios, que ya están bastante viejitos. Basta de show, de alimentar el morbo político, de arengar para la gradería, de buscar el titular para no perder espacio político. Hagan lo que tenga planeado cada uno para la ciudad en inversiones. Pónganse de acuerdo en que hacen juntos, qué separadamente, dónde, qué estudios, diseños, permisos y planes de contingencia se requieren. Para eso no necesitan ni una abultada comisión ni un comité de aplausos. Ni de estarse mandando “mensajitos” de supuesta fuerza o poder a través de los medios de comunicación.

No se dan cuenta de que hay temas mucho más importantes en la ciudad que “pelar en público” el uno del otro. Por ejemplo, cómo el Tolima mejorará en sus índices de innovación –y por ende su competitividad-, que según los últimos resultados de Planeación Nacional hace falta mucho por recorrer y estamos en la parte de abajo del nivel medio, muy cerca del nivel bajo. O es que aún no los leen. Cojan seriedad y valoren esta tierra y las instituciones que se les dio el honor de presidir.

Por: Nelson Germán Sánchez Pérez –Gersan-, periodista, docente universitario.

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