Antónimo de cultura (I)

Sergio Riveros, Escritor y estudiante de Derecho

Me confesaré. Cuando me senté a escribir, no sabía por dónde empezar.

La mañana del pasado jueves cinco, con pie izquierdo me desperté, de nuevo, asustado porque todo indicaba que me había cogido la tarde. Una vez más llegaría no sólo tarde a mí mismo, sino a la cita que acordé con un buen amigo mío para tomarnos un café y tertuliar. ¿Tertuliar? Eso suena a plan de ancianos, a lo que hacen quienes portan memoria de antaño, pero no, no señores, yo no quiero perder la tradición de las buenas conversaciones que ahora se minimizan a una ventana de chat, lo mío no es eso; permítame conjugar el verbo tertuliar en mi estilo de vivir, antónimo de uno de mis miedos: la muerte.

Minutos antes de las once, apresurado aunque tranquilo, tomé un taxi. Le indiqué la dirección al conductor sin que antes este me pidiera el favor de hacer una parada para llenar el tanque del vehículo amarillo impulsado a base de gas, asentí amablemente y cuando el semáforo indicó el verde, aceleró. No había mucha congestión cuando abordamos la carrera primera rumbo al centro, era una mañana soleada y aunque los pájaros no cantaban, si se escuchaban con una claridad estrepitosa el claxon de los vehículos que circulaban y la bulla de la gente que transitaba de un lado a otro, algunos en el afán de las compras navideñas, otros ocupados en sus locales agrícolas, de herramientas pesadas o en el habitual frenesí comercial del sector que ocupa ambos lados en medio de una de las vías más apelotonadas y estresantes de este pueblo desamparado.

El apático o precipitado tránsito particular; el sistema de transporte público vulgar que no cuenta con planeación y estrategia, las calles y avenidas en pésimo estado, la tremenda invasión del espacio público por las limitadas oportunidades de empleo digno y el embotellamiento del subempleo, al igual que las pilas de basura, indigentes y delincuentes que circundan las aceras y callejones, la falta de puentes que le den garantías de seguridad al peatón, al igual que bicicarriles y semáforos que funcionen correctamente o policías de tránsito que vigilen y eduquen a los ciudadanos en lugares (que se encuentran en gran parte de este municipio) donde reina la imprudencia de los que se movilizan, de los que se mueven en dos pies o sobre una capa de latón, tapete o cuero, dos o cuatro rechinantes llantas, son un manifiesto fulgurante y desolador del antónimo de cultura que representa la realidad que soportan los ibaguereños al salir de sus hogares y embarcarse en este paisaje de contaminación, ruido, depresión e indiferencia.

Inevitable no encontrarse con todo esto. No es la primera vez que me cuestiono a mí mismo sobre lo que observo desde una ventana, esa anarquía que predomina sobre lo que hacen quienes están cómodos en sus oficinas y hablan de gobernar, con cifras, discursos “veinte-julieros” que al mezclarse con el aire impuro y las calles grises son pisoteados, ignorados, opacados por el alboroto al tratarse en su mayoría de mentiras y gestos de cinismo, de mala fe, de cumplir obligaciones mínimas, mínimas como la cantidad de verdades que ni siquiera hablan con firmeza y convicción estos personajes, sino que leen de un vasto cúmulo de hojas, en un atril que sostiene un micrófono, bajando la vista constantemente y perdiendo el tembloroso aliento; palabras que se escupen cuando la lengua aún no encuentra conexión con el cerebro que, entre otras cosas, se encuentra apresurado, asfixiado por el saco y la corbata que les envuelven el cuello y el tórax desde tempranas horas de la mañana.

Todo lo anterior resultará antónimo de cultura y a su vez, sinónimo de gobernar con negligencia, con egoísmo, con majaderías y burlas al mismo tiempo que este diagnóstico les corresponde a personas con una seria minusvalía mental, ética y profesional que llegaron gracias al voto de los que a diario transitan de norte a sur, de oriente a occidente y de alegría en tristeza y viceversa por esta pequeña ciudad.

Me acerco a mi destino, hora de tomar un respiro. Saco la billetera y alisto el dinero para pagar lo que marcó el taxímetro durante esos minutos que estuve atento a lo que ocurría fuera de la ventana y que no pasó inadvertido porque implosionaron dentro de mí sentimientos e ideas encontradas entre sí que se repetirán cuando descienda del vehículo amarillo y camine por esas calles.

Por causa desconocida, que al llegar a casa retomé y concluí pudo tratarse de que el café que beberíamos estaba envenenado, viejo o muy caliente para mi gusto, no logré dar con mi despistado amigo junto al sitio cercano a la carrera tercera; donde continuaré esta historia, será pronto y esta vez a pie, no llegaré tarde en mi próxima aparición por este medio, pues aún me queda mucho que contar.

Escrito por: Sergio Riveros, periodista y estudiante de Derecho.

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