Apartamentos, constructoras y otros cuentos peregrinos

Luis Carlos Rojas García

Colombia está llena de cuentos que hablan de personas y mundos al borde de la destrucción. Hay dentro de nuestro país una suerte de cuentos que se reescriben una y otra vez y que pareciera no tienen una lógica dentro de la mente del autor, pero, que están ahí, que cuentan algo y que quieren salir a la luz en algún momento para evidenciar la barbarie a la que nos someten o nos sometemos por voluntad propia.

Ahora bien, estos cuentos describen cómo nuestro país se hunde en la corrupción, la muerte, el suicido (el real y el ficticio) la destrucción de sus recursos naturales, las masacres de líderes sociales y pueblos indígenas, el abuso de poder por parte de las autoridades, el desempleo, las violaciones, la mala educación, el silencio cómplice, la delincuencia, el hambre entre otras miserias. Esto sin contar, que el nuevo viejo gobierno, de la mano de los medios destructivos de desinformación, es especialista en cortinas de humo y en mirar los asuntos de los países vecinos más que los asuntos propios y, aunque siguen ocurriendo situaciones nefastas, aquí no pasa nada, porque este es el país que tiene leyes solo para unos cuantos y unos cuentos; de resto, los que tienen con qué hacen literalmente lo que se les viene en gana. Colombia está llena de cuentos peregrinos.

Sin embargo, y pese a lo anterior, la vida continúa, aunque parezca absurda la consigna, porque es obvio que todo sigue; no obstante, es un hecho que los colombianos seguimos creyendo que este es el país más alegre del mundo, que como Colombia no hay dos, que la comida, sus mujeres, sus costumbres, el rebusque, la malicia colombiana y hasta lo folclóricos que somos dentro y fuera del país, son cosa maravillosa en el universo y en todos los universos de cualquier teoría cuántica, sencillamente porque: ¡Colombia es pasión!

Tal vez esta es la razón por la que, en los últimos años, hemos visto un crecimiento impresionante en el sector de la construcción, sobre todo, en la construcción de viviendas cuyos proyectos van de la mano de bancos, entidades y hasta de los mismos gobiernos que ofrecen: “casita gratis” o en últimas, (subsidios), que por cierto andan diciendo que van a quitar por aquello del presupuesto para cositas varias.

¡Cómo sea! Las oportunidades de tener vivienda propia van desde cuotas iniciales a largo plazo, hasta subsidios que hacen de este sueño algo alcanzable hoy en día, y uno termina convencido de poder lograrlo pagando cuotas entre quince o veinte años ¡Denos el agua donde nos dé! Por supuesto, estas decisiones no vienen solas, es tanta la publicidad que nos llega en todas las formas que resulta inevitable no caer en la tentación de entrar en la moda de los 47 m². Es tan impresionante el auge de su casa ya, que ni siquiera nos importa revisar o al menos recordar, lo sucedido con el Upac o con la constructora Space en Medellín, o con otros cientos de casos de personas que invirtieron lo que tenían y que lo perdieron todo cuando menos lo esperaban, por culpa de las cuotas del banco, del desplome de sus viviendas o la desvalorización de las mismas por una mala construcción.

Y es precisamente esa falta de interés lo que hace que los proyectos de vivienda estén por todas partes y como la vida misma, aquí o allá, siguen y siguen y siguen y por ahora nadie los va a revisar. Para no ir muy lejos, en Ibagué no hay sitio en donde no seamos testigos de la manera cómo van construyendo conjuntos cerrados o edificios con apartamentos de cuotas muy favorables. Uno queda asombrado al ver cómo, en donde antes estaba la tienda feucha del barrio, ahora hay un edificio. Uno intenta imaginarse cómo le hacen para terminar esos conjuntos cerrados en tan poco tiempo, pero las constructoras y sus integrantes son unos verdaderos magos.

No obstante, el cuento de tener vivienda a veces no es tan bonito como parece, y no es precisamente porque tengamos alma de aventureros o porque eso de tener un hogar ya no haga parte de los nuevos modelos de pensamiento, no; lo que sucede es que en el afán de muchas constructoras de levantar más y más edificios, resultan entregando trabajos a medias, y lo más preocupante del asunto no es que dejen las zonas comunes sin construir, la piscina con problemas, las terrazas sin inmunizar o incluso, líos con los acabados, el problema real de todo esto es la calidad de los materiales que utilizan para los diseños. Por lo mismo, no es raro ver conjuntos o edificios que no llevan más de dos años de construidos con serios problemas de grietas, acueductos defectuosos entre otras cosas, que hacen del sueño de tener casa propia una auténtica pesadilla. A lo anterior se suma que muchas de estas constructoras terminan una obra y automáticamente cambian de razón social para empezar otra. Y si las personas no tienen cuidado de revisar los contratos y los detalles a la hora de la entrega, pierden el año.

En resumidas cuentas, y sin querer decir que vivimos en el peor lugar del mundo, debemos tener mucho cuidado a la hora de invertir nuestro dinero en proyectos como estos. Y es que en un país en donde ni siquiera el gobierno nos ofrece las garantías necesarias para criar a nuestros hijos (recordemos los falsos positivos) no podemos esperar nada bueno de los miles de timadores que hasta se dan el lujo de hacer política con los sueños de las personas de tener una propiedad. Pero, mientras se destapa la olla podrida, como suelen destaparse las ollas podridas en Colombia, seguiremos observando el crecimiento desmedido de estos proyectos sin que nadie se pregunte el porqué del mismo.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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