Aquel veinte de julio

Aquel veinte de julioTexto literario de un escritor tolimense para conmemorar esta fecha patria.

El veinte de julio de mil ochocientos diez el gallo fastidioso y altanero de la casa vecina amaneció cantando más temprano que de costumbre. Me revolví en cama intentando en vano ignorarlo y sin lograr de nuevo conciliar el sueño, decidí levantarme y terminar algunas cuartillas que habían quedado pendientes la noche anterior, y que dicho sea de paso, debía entregar a la Gaceta en la tarde del veinte. Trabajé algunas horas en aquella enorme mesa que hacía de comedor, escritorio y que de vez en cuando servía para otros menesteres menos rigurosos y ordenados.

Era casi media mañana cuando salí de mi casa. Me dirigí directamente hasta el toldo de Socorrito en el mercado y desayuné con apetito un monumental tazón de chocolate y una generosa ración de colaciones dulces. Luego, con el estómago lleno y el corazón galopando de ansiedad, me dispuse a cumplir mi clandestina cita de todos los viernes con Manuela Zabaleta, ese amor prohibido con el que solía encontrarme entonces a espaldas de la enorme catedral, en la esquina oriental donde funcionaba el Colegio Mayor. Mientras esperaba a la mujer amada, advertí extraños movimientos y ese aire enrarecido que poblaba la estrecha calle adoquinada.

Abandoné el lugar, como si paseara imperturbable, y al cruzar frente a la casona esquinera de la Calle Real donde vivía y tenía sus asuntos de comercio don José González Llorente y su esposa María Dolores Ponce, por esos días recién parida, descubrí una multitud de hombres inquietos que parecían fraguar una asonada o algún delito de esos parecidos. La reyerta se inició cuando de esa misma multitud salió uno de los Morales, creo que fue el padre, que en un arranque de arresto penetró a la casa de don José, el español, y le pidió en calidad de préstamo un florero, un ramillete fresco y otros adornos que ahora no recuerdo muy bien, para el recibimiento que se le tributaría al comisionado don Antonio Villavicencio unas horas más tarde en casa de los padres de la mujer que en ese instante, pensaba, me estaría aguardando impaciente en la calleja trasera de la catedral. La respuesta entonces de don José, el español, fue la de mandar para la mismísima mierda a los que llegaron por el florero. Si mal no estoy, la primera bofetada la soltó Morales, el muchacho; luego intervino el padre a puño limpio y patada certera en las partes nobles del español embravecido; y en medio de la acalorada barahúnda la porcelana entonces quebrada en mil pedazos y los criollos emputecidos que empezaron a empujar las puertas en la tienda esquinera, con el ánimo inequívoco de linchar entre todos al agresor de España, que como pudo, en medio de la turba bulliciosa, logró escabullirse para buscar refugio, con la ropa hecha jirones y el antebrazo izquierdo sangrante, en la casa de un vecino chapetón amigo suyo.

A eso del medio día y cuando ya a los revoltosos criollos les hervía veneno y candela por las venas, don José González Llorente, el español, se pintorreó de carmín la cara maltrecha, se peinó todas pispas las pestañas, se caló una peluca

Re rizos cenicientos y metido en un vestido largo de moños coquetos en los hombros y un gran escote relleno de chiros y algodones, intentó regresar a su casa de la esquina, disfrazado como cualquier comadre santafereña y en silla de manos para no ser descubierto por la turba. Yo fui de los primeros en reconocerlo, mientras recogía un fragmento del florero roto para conservarlo de recuerdo; luego fue la montonera excitada que lo esperaba armada de garrotes, pidiendo a gritos su cabeza y su peluca de rizos cenicientos. El español como pudo, alcahueteado por sus criados, logró ganar un refugio más allá del empedrado patio de su casa, y de no haber sido por la intempestiva llegada del alcalde Pey, en ese mismo instante, habrían descuadernado las puertas y ventanas para descuartizar a Llorente.

Pude advertir entonces, pasado unos minutos, que entre Camilo Torres, que se sumaba a la revuelta, y el recién llegado alcalde Pey, se llevaron al español lloriqueante para la cárcel; no entendí entonces si era para castigarlo por su ofensa a la criollamenta, o para protegerlo de la multitud iracunda que se fue vociferando detrás de ellos, hasta que vieron a don José, encerrado en un calabozo oscuro, amarrado de pies y manos con pesados grillos. Encierro que duró algo más de cinco meses, si las cuentas no me fallan. Lo que vino luego, fue como para alquilar balcones: el pueblo amontonado en la Plaza Mayor pidiendo al unísono u n cabildo abierto y un adiós definitivo para el Virrey Antonio Amar y Borbón, que un par de días antes había arengado al pueblo, palabras más, palabras menos diciéndoles: “Generosos, leales habitantes del Nuevo Reino de Granada… les encargo mis posesiones en América”. La gritería en crescendo animada desde el balcón de la casa consistorial por Acevedo y Gómez o José María Carbonell, que disparaban sus puños al cielo y daban el parte de victoria; las calles aledañas a plaza llenándose de hombres y mujeres que se apretaban en una batalla que más parecía una desordenada fiesta acabada de comenzar. Y detrás de la catedral, entre la muchedumbre alborotada y sin ocultar su rostro de felicidad desbordada, caminaba ella, la mujer de mis amores prohibidos, la mismísima Manuela Zabaleta de mis citas clandestinas, la de los furtivos encuentros de los viernes, que caminaba apresurada y feliz, pegada a un chapetón gigante que la llevaba abrazada, llenándole la cintura y el perfil de sus nalgas con la mano abierta, calle arriba por la empedrada Santa Fe, como si se escaparan de todo.

Empuñé con fuerza, hasta sangrar, el pedazo del florero roto que había guardado de recuerdo. Caía la tarde del primer día de la Independencia.

Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.

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