Banquete de agrónomos: ¡No, a nuestro nombre!

El siglo XX colombiano: Cien años de progreso asombroso y de violencia sin fin. Santos Molano, Enrique. Revista Credencial N°172 (2004): “1953, niños guerrilleros en el Tolima”.

Terminó esta semana en Ibagué el “XXI Congreso Colombiano y I Latinoamericano de Ingenieros agrónomos”, un banquete más de los ingenierxs agrónomxs federados, según se lee en la web de Finagro y convocada por la patronal tolimense Siatol y por su versión nacional Fiacol.

Según lo anunciaron, el banquete sirvió, para discutirnos, en tres días, sobre la política de Estado en la producción y calidad de los alimentos, para anunciarnos que la ingeniería agronómica y la asistencia técnica actúan como garantes de salud, para contarnos acerca del cambio climático y su influencia en la producción y calidad de los alimentos, y por último, si el tiempo alcanzó, para enterarnos de la salud de los suelos y el bienestar de la humanidad.

Esa fue la agenda oficial. Loable y pretensiosa, sin duda. Como pretensioso y ajeno ha sido su ausente rol social como gremio a toda sincera y obligada defensa por un ambiente sano, o por una justa contratación y paga a lxs agrónomxs, o por un justo comercio de insumos y cosechas.

La otra agenda, la alterna: la de los negocios, la de los cultivos para la industria y no para alimentarnos todos, la de la instituida y legalizada contaminación agroquímica de tecnología nano, que ni los mismos miembros de la patronal tolimense conocen; o la de la neo-contaminación con hongos y bacterias GMO disfrazados de “buenas prácticas de manejo BPM” o cualquier otro mote “sustentable”; o la del creciente lobby de tinte “confianza inversionista”, sobre acuciados derechos de manipulación genética y de protección de la información genética, por décadas clandestinamente usurpada a semillas y cultivares nativos, para que les sean “protegidas sus patentes”, a punta de Esmad, si es el caso.

Pero lo que importa no son sus agendas pretensiosas o virtuales, que están en su derecho de hacerlas y festejarlas, en este banquete o en los que vengan.

Lo que importa acá es su agenda política. Sí. Porque sí algo sostuvo al Frente Nacional, al Estatuto de Seguridad de Turbay, al Neoliberalismo de César Gaviria, al expansionismo paramilitar del gobierno de Samper Pizano, y al Plan Colombia del hoy internacional opositor Pastrana y el de su sucesor antioqueño, fue un silencio gremial, o al menos ignominioso, traducido en apoyo político silente para la debacle del agro en general y con ello la execrable pérdida del empleo agronómico.

Y entre silencio y apoyo, fueron muchos – centenares quizás – lxs agrónomxs tolimenses que murieron, que perdieron la vida a manos de los distintos actores armados del conflicto, por el solo hecho de trabajar para algunas de las casa comerciales de los camaleónicos patrocinadores internacionales en los 21 banquetes de la patronal tolimense, o por el solo hacer lo que bien sabe hacer un o una agrónoma: Sociología rural. Para sus asistidos. Para la comunidad rural donde viven las familias de sus asistidos y sus jornaleros. Para hacer Nación, a través de la transferencia y contratransferencia tecnológica, no a través de la dependencia tecnológica.

Si, esa misma palabreja transferencia, que está desde mediados del siglo anterior en los libros y manuales de la ONU, mas no de la Usaid, y que tanto desarrollo dio al campo colombiano, desde antes que los gremios confederados nacieran, y que estos hoy hábilmente invisibilizan de su agenda, en medio del banquete.

Es el juego del metalenguaje que plantea Chomsky: las BPM a cambio de la transferencia, y estas con kit “sostenible” incluido: en el arroz, en el café, en el ganado, en la palma africana, en lo que sea. Kit que no dice donde se produce la tecnología y menos como se hace. Para ello está su alter ego regional: Cortolima (igualmente invitado al banquete, financiado con el dinero de quien se enriquece contaminando), que endulzará hasta el oído más reacio de agrónomx en duda, o silenciará su juicio crítico. Casi, pero solo casi, como hacían los Jesuitas en plena Inquisición, con los paganos y apostatas.

La patronal, por acción u omisión, junto a sus gremios de peso (les llaman algunos): Fedearroz, Fedecafe, Fenalce, Fedecacao, entre otros, en las últimas dos décadas, “tercerizaron” el trabajo de todos lxs agrónomxs cumpliendo con la neo-liberalización de la agricultura colombiana del impune César Gaviria. Así que su discurso de garantes de la salud, no va con nosotros, los no federados.

La patronal en un silencio que raya en lo ilegal, permitió que la catedra pública y con ella, la inventiva de los nacientes agrónomos de la UT, fuere obligada, desde los 60, al servicio de solo probar la dependencia tecnológica con toda suerte de venenos de sus antiquísimos patrocinadores foráneos. De modo que de salud de los suelos y de bienestar humano, no nos echen la culpa, mirando hacia otro lado.

La patronal, entonces expectante frente a las Umatas de Barco Vargas, esparcidas a la Nación por Samper Pizano, per se generadoras de trabajo no contaminante para lxs agronomxs y talanqueras de su sociología rural, pero luego silente, ante la embestida en el gobierno del señor antioqueño, que las desapareció a cambio de la asistencia técnica solo para quien la pueda pagar.

Y eso sin contar que el mutis por el foro patronal, cundió en dos tristes actos del Congreso y del Gobierno que avergonzarían hasta el más cínico de los políticos gremiales: el primero en 1992 bajo el señor Gaviria, con la derogación por un vergonzoso ponente senador tolimense del parágrafo 3° del artículo 12° de la Ley 5ª de 1973 y de los artículos 54 ss y 94 ss de su Decreto Reglamentario 1562 de 1973, quizá la fuente más onerosa de trabajo agronómico que debía ser pagado por el banco prestamista y no por el deudor, al contrario de lo de hoy; y segundo el siete de agosto de 2002, en uno de los primeros actos de gobierno del señor antioqueño, que eliminó todo impuesto a las multinacionales que envenenan al sector agropecuario y al medio ambiente, con tal que envasaran su veneno acá en la comarca, donde entre otras una de esas maquilas es “orgullo regional” para uno de los tercerizadores, en Espinal.

La lista sería larga y el aguar la fiesta y el banquete, interminable. Se dirá que existen agronomxs de primera y de segunda. Tal vez. Pero al igual que lo hacen desde los 90 algunos soldadxs israelitas, hoy encarceladxs, por negarse mediante la consigna “No a nuestro nombre” a hostigar y asesinar niños palestinos, lxs agrónomxs sobrevivientes de la sociología rural, conscientes del daño causado y sabedores que la única ecología posible es la de un alimento diario para todxs, no queremos más banquetes a nuestro nombre, mientras hacemos Nación y ustedes, negocios.

Por: Luis Orlando Ávila Hernández, Ingeniero agrónomo, propietario de
la ex Tienda Cultural La Guacharaca.

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