Bastardos sin gloria

Luis Carlos Rojas García

No sé ustedes, pero no bajé de Tennessee de las malditas montañas, atravesé un océano de 8 mil kilómetros, luché en el camino por la mitad de Sicilia y después salté de un maldito aeroplano para enseñarles a los nazis una lección de humanidad. Los nazis no tienen humanidad. Son soldados dirigidos por un maniático odia judíos y asesino de masas y deben ser destruidos”,
(BP: Aldo el Apache. Bastardos sin gloria)

Quería escribir sobre el deterioro de las calles de la ciudad y los reductores de velocidad que, sin lugar a dudas, se han convertido en un verdadero dolor de cabeza; sin embargo, a raíz del último acontecimiento en donde un colombiano como usted o como yo, fue brutalmente asesinado, me cambió la idea por completo, pues me remonté a otros tiempos. Aunque, hablar de asesinatos brutales en nuestro país es tan común como ver el reality show de moda o hacer fila en el restaurante nuevo de la ciudad, sin dejar de lado por supuesto, las muertes selectivas que hacen parte de toda esta farándula que entretiene a grandes y chicos y, en donde no ha de faltar quien asegure que este hombre se lo tenía merecido por ser un excombatiente de la guerrilla, tal como lo presentan algunos medios de comunicación (da la impresión que tratan de justificar lo que no tiene justificación) y ni hablar de las desfachatez del dizque ministro de Defensa con sus amañadas declaraciones sobre el tema o de la ineptitud del gobierno de turno.

Entonces, la manera como desmembraron a esta persona me recordó mi paso por las Fuerzas Armadas en donde a diario nos contaban las más espantosas historias de un grupo de desquiciados que, sin razón ni motivo, se habían ido al monte para hacer el mal y nada más que el mal. Cómo olvidar las tardes de vídeos con imágenes de tomas guerrilleras y el discurso constante en formación sobre la necesidad de odiar a ese enemigo que no conocíamos, pero que había que darles con toda a esos “malparidos” porque ellos harían lo mismo con nosotros.

Al cabo de unos días, la paranoia pululaba por todos los rincones de la guarnición y de los neófitos soldados que soñaban con descuartizar guerrilleros, a lo Quentin Tarantino. No obstante, teníamos un miedo infernal que nos mantenía despiertos frente al río, en los alojamientos o en cualquier garita. Dicho en otras palabras, ese enemigo era el mismísimo Vietcong o los nazis y, como en el cine, los teníamos que aplacar con balas de fusil, con cuchillos o con lo que fuera que tuviéramos a mano, según la instrucción.

No obstante, por más que intento hacer memoria de todo lo que nos decían para cultivar el odio y el desprecio por el supuesto enemigo, no recuerdo que alguien nos hubiese llegado a decir que ese enemigo estaba conformado por chicos como nosotros, que ellos también eran hijos de alguien, esposos, hermanos, amigos. No recuerdo que alguien me hubiese dicho que la sangre de ese enemigo teñía con el mismo rojo que mi sangre. Y no lo recuerdo porque sencillamente esas cosas no se dicen, menos cuando estamos hablando de la guerra y los beneficios de la misma para unos cuantos.

Asumo entonces que esta es la razón por la cual siguen ocurriendo sucesos tan espantosos como el de este hombre torturado y desmembrado. Uno pensaría que eso solo pasa en las películas de Quentin y otros, o que estas prácticas se quedaron en el pasado, pero no es así, están más vivas que nunca. Lo más absurdo del caso es escuchar frases como: “los héroes de la patria” o “murió con honor”, “Dios y patria” etc; cuando la diferencia entre un guerrillero, un paramilitar, un policía o un soldado es mínima.

Y cuando uno se pone a mirar el fondo de todo esto, uno se da cuenta que pertenecer a cualquiera de estos bandos, nos hace unos auténticos bastardos sin gloria al servicio de un montón de dementes que duermen en camas calientes y dictan leyes para favorecerse entre ellos. Y así es en todos los países y ha sido siempre así con el tema de la guerra. Nosotros, los pobres, no somos más que carne de cañón, lo demás es solo un guion para creer en toda esa basura que nos venden a diestra y siniestra.

Por todo esto, no será raro seguir viendo y escuchando noticias tan espeluznantes como la mencionada con anterioridad, como tampoco será extraño ver correr por los campos a Shoshanna, llevando el rostro manchado con la sangre de los suyos y ahogada en llanto, mientras el viento le susurra al oído las palabras del asesino de su familia:

¡Au revoir, Shoshanna!

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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