Candidatos, elector y periodismo: la enfermedad, el síntoma y el placebo

Ilustración de Patryk Sroczyński en el The Guardian.

Las, los y les candidatos de Ibagué y el Tolima a las próximas elecciones, son y están siendo fabricados por la “industria de la felicidad”, cuyos más visibles accionistas son el partido de la justicia, el partido de los medios, el partido de las universidades – y para lo que en nuestro caso viene a ser lo mismo – el agazapado partido de los gremios.

El insumo principal de esta industria naranja y sus productos, tal como en tantas de las Violencias del siglo pasado, es el odio y el temor sembrado, a tiempo.

En cualquiera de los ya nominados/as/es se atisba esta útil franquicia y su sello de marca, o de origen como hoy se les vende: la individualización de todos los problemas sociales.

Consecuencia de ello, el neoliberalismo y su religión del mercado como sostén de esta reciclada industria alentando el abandono de lo colectivo, de lo plural.

En ellos, ellas y elles los problemas personales de cada cual, deberán ser psicologizados y privatizados. Burocratizados, con o sin la fuerza del Estado, al que se usurpan en cada periodo electoral.

Por tanto no existe un contexto social o estructural de la economía a quien responsabilizar  por la pobreza, el robo de lo público, o por los crímenes de Estado.

Simplemente, es cuestión de tener (enseñar, votar, cooptar) la habilidad de ser resilientes y diestros para entrenar nuestro cerebro, aceptando que las cosas son así, como tienen que suceder.

Y es aquí donde se patenta el rasgo principal del producto (candidato) de la industria de la felicidad: como fanáticos espiritualistas del monoteísmo cristiano que son, los, las y les candidatos ya nominados, nos dictan el cómo entrenarnos en esa habilidad para mantener el statu quo del corporativismo capitalista local.

Como sucede con el neoliberalismo, estos/estas/estes dividen al mundo visible entre ganadores y perdedores.

De los ganadores solo baste leer la sección política o judicial, sus titulares o su primera página en los noticieros radiales, diarios impresos y portales de noticias.

De los perdedores, simplemente caminar consciente observando por nuestra propia casa, calle, barrio o vereda.

Por esto cuando las ventas bajan y se requiere cambiar el marketing – el libreto individualista – entonces los productos de la industria de la felicidad acuden al rentable negocio colectivo de lo progre, de lo facho o de lo verde: marcha carnaval, predialazo, lucha anti-suicidio, anti-megamineria, anti-bolsas plásticas, anti-Santrich, anti-ciclovias, anti-estado de derecho, anti-Paz y todos los antis que procuren renta, en su mercado de las emociones, de “capital humano”.

En el extracto publicado de su libro “McMindfulness: cómo la (técnica de) atención plena se convirtió en la nueva espiritualidad capitalista” (The mindfulness conspiracy, diario The Guardian, junio 14 de 2019), el profesor de la Universidad Estatal de San Francisco USA, Ronald Purser, lo dice mejor:

«Un ejemplo ilustrativo es la práctica del reciclaje. El problema real es la producción masiva de plásticos por parte de las empresas y su uso excesivo en el comercio minorista. Sin embargo, a los consumidores se les hace creer que el problema subyacente es su desperdicio personal, que puede solucionarse si se cambian sus hábitos. Como un ensayo reciente en Scientific American se burla: «Reciclar plástico para salvar a la Tierra, es igual a lo que el martillar un clavo para detener un rascacielos que se cae».

Crear individuos (en nosotros mismos) “ricos” en emociones capitalizadas – nuevo anatema para quien no se circunscriba al directorio universitario de hoy: “el capital humano” – es el código de barras de los productos que nos fabricaron y por los cuales, nos dictan, habremos de votar en este octubre en Ibagué y el Tolima.

Los gerentes de esta producción en serie, además de los exrectores que roban o se candidatizan, por ahora, son: el señor Ferro, el señor Barreto, el señor Yepes, el señor Gaitán, el señor Hernandez y el señor Medina junto a las señoras Matiz y Agudelo.

El papel de estos gerentes y el de su neoliberalismo democrático, como el mismo Purser lo afirma en su extracto, quien más sencillo lo interpreta es el filósofo francés Pierre Bourdieu:

«Un programa (político) para destruir estructuras colectivas que pueden impedir la lógica del mercado puro».

El sabotaje industrial es una práctica recurrente entre las potencias mundiales y las grandes corporaciones (verbigracia el reciente “daño” a la red de trasmisión eléctrica en Venezuela, Huawei, las dos últimas guerras mundiales y la que puede iniciarse este año con los auto atentados a los buques petroleros en Oriente Medio).

Por lo tanto, tenemos en Ibagué y el Tolima en este 27 de octubre, el derecho universal a sabotear a la industria de la felicidad, que nos imponen desde y a punta de placebos.

Romper con la “cultura de la felicidad”, del “encontrarnos a nosotros mismos” y del “capital humano” para quitarnos de una vez por todas que la carga de culpa de nuestros problemas personales son solo asunto de cada cual, es un buen paso.

Empezar con la infelicidad consciente que nuestros problemas personales nacen con las condiciones políticas y socioeconómicas (desempleo, pobreza, robo de escenarios deportivos, paramilitarismo) que nos han impuesto las elites inversionistas de Ibagué y el Tolima en su industria de la felicidad junto a sus baratijas maltrechas.

La estrategia: dejar de consumir tanto placebo, para no agravar más la enfermedad.

Por: Luis Orlando Ávila Hernández, ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.    

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