Caso Aldana: verdades y mentiras

Joaquín Aldana

Joaquín Aldana

La Corte Suprema de Justicia puso fin a la novela judicial más escalofriante de los últimos años en Ibagué. Pero quedaron interrogantes en al aire.

Si la mataron fue por algo”, decía con sordidez la gente. “Eso se lo merecía por buscona”, comentaban otros con ligereza.

El cadáver era el de un travesti que plantaron ahí, doña Érika está viva, y anda de viaje”, aventuraban las mentes calenturientas, empezando por la de su mitómana empleada del servicio y niñera de sus hijas.

“Es que ella era la amante del general Naranjo, y el tipo la mandó a matar para tapar el escándalo”, fabulaban perversamente.

Paralelo al proceso y al juzgamiento del coronel de la Policía Joaquín Enrique Aldana Ortiz, condenado por el brutal asesinato de su mujer Erika Yeneris, comenzaron a correr rumores de propaganda negra, respaldados con documentos y declaraciones. Esas especies llegaron hasta los medios, y hubo algunos, como RCN Televisión y su corresponsal local, que se atrevieron a señalar que había aparecido sangre en la casa de la pareja, algo que hasta los laboratorios de la Dijín desvirtuaron. (Vea: análisis de la sentencia de Aldana).

Para el juez Norberto Ferrer Borja, para el Tribunal Superior de Ibagué, y ahora para la Corte, es claro que Aldana fraguó el asesinato de su mujer, al descubrir las infidelidades de esta. La brillante sentencia que hiló con indicios la conducta de Aldana, al no encontrar prueba material de su responsabilidad, no pudo ir más allá de las dudas que siguen rondando el caso.

¿Fue en crimen planeado o de impulso instantáneo? Para buena parte de los colombianos y gracias a los pésimos y mentirosos oficios de programas como el de Pirry, Séptimo Día, Discovery Channel, Siguiendo el rastro, Testigo Directo, y demás, que pasaron por la ciudad un par de días sin investigar a profundidad, Aldana dio muerte a su mujer en un rapto de celos, y enceguecido por la ira. Casi nadie habla de la planeación del crimen, con antelación de días. Si no es así, ¿por qué los escoltas de Aldana testificaron que días antes del asesinato llevaron al coronel de compras al almacén Yep de Ibagué donde este se aprovisionó de guantes, bolsas de basura, desinfectante y otros materiales? Existen otros detalles que hablan de la planificación milimétrica del crimen, tanto que no se dejó prueba física de su realización.

¿Quién más ayudó al coronel en la consumación del asesinato? Esto porque quien descuartizó el cadáver de la señora Yeneris, tenía conocimientos o experticia plena en anatomía o tanatología. Los forenses que estudiaron el cuerpo, hablan de incisiones precisas en articulaciones y en que los restos fueron incluso lavados con ácido o hipoclorito para evitar un posterior sangrado. Aldana no pudo haberlo hecho solo con buscar en internet la manera de proceder, según concluyó el juez.

¿Quién arrojó los restos en la hacienda San Isidro en la vía Ibagué – Alvarado? Aldana no lo hizo, alguien más le colaboró. Esto, se comprueba con el testimonio de los policías que estaban de turno el nueve de septiembre de 2009, quienes señalaron que no vieron pasar a su superior por el puesto de control de El Salado. Si Joaquín Aldana no transitó por allí, alguien más sí lo hizo para que el oficial pudiese mantener su coartada, permaneciendo convenientemente en su casa.

¿Por qué la familia política de Érika quería desaparecer sus restos? Cuando se destapó el escándalo y Aldana se contradecía ante sus superiores, la familia y los medios, apareció una orden de la entonces fiscal Teresa de Jesús Aldana (hermana del coronel), donde pedía que se le entregaran los restos de la señora Yeneris. ¿Para qué los necesitaban? ¿Qué intenciones tenían los cuñados de Érika? Nunca se investigó el extraño proceder de la hoy Notaria Sexta de Ibagué.

¿Por qué no investigaron a Aldana por tortura y otros delitos? Los forenses que testificaron fueron claros en señalar que Érika Yeneris soportó torturas en vida. Luego que su marido le encajara tres garrotazos en la cabeza, por la espalda, ella quedó inconsciente. Allí, se le hicieron los 57 cortes en la cara, luego se le arrancaron los pulpejos de sus dedos, y cuando le retiraban el último falleció. La procuradora del caso, Martha Peñalosa, pidió que la Fiscalía acusara a Aldana Ortiz por el delito de tortura y por la violación ilícita de sus comunicaciones al instalar un programa espía en el computador de la mujer y así monitorear sus charlas en la web. Extrañamante, la Fiscalía solo llevó a juicio al coronel por homicidio agravado.

Para el debate interno de los medios que cubrieron el caso, quedará el manejo dado al mismo. La foto, con verdadera crudeza del cuerpo de Érika Yeneris, que apareció en un diario local, debería convocar a la reflexión de si con la publicación de esas imágenes, se está informando al público, pero también se lesiona a unas víctimas, menores de edad, que hoy, acusan con injusticia a su abuela materna “de haberles arrebatado a su padre”, como lo indicó Enith Gutiérrez, madre de Érika Yeneris, en entrevistas con emisoras de Ibagué. En medio del juicio oral, el juez Ferrer Borja dijo desde su estrado la reveladora frase de: “es que al caso lo ha rodeado desde el principio el morbo periodístico”.

Los abogados dicen que la realidad procesal no es la misma realidad que perciben los ciudadanos. En otras palabras, lo que no está en un proceso, respaldado con elementos materiales de prueba, no existe para el juez.

Quizá ya es muy tarde para buscar esa otra verdad, esa que solo conoce la mente de Joaquín Enrique Aldana Ortiz, quien un nueve de septiembre, decidió cambiar para siempre el curso, no solo de su vida, sino el de sus hijas, su familia entera. Su secreto tal vez muera con él, o lo esté carcomiendo por dentro. Solo él, u otras personas que aún no salen a la luz, lo saben con certeza.