Chaparros en el camino

“Y entonces comprendí que mi corazón se quedaría en este lugar”. Foto: atardecer en Chaparral, Tolima.

La belleza del sur tolimense.

Son las cuatro de la tarde y el sol ha dado calor a la tierra de presidentes y campesinos, es hora de un nuevo espectáculo al atardecer, perfecto para salir y despejar la mente, viendo como las montañas parecen cercanas y a la vez gigantes de un verde intenso, de un verde vivo.

Es momento de disfrutar de un delicioso y refrescante frappé de café, que cuando lo tomas parece que te transportara a las entrañas solemnes e inmaculadas de nuestros montes, de la tierra de todos; entrar a la tienda del café parece mágico, el olor a café recién hecho, los asientos hechos con los sacos que traen nuestro café, el tablero que cuenta la procedencia del manjar que estas a punto de tomar, tortas y panes derivados de este delicioso producto, junto con las familiares caras de los amigos, hermanos y vecinos.

Tierra de triunfos y derrotas, cielos que se abren para mostrar su grandeza, tan imponente que contagia y convierte a sus pobladores en creyentes y conquistadores. En donde a su vez la humildad se transforma en gloria y victoria. Tierra que como el ave fénix desde sus derrotas manchadas con sangre, se ha erguido y se ha convertido en la prueba viviente del perdón, la superación, el amor y la eterna esperanza.

Hacen que sea la perfecta mezcla para ver el atardecer en el cielo, tras la imponente iglesia San Juan Bautista el pueblo se ve en bajada, así que los atardeceres son más visibles desde allí, no hay que ser muy profundo para notar cómo el cielo parece danzar y embrujar con cada uno de sus diarios espectáculos, prometiendo un mejor día al anterior, un día lleno de sorpresas tal vez, uno como ese día que junto con su adiós en el horizonte, se despiden las promesas rotas y se renuevan las fuerzas para días más gloriosos.

Aún queda tanto de la eterna Chaparral, montes interminables de un sentimental juramento; de desayuno un tamal en la plaza, en donde el silencio no existe y aunque no se tenga ni idea de quiénes son, parecen sus trabajadores de una significativa cercanía. “¿Quiere un platico de lechona?”, dice una mamá que no es la mía, pero que me mira con el mismo sentimiento.

Es sumamente necesario probar los buñuelos y avenas de los al parecer indestructibles vendedores de este dulce producto, se va de ahí directo a tomar un baño de agua pura, en medio de la nada; una cascada que permanece aún después de alejarse de ella, vamos al río Tuluní, cerca de un caserío, a media hora de Chaparral, tal vez en un uaz o en una moto, para disfrutar de la cordillera central.

Parece que tuviera la capacidad de brindar ese preciado instante, ese que no entendemos pero que sentimos al amar, al entrar más en sus encantadores y paradisíacos rincones, nos encontramos con las cuevas de Tuluní, en donde ni la claustrofobia ni la pereza tienen espacio, y hasta el más cobarde saca a relucir a su valiente explorador.

Al cerrar los ojos para despedirse de este, al parecer bellamente embrujado pueblo, llegan a la memoria los cielos que parecen encendidos por fuego, con un aroma inconfundible al auténtico café colombiano, esto es un, ¡hasta pronto Chaparral!

Por: Vania Rocha, comunicadora social y periodista.

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