Comando por un día

telon lo digo con orgulloQué mejor que el partido Tolima vs Millonarios, para realizar un sano ejercicio, ingresando, de incógnito por su puesto, a la tribuna embajadora a observar, para luego plasmar en menos de una cuartilla, es el requerimiento del editor, las impresiones más importantes de los vibrantes 90 minutos.

Tengo que confesar que casi no hago el cubrimiento solicitado ya que un conato de dolor dental por poco me lo impide. Todo empieza alas cuatro de la tarde del domingo, comprando la boleta para la tribuna del equipo visitante que se instalará en la parte norte del máximo escenario de los tolimenses. El ingreso es tedioso, casi cuarenta minutos en una cola eterna, dominada por camisetas azules, jóvenes capitalinos denostando de la provincia colombiana y uno que otro olor nauseabundo, producto, me imagino, de la jornada que inició a eso de las seis de la mañana en Bogotá, cuatro horas de camino, calor inclemente y juerga constante. La raqueta fue fenomenal: dos requisas, una al final del último cordón de seguridad y otra la entrada de la tribuna, los policiales no dejan rincón sin esculcar. Atrás se quedó la bandera que había llevado para mimetizarme mejor, las pilas del radio y la correa del pantalón. Ya en el corazón de la tribuna las cosas cambian. Un fuerte olor a hierba quemada se apodera del lugar, los cánticos al equipo son de gran estridencia. Luego de quince minutos en el lugar el amago de dolor de muelas dental desaparece, mientras el aliento de “la dama de los cabellos ardientes”, como la denominara Barba Jacob, dominan el ambiente. Saltos, aplausos, banderas; ¡oh sorpresa!, sí las dejaban entrar.

Salta a la cancha el catorce veces campeón de Colombia. Euforia total, el olor (¿hedor?) es insoportable. Descubro algunos aficionados, no sobrepasan los veinticinco años, que suben y bajan las gradas de la tribuna, mi vecino de puesto me dice que son jíbaros, que se dedican a distribuir la droga dentro del lugar; y yo que me alcancé a molestar porque no me dejaron entrar con las pilas ¿cómo hicieron estos sujetos para ingresar el contrabando? ‘Habrá complicidad de la autoridad, o es una encaletada digna de Ph.D?

Empieza el partido, carbura el Tolima, me tengo que aguantar las ganas de aplaudir por dos buenas llegadas de Chará, una casi es gol, si alguna de estas personas observa cualquier intento de festejo de mi parte, puedo terminar en el hospital. Gol anulado al Tolima, miro al cielo, respiro profundo, maldigo en mi fuero interno. Avanza el primer tiempo, Millos se planta mejor en el terreno de juego, lo propio hacen los jíbaros en la tribuna, suben y bajan con un ritmo más que frenético. Hay que aguzar bien el ojo para notar a varios ‘aficionados’ que sostienen entre ambas manos unas pequeñas banderas mientras entonan sus cánticos de guerra, sencillamente no ven el partido, hacen parte de la comparsa, la razón se encuentra en el piso: varias mujeres, no deben de tener más de 20 años, se encargan de armar dosis personales de alucinógenos, la misión de los trapos, como los denominan, es evitar ser filmados en plena acción por integrantes de la Policía, que con cámaras fijas, situadas en la pista atlética, registran uno a uno a los asistentes a la tribuna norte. Me vuelvo paranoico, en cada gesto, en cada ademan veo un drogadicto, arriba en un viga situada en lo más alto de la tribuna, un sujeto da la espalda al partido que fluye en emociones y se concentra en un objeto que tiene entre sus manos: “lo está armando”, dice alguien que ha osado acompañarme. Concentramos la vista en lo más alto, cinco segundos después el sujeto levanta sus manos, se dispara un flash, falsa alarma, tenía una cámara digital y hace sus mejores poses para seguramente o guardar el recuerdo o para publicar en el Face. Todo un monumento al hedonismo o propia satisfacción.

Gol de Millonarios, la euforia alcanza el límite máximo, todo es ruido, festejo. Aplaudo, claro que lo correcto debería ser, finjo aplaudir, choco mis puños como con siete sujetos, entre ellos uno de aproximadamente 1.90 cm de estatura, calvo, con una chivera de padrón, que mete un grito espectacular diciendo: “gol de millonaritos, pásenme un baretoooooo”. En ese instante, pierdo el equilibrio, una avalancha humana pasa por mi costado derecho, casi caigo, me incorporo, tres personas me miran con terror, el mismo que siento en estos momentos. Las acciones continúan, dos peleas a la derecha. El lawman señala penal en favor de millonarios, gol del embajador, vuelve el éxtasis total, dos desmayados a la izquierda, llanto, alegría, más sahumerio de marihuana,  jibaros, cánticos, policía, madrazos. Jamás había escuchado tantas variaciones de la palabra que hace alusión a los hijos de mala madre. Es tal la confusión y el caos que se vive en la tribuna, que en pleno segundo tiempo se detienen las acciones del partido y la tribuna tolimense explota en júbilo. Un aficionado azul, a esa hora acostado en la tribuna, me toma del pantalón, y me dice “parcero fue gol del Tolima”, no respondo, el árbitro pitó penal. Andrade convierte, silencio total, por primera vez en mi vida escucho cómo cantan un gol mis paisanos del alma, cómo estallan en alegría los cuatro mil de siempre, me muerdo los labios, por un momento quisiera estar allá, cantando ese sutil toque del rifle.

Lo que sigue es confusión, ataca Tolima, Millos se defiende, instantes finales del partido, nerviosismo, cambios en ambos equipos, sujetos se pasean de cúbito supino pidiendo una monedita para el pasaje de regreso, final del partido, festejo, la hinchada visitante está pletórica, se escuchan unos vivas, hurras, gritos con voz aguardentosa: “clasificamossss, estamos en los ochooo, denme un pasee, pásenme el baretooo, páselo, rótelo, rótelo, rótelo”. El equipo se despide de un puñado de hinchas azules que se encuentran en la tribuna de occidental, ninguno de los jugadores voltea para la tribuna norte, a pesar que los cánticos son atronadores, no sé por qué pienso que con este gesto el equipo demuestra estar en contra de las actividades que realizan este tipo de personas que se regodean en su crapulencia cada domingo de fútbol.

Ahora todo es multitud, empujones, la Policía evacua el lugar. En menos de cinco minutos estamos en la carrera Cuarta, por lo menos cincuenta buses de todos los modelos esperan en contravía a sus pasajeros. Pienso en la economía que se mueve en estos partidos, cada bus parqueado debe de cobrar por el viaje no menos de quinientos mil pesos. El caos es peor que en la tribuna, subo con mis acompañantes hasta el CAI, nos percatamos que una turba de por lo menos cien personas, todas vestidas de azul, suben por la Cuarta. Antes de separarnos, escuchamos claramente cuando el jefe de la manada grita “vamos sanos, hasta el Terminal, sin meternos con nadie”. Luego hace alusión a una mentada enfermedad venérea para referirse a sus pares. Siguen su camino, a más dieciocho cuadras de distancia, escoltados por varios patrulleros en moto. Para ellos, la noche no acabará allí.

Ha cambiado mucho el perfil del aficionado de futbol. Atrás quedaron los tiempos en donde ir al estadio era un verdadero paseo familiar y en donde lo máximo que asombraba en la tribuna era un hijueputazo, o la borrachera del perdido que llevaba un revoltijo de trago en una bota, como si hubiese ido a los toros. Tal vez se viva con más pasión, con más intensidad, pero sin duda han quedado atrás principios y valores que no volverán.

Por: Mauricio Correa Carvajal, abogado.