¡Cómo quisiera que le publicaran una columna a don Henry!

Luis Carlos Avendaño

A mediados de marzo don Henry iba subiendo en su moto la vía terciaria empedrada que conduce a su hogar, enfrente a la escuela donde trabajo –en las montañas del Tolima-. Llevaba algunos cachivaches y comida para su familia cuando la moto que conducía cae sobre la humanidad del campesino, hiriendo una de sus piernas y produciendo la perdida de buena parte de la carga. La moto también quedó en parte averiada y don Henry tan solo atinó a decir, más o menos: ¡Esa verraca piedra gigante la cogí fue de frente…que tiestazo…donde hubiera sido en la ciudad, me hubiera hecho famoso con las hijuemil fotos que me hubieran tomado!

Don Henry vive en la vereda donde hemos estado a punto de lograr el milagro de hacer llegar misiones médicas pero todo ha sido en vano. En la vereda hay al menos un niño con un nuche en la cabeza, otros, en apariencia, con problemas de desnutrición, otros tantos con dientecitos pailas y unos más necesitan con urgencia cita con un(a) terapista de lenguaje o quizá pronto ya será demasiado tarde. Esto sin contar la niña-símbolo de la escuela, de cabellos rojizos e inteligencia sobrenatural quien fue remitida a sesiones de sicología pero la situación económica de sus padres no les ha permitido siquiera dar inicio a las terapias en la cabecera municipal.

Realizar una brigada de salud en una vereda con pocos habitantes -relativamente alejada de la civilización, donde no entra señal de celular, no hay redes sociales, ni alcantarillado entre otros- estuvo a punto de concretarse recientemente por cuenta de una ONG de la ciudad de Ibagué. Hubo la mejor de las intenciones de parte de sus directivos, pero es entendible que los costos derivados de una actividad donde irían varios profesionales de la salud y algo de equipos médicos… son mayúsculos.

Imagen de referencia

Estas palabras y esta columna son insuficientes para describir a la vereda La Caima, un paraíso en donde vive don Henry a quien me gustaría, fuera convencido por algún sagaz periodista para que escribiera una columna y describiera en sus propias palabras lo que es “sobrevivir” en circunstancias adversas con varios hijos a cargo, una mujer que se parte la espalda a diario haciendo los oficios de una finca en medio de cerdos, gallinas, perros de cacería y especias de aves exóticas que de cuando en cuando pasan por la zona. Don Henry, lo haría mucho mejor.

En fin, es imposible abstraerse de un paisaje diario donde hay tantas carencias, un campo cada vez más solo, un don Henry quien todos los días transporta a sus hijos a una escuela lejana para que terminen su bachillerato sin ninguna medida de protección contra la radiación solar; donde un Bernabé tiene las manos tan hinchadas que ya no puede coger el azadón para escarbar la tierra, donde doña Emilse tiene una venas varices que parecen a punto de reventarse, donde la cosecha de maíz toca guardarla hasta que de pronto los precios den para poder venderla y ganarle un poquito; donde se sabe de padres de familia de quienes se dice, se fueron a buscar sus sueños en la selva de cemento que los devoró, en fin.

Pero, no todo es malo, la alegría de la vereda como siempre, la ponen los niños de la escuela, quienes con el apoyo de sus padres y abuelos se saben el Barcino, Pueblito Viejo y tararean Los Guaduales. Ellos han pintado la escuela a su gusto y la tienen colmada de aves como parte de un proyecto: de aviturismo por la cama, patrocinado por Colciencias. Los chicos de la escuela crean nuevos diseños del arca de Noé en cartulina y hace rato recompusieron con sus diseños arquitectónicos el puente Chirajara; tienen una cooperativa infantil a través de la cual sueñan con exportar frutos; tejieron una malla con cabuya para proteger la escuela y hacen diseños de naves espaciales con material de espuma en las cuales quisieran seguramente escaparse a otros mundos donde a lo mejor encuentren un médico o una enfermera que les ayude a soliviar sus penas y la de sus familiares o un ángel que le ayude a Don Henry a recomponer el camino empedrado que le lleva a su finquita para parar de sufrir…

Por: Luis Carlos Avendaño López, docente de inglés.

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