Consuelito, la vendedora más antigua de la plaza de La 14

Consuelito, en la plaza de La 14

Consuelito, en la plaza de La 14

69 años ajusta la mujer trabajando en la galería. 

Antes acá había una quebrada de agua cristalina. Uno se iba por las piedras, por el cauce, y llegaba al Centenario, donde había una laguna. Ahí aprendí a pescar. Ahí me celebré los quince años, subiéndome a un palo a comer mamoncillas ”, dice Consuelo cuando le pregunto cómo era antes la plaza de La 14, una de las más tradicionales de Ibagué.

La mujer sigue contando: “todo esto era barro en el piso, había toldos, mesitas, tejas de zinc, y cocinábamos con carbón. Nos vinimos acá porque hubo un incendio en la plazoleta de Santa Librada, alguien dejó encendida una vela y todo se quemó. Por fortuna, nadie murió”.

Consuelito, trabajaba con su madre en la plaza, y cada una llegó a tener un local, ambos muy prósperos, con los que vivieron y sacaron a sus familias adelante.

De las anécdotas de la antigua galería recuerda con una sonrisa: “una vez mamá me pegó porque creyó que yo estaba mirando con otros ojos a un cliente. Me dijo, ‘vaya ponga cuidado que se queman los tamales’”.

De la plaza de La 21, dice que la fundaron después “porque ahí quedaba el cementerio”.

Hoy, Consuelo vende las viandas más sabrosas de Ibagué en el puesto 112 de la plaza.

Sus caldos de pescado, de pajarilla, o los viudos de capaz y bagre son famosos en la ciudad y tienen gran demanda.

Irónicamente, cocina con la misma estufa con la que empezó hace casi setenta años: “la estufa me costó un centavo, y mire la olleta, tiene cincuenta años, y parece nueva”, dice la orgullosa guisandera.

Yo madrugo a las dos de la mañana para preparar el caldo de pajarilla. Yo misma pico todo, bien finito”, dice Consuelo.

Además del comercio en la galería, Consuelo tuvo salón de belleza y anduvo con Paulina López, una modelo con la que llegó hasta Venezuela, cosechando fama y fortuna.

El puesto de Consuelo, consagrado a la Virgen y otros santos

El puesto de Consuelo, consagrado a la Virgen y otros santos

Con el paso de los años, Consuelo sigue dedicada a su negocio, pese a las enfermedades, el costo de la vida, los prestamistas del gota a gota, e incluso el virus del chikungunya que la postró en cama por varios días.

Ese virus me costó porque la gente con el local cerrado iba y me preguntaba y nada. Ahora que volví, me han llegado muchos pedidos”, afirma la mujer.

Me niego a ir a los fruvers o grandes superficies a comprar las frutas y verduras. Allí todo parece aséptico, deshumanizado, artificial. Sigo yendo a la plaza, porque allí encuentro la cotidianidad de primera mano, donde se puede sentir la autenticidad y sencillez del pueblo llano, que sigue añorando con paciencia ser beneficiario de un futuro que cada vez se les muestra más lejano.

La plaza en otras épocas “era muy hermosa y tenía una enramada alta. Había panaderías muy buenas, los puestos con las frutas abiertas, carne salpresa. Hoy, no es lo mismo. Da tristeza a veces”, dice Consuelo, recordando aquellas épocas inocentes y felices que nunca volverán.