De Lolitas y profesores: cuidado con el lobo feroz

Una reflexión sobre las relaciones que a veces trascienden las aulas.

Por la década de los 80, tiempos en donde el rock en español tuvo un auge formidable a lo Chaparrón Bonaparte, apareció una banda cuyo nombre estaba inspirado en un sanatorio psiquiátrico ubicado en una localidad española llamada Guipuzcoana de Mondragón.

El sanatorio se hizo famoso por dos situaciones: la primera tenía que ver con sus prácticas sobre la locura de los pacientes; y la segunda, porque estaba construido sobre lo que años antes había sido un antiguo balneario en donde fue asesinado el que fuera el más influyente de los políticos españoles en el siglo XIX, Antonio Cánovas del Castillo, quien además de ser historiador, llegó a ser nombrado como el restaurador del sistema político del partido Conservador de ese país. Pues bien, estas dos situaciones, ocasionó que durante un tiempo, cada vez que en el país Vasco se mencionaba la palabra, dependiendo su uso, de Mondragón, automáticamente se le relacionaba con la locura del lugar. Ahora, que si lo miramos detenidamente dos siglos después, era válida la comparación, porque la locura va de la mano de la política o al menos los políticos se hacen los locos.

En este sentido, la banda u orquesta de Mondragón, símbolo de la locura, como muchas otras, estuvo por una corta temporada reventando los oídos y la mojigatería de más de uno, gracias a sus letras satíricas y lujuriosas. Una de las canciones que más dio de qué hablar fue ‘Lolita’, en donde contaban la historia de una adolescente que tenía al borde del colapso a un profesor, quien no sólo le daba buenas notas, sino que además, había caído bajo las garras de su encanto y se había enredado en una relación llena de desenfreno y delirio sexual.

Hay que resaltar que es un tema musical que desborda a la imaginación pero, una cosa es que la imaginación se desborde y otra muy distinta es llevarse a la cama a una niña con uniforme colegial por más que esta lo pida. —Recuerdo que tenía como unos catorce años cuando después de muchos intentos, me encontré a solas con mi profesor de matemáticas en el salón de clases; ya se podrá imaginar lo que pasó después. La verdad es que él ya venía siendo muy especial conmigo, era tierno, amable, me regalaba cosas, se preocupaba por mí, de lunes a viernes, escuchaba ese “hola Magnolita” que me estremecía por completo, seguido de una caricia discreta en mis manos o en mi cintura. Creo que eso fue lo que me enamoró, por eso accedí a tener algo con él, por esa forma de ser tan linda—.

El asunto de los profesores que se meten con sus estudiantes (chicos o chicas) no es nuevo, de hecho, me atrevería a decir que es toda una constante. Cabe anotar también que los casos de las profesoras pervertidas son pocos, pero suelen ser más escandalosos que el de los profesores depredadores, ya que por lo general, el tema lo tratan con disimulo.

Entre tanto, con tan sólo 18 años, Anabolena cuenta que antes de salir de su colegio se enredó con más de un profesor. Desde que tenía 15 años comenzó a salir con algunos de los profes del colegio en donde estudiaba y no precisamente a recuperar materias. —El último profesor con el que estuve, bueno, de hecho él me sigue escribiendo, fue una boleta, el tipo se encarretó conmigo, no sé qué le pasó a ese man. Al principio a mí no me gustaba, pero luego comenzaron los regalos, los detalles, las llamadas, la coquetería y caí redondita, pero me gustó, por un tiempo me gustó. Luego le dije que me dejara tranquila porque no quería una relación así. No ha querido entender, él sigue pendiente de mí. Mire lo que me escribe—, Anabolena me muestra el Whatsapp de su smartphone y puedo percatarme de los mensajes, algunos románticos otros no tanto, del profesor. — Ni siquiera le importó que la mujer nos pillara. Ella me llamó en alguna ocasión porque encontró unas conversaciones de los dos en el celular de él. Yo le negué todo, pero la vieja ya sabía. Me tocó cambiar de número. Otra cosa muy chistosa fue que en el colegió lo hicimos un par de veces. Nos besábamos en los salones de clase, hacíamos de todo un poco. Yo pensé que nadie sabía, pero después me di cuenta que no sólo mis compañeros estaban enterados, todo el colegio hacía comentarios, hasta los profesores me hacían chanzas y uno que otro me proponía cosas. Nunca entendí por qué el rector no dijo nada. La verdad es que yo estuve de acuerdo. Yo quise hacerlo—. Comenta Anabolena mientras sonríe maliciosamente, luego se despide y me dice que tenga cuidado con lo que voy a escribir pues no quiere líos.

Los años han hecho de Martha, una madre abnegada y preocupada por sus dos hijas, esa es la razón por la que se atreve a hablar. —Él era 20 años mayor, yo tenía trece, desde que estaba en sexto me molestaba, no desperdiciaba momento para tocarme, para regalarme dulces o para felicitarme por cualquier bobada; mis compañeras me molestaban, decían que yo le gustaba al cuchito y aunque al principio me negaba a aceptarlo, terminé metida en la cama con el cuchito cuando tenía 14. Solo cuando tuve uso de razón me di cuenta que me estuvo cultivando como dicen; todo ese tiempo me cultivó, por eso es que yo soy tan prevenida con mis hijas y le cuento esto, para que los padres de familia estén atentos con sus hijos. La verdad no me parece justo que un hombre hecho y derecho y más siendo profesor le dañe la inocencia a uno—. Escucho las palabras de Martha con algo de enojo y tiene toda la razón, nada justifica que un adulto acepte a las insinuaciones de una niña, niño o adolescente y lo que es peor, que se valga de artimañas para llevárselo a la cama. Además, no cabe duda que estas mujeres fueron parte de un juego sin querer queriendo.

Como estas tres historias son miles, en Ibagué por ejemplo, para no ir muy lejos, se encuentra uno con este tipo de situaciones de niñas, que como lo dice Martha, son “cultivadas” sin que se den cuenta y al final, terminan cayendo en las garras de un depredador con disfraz de profesor. Escuelas, colegios y universidades reconocidas y no reconocidas, guardan estas historias en los anaqueles de su conveniencia. No hay quién denuncie porque estos personajes cuentan con la complicidad de sus compañeros y como nos podemos dar cuenta, en gran parte de los casos, con la de los mismos directivos de estos dizque centros educativos en donde cada cosa que pasa pareciera sacada del algún reality show de mala muerte, de esos que suelen pasar por los canales nacionales, con libretos construidos de la manera más calculadora para generar rating.

De Lolitas y profesores se ha cantado y escrito mucho, pero la realidad supera la ficción, a diario cientos de niñas y niños son “cultivados” en esos mal llamados centros educativos, sin querer decir que todos malos, porque hay instituciones educativas que realmente se preocupan por saber a quién contratan, eso en cuanto a algunos colegios privados, porque en la educación pública es otro cuento y a otro precio. Las Lolitas y profesores seguirán existiendo y aunque la sociedad machista argumente que en muchos de estos casos la pobre víctima inocente es el profesor, roguemos porque nuestras niñas no se topen con cualquier lobo feroz en un salón de clases, ejerciendo sobre ellas su presión, asechándolas y buscando cualquier debilidad para entrar en acción.

Por Luis Carlos Rojas García, escritor, cineasta.