Del Agrópolis excluyente a la plutocracia provinciana

Orlando Ávila

Orlando Ávila

El viernes 27 de enero anterior, el alcalde Alfonso Jaramillo dio su versión en el noticiero matutino de la Voz del Tolima, acerca de sus acometidas y de sus desaciertos, con un particular tono de voz, ambivalentemente temblorosa, que nunca se le conoció en campaña y sobre todo cuando arengaba contra lo divino y lo humano, ante históricos campesinos desarraigados y pobres rurales de las docenas de barriadas suburbanas ibaguereñas, que en 2015 le apoyaron esperanzados.

En su parafraseo radial, por ejemplo, se supo que su iniciativa Agrópolis (conversión de las aguas negras o residuales, hacia aguas de riego para siembras de frutales y hortalizas), instalaría dos plantas de tratamiento, según él, una en el norte de la ciudad y otra en el sector donde se ubica la hacienda El Escobal, para aumentar de 9 mil a 19 mil hectáreas en siembras a la plutócrata región agrícola del municipio, conocida como la Meseta de Ibagué.

Sorprendentemente lo que no mencionó, fue que su Agrópolis únicamente se había socializado, hace unos meses, solo ante desinformados funcionarios de las secretarías de Planeación y de Agricultura, por los representantes de una extraña firma israelí, la que supuestamente vendería los equipos y la tecnología, a la hasta apenas socializada iniciativa.

Los campesinos y pobres rurales que antaño le aplaudieron extasiados, desafortunadamente no poseen ni poseerán (gracias a la tramitomanía de la ley 1561 de 2012) sus fincas, mejoras o casa lotes, ni en el norte subjetivo ni en la arribista meseta – a propósito, que según sea el poder local en turno, a veces es citadina, a veces es agrícola.

Por lo tanto, bastará que la iniciativa Agrópolis termine como uno de los pocos hechos de gobierno del socialdemócrata criollo, y con ello, la muy presta derecha y ultraderecha local, financiada desde Bogotá, adrede la convierta en su estandarte para nuevos aplausos campesinos, retomando por una década más el Palacio Municipal, con iniciativas políticas igual de excluyentes pero de menos rimbombancia, continuando el de por si histórico beneficio estatal local al norte subjetivo y a la plutócrata meseta.

Al final de su mandato, al señor alcalde y su aire socialdemócrata, le valdrán nada las restantes 144 veredas del Ibagué campesino y rural, ya que como sus pares y maestros franceses y alemanes en los 90, ayudará perspicazmente a evitar que muera el derruido credo neoliberal de la competitividad agrícola, con un mayor  desarraigo y exclusión de los que sí pueden y deben producir seguridad y soberanía alimentaria.

Quienes votamos por el promotor – con dinero de todos – de las iniciativas de posible más ayuda a la plutocracia provinciana, cometimos el grave error de olvidar el origen de clase del hoy alcalde, siendo que hasta el máximo representante de la ultraderecha en Colombia, entonces desdichadamente presidente, reconocía a la lucha de clases como su mayor escollo, para perpetuarse en poder y en tierras.

Por: Luis Orlando Ávila Hernández, Ingeniero agrónomo

Propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.

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