Detrás de la muralla

Crónica sobre una visita a Cartagena de Indias.

Me gustaría hacer una crónica general de todos los sitios que he visitado en Colombia; sin embargo, sería un escrito largo, demasiado diría yo, porque cada lugar tiene una historia, un momento, una situación, un paisaje, unas personas, una gastronomía y demás que les hace únicos. Por esta razón, me voy a referir, por ahora, a uno de los lugares más reconocidos de nuestro hermoso país: Cartagena.

No obstante, y consciente de todo lo que se ha escrito y publicado de la Heroica, intentaré dejar de lado los lugares comunes como: (tiempo de recorrido en avión o en carro, la arquitectura colonial o su historia) asuntos que ya muchos conocen, y me enfocaré, sin querer dañar la imagen de la ciudad, en lo que vi detrás de la muralla, la otra Cartagena. Con base en lo anterior, comienza esta historia.

¡Es que somos muy pobres!

Mucho antes de llegar a nuestro destino los problemas de la población saltan a la vista. Problemas relacionados con la pobreza, la prostitución y la delincuencia. Problemas que son más abrumadores que una relación de pareja en decadencia. Lo curioso es que lugares como Santa Marta no se escapan de esta situación.

No es una exageración decir que las personas viven una miseria devastadora y no deja uno de preguntarse cómo logran sobrevivir nadando en sus propias miserias. Por supuesto, eso al turista poco o nada le importa ya que lo único que busca es poder disfrutar del mar y sus atracciones. Sin embargo, cuando uno se fija detenidamente en la basura, los malos olores, las alcantarillas rebosantes de materia fecal, las ratas y otros signos de descuido y pobreza, la belleza se torna en una dicotomía.

De las mañanitas a los nochecitas

Por supuesto, las tierras rodeadas por el mar tienen un encanto único, al punto que lo feo se vuelve bonito. No sé si sea una suerte de ironía que en medio de tanta perfección exista tal desigualdad y sobre todo, tanta desventura. Pero, la máscara que nos obnubila cuando llegamos al mar es increíble. Y no es para menos, los amaneceres son impresionantes.

Ver cómo se duerme el sol despierta todo tipo de sentimientos, algunos tristes, otros románticos. La puesta en escena no tiene nada que envidiar a otros lugares que cuentan con esta magia. La brisa, el sonido del mar, las luces de acuarela que pintan al cielo son una verdadera obra de arte natural.

Noches de Cartagena

Y si vamos a referirnos a las noches, debo decir que son realmente encantadoras, como las mil y una noches, como estar en un mundo diferente aunque sea el mismo cielo.

Como se pueden dar cuenta, la belleza de esta tierra no tiene límites, tanto que en este punto hemos olvidado la otra Cartagena. La Cartagena que se pierde con la puesta del sol.

El pescador de Barú

La Cartagena que se pierde en una pesca matutina, que para muchos turistas es todo un espectáculo, pero que para los lugareños es la diferencia entre la vida o la muerte, entre tener para comer y poder sobrevivir un día más en un lugar extremadamente costoso, un sitio atiborrado de turistas que vienen en busca de todo, desde reconciliaciones, paseos en familia, conocer el mar por primera vez, hasta drogas, prostitutas y emociones fuertes.

Una niña en cualquier esquina

Así es, este flagelo se ha denunciado infinidad de veces. La prostitución en esta hermosa ciudad es alta y no es raro encontrarse en cualquier esquina a mujeres de todas las edades, incluso niñas, esperando por un cliente, preferiblemente gringo, que pueda pagar lo que quieran cobrar por el rato. Si bien es cierto, se han hecho campañas en contra de la prostitución infantil en Colombia, también es cierto que este sigue siendo una de las razones por las cuales muchos extranjeros siguen visitando lugares como Cartagena, sin dejar de lado por supuesto el tema de las drogas que se consiguen de manera fácil en cualquier mesa o incluso en un servicio de habitación.

Nos reservamos el derecho de admisión

Cartagena se caracteriza por ser un lugar lleno de atracciones para los turistas; lógicamente toca andar con dinero si se quiere entrar a los lugares conocidos e incluso a algunos sitios, que aunque no son de renombre, se dan el lujo de clasificar a sus clientes. Imagino que son viejas mañas que quedaron de los años 1600. Por eso no es raro leer en distintos locales, especialmente bares, un letrero enorme en donde se reservan el derecho de admisión aunque el lugar esté vacío. La proliferación de sitios elitistas ha logrado que Cartagena no sea para todo el mundo, al menos no para la Cartagena que está detrás de la muralla. Para la muestra los nauseabundos reinados que suelen poner en vilo a todo el país o la visita de un personaje como el Papa. Si es el caso se levanta otro muro al lado de la muralla para que no se pueda ver el rostro verdadero del lugar.

En el mar la vida es más sabrosa

Pero, es sabrosa siempre y cuando se tenga dinero para vivir en el mar. Los hoteles de cadena abundan y se han convertido en los nuevos tiranos de Cartagena, en los reyes, amos y señores de las playas. Los lugareños se quejan de la manera cómo estos destruyen y opacan la belleza del mar, aunque los arquitectos e inversionistas ven a los lugareños como la piedra, no precisamente la que hace falta para su edificación, sino como la que talla en el zapato. Lo cierto es que unos y otros se nutren de un mar que guarda las miserias de los ricos y los pobres y que luego, en forma de pescados cocinados van a parar a nuestros estómagos.

¡Yo no me como ese pescao envenenao!

Esta es otra de las situaciones comunes en Cartagena o lugares similares, es el afán de conseguir dinero y de manera rápida de los lugareños; podríamos decir que es entendible por la manera en que viven; no obstante y más allá de la necesidad, a los turistas les toca andarse con cuidado con todo lo que ofrecen estas personas. Aunque los clientes preferidos de los vendedores ambulantes son los gringos, no importa de dónde sean, los turistas nacionales también son presa fácil. De ahí que las estrategias varían con rápidos movimientos de manos para destapar ostras o cangrejos, masajes, las famosas Shakiras o la venta de ropa de playa entre otras cosas que resultan ser toda una: ¡Tumbada heroica!

Pero, el problema es mucho más complejo de lo que se puede ver cuando se pierde dinero. La plata se recupera pero la salud es otra cosa. Las intoxicaciones son frecuentes cuando se comen estos alimentos que no cuentan con la manipulación adecuada. De ahí que muchos hoteles recomiendan no consumir o comprar en ciertos lugares, sobre todo en la playa. Esto se podría interpretar como una forma de sometimiento por parte de los hoteleros para con los lugareños, pero la verdad es que tienen razón al advertir a los turistas. Muchos de estos vendedores andan por la playa como una jauría amenazante y no se ponen con cuentos cuando quieren cobrar lo que ellos creen es su derecho y sobre todo su trabajo.

¡Ratón, ratón, ratón Curí!

No cabe duda que Cartagena es un lugar hermoso, maravilloso y mágico, un destino que ilumina los corazones extranjeros y nacionales, pero como dice la canción de la agrupación Chiflando iguana: “La mayor parte del queso se la come siempre el ratón Curí”.

Cartagena es un lugar que lo tiene todo pero a la vez no tiene nada. Es el escenario de reinados, series de televisión, festivales, obras de teatro, visitas internacionales entre otros. Es el lugar para ir con la familia, con la pareja o simplemente para conocer gente. A diario se mueven cientos de millones de pesos y otras monedas extranjeras, pero, también es un lugar en donde la gente se muere de hambre y de enfermedades, un lugar en donde muchas personas viven y comen en la basura o al lado de ella. Es un lugar en donde se venden el cuerpo, el alma y el corazón por unos cuantos pesos. Un lugar en donde una gran cantidad de personas se acostumbraron o tienen que vivir en el mar de la inmundicia y del olvido de un gobierno corrupto como el que hemos tenido desde hace varios años.

Cartagena, lugar de gente morena, de sonrisa tierna y movimientos alegres y protagonista de la historia de Colombia, sigue siendo sometida por los mismos de siempre, por los hijos de los tiranos que azotaron las calles de Cartagena que aquella historia vivió y que sigue viviendo cada vez que golpean a la negra. Por eso no podemos ser parte de aquellos que la visitan, transitan sus calles, recorren sus playas y se bañan en su mar con indiferencia, porque esos también hacen parte de la corrupción de este país y van por una tajada de queso, aunque solo sean las migajas que deja el ratón curí.

Por todo esto y como ya lo he dicho antes:

¡Lo que no se arregla en el mar no se arregla nunca, ni siquiera en Cartagena!

Texto y fotos: Luis Carlos Rojas García.

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