Dos efemérides importantes

Rafael Aguja.

Rafael Aguja.

Celebramos, por estos días, dos efemérides, no solamente históricas, sino importantes y trascendentes, además, de palpitante actualidad, de las cuales se desprenden aún consecuencias de distinta índole.

La primera tiene que ver con la llegada de Cristóbal Colón y su comitiva al continente americano el 12 de octubre de 1.492; y, la otra, sobreviniente, tiene que ver con la “fundación” de Ibagué en plena “conquista” española de lo que hoy es nuestro país y países vecinos de Sudamérica.

A la “llegada” de Cristóbal Colón al continente americano se le ha denominado, histórica e indistintamente, “descubrimiento de América”, “día de la raza” y “encuentro de dos mundos”. Lo cierto es que si se parte del “acta” levantada por Colón ante notario y testigos, de lo que se trató, en esencia, fue de “legalizar” el despojo de la tierra y riquezas de los aborígenes americanos, ahora denominados bondadosamente “nativos americanos”. Colón tomó “posesión” de las tierras americanas, interrumpiendo el proceso histórico de los pueblos de América y dando inicio a uno de los más grandes genocidios de la historia, porque de lo que se trató, finalmente, fue de abrir espacios territoriales a las distintas naciones de Europa, como en efecto sucedió, porque obró en nombre y para los reyes “católicos” de Castilla y León.

Las consecuencias del denominado “encuentro de dos mundos” aún se sienten y hasta se padecen, no obstante que con Colón llegó el cristianismo, el idioma castellano, el feudalismo y la “santísima” inquisición que, implacablemente, se aplicó, inclusive utilizando en los “procesos” no los idiomas nativos, sino el idioma latín, totalmente extraño e incompresible para los nativos.

La segunda efemérides tiene que ver con la “fundación” de Ibagué en plena etapa de la “conquista” española de lo que hoy comprende nuestro país, como punto de apoyo del camino Inca que ya existía entre el sur del continente y la altiplanicie cundi-boyacense, no obstante la férrea oposición de las tribus pijaos, de cuyo sacrificio se levanta un monumento en Cajamarca, prácticamente olvidado por los gobiernos departamental y municipal de ese entorno histórico.

Primero que nada el escudo de Ibagué nos resulta extraño, porque lo adorna una corona de tipo real, dado que hace algún tiempo, inexplicablemente, se eliminó el gorro frigio emblema de la libertad y la democracia, como si la libertad, la igualdad y la democracia no hicieran parte de nuestra vida diaria y en cambio si un ingrato recuerdo de la tiranía y de la dominación extranjera.

Ibagué no es solamente bunde y canciones folclóricas, sino una entidad territorial que crece y se desarrolla, con ingentes problemas de toda índole y con nuevos tipos de degradación social, lo cual nos obligaría a reflexionar sobre cómo sentar las bases para que siga siendo una ciudad amable, tranquila, emprendedora, culta y con futuro abierto, pues a la par que se construyen ostentosos edificios, subsisten cordones de miseria que nos debería avergonzar a todos y con problemas cuya única solución son los “operativos” que obligada e institucionalmente, a diario, realiza la fuerza pública, convirtiendo sus calles y avenidas en verdaderos campos de batalla.

De todas maneras, nos alegramos por los “cumpleaños de Ibagué”, pero si reclamamos que como regalo nos comprometiéramos todos, independientemente de quien sea el alcalde y los concejales, a trabajar para que siga siendo la ciudad pujante que siempre ha sido y que la prosperidad sea repartida equitativamente, para felicidad de todos.

Por: Rafael Aguja Sanabria, abogado penalista, docente universitario.