El ‘Choro’

Luis Carlos Rojas García

El campo colombiano produce tanta comida que podría, indiscutiblemente, abastecer a las poblaciones que mueren de hambre en este país. Sin embargo, en Colombia a los gobiernos poco o nada les importa el campo, y mucho menos erradicar el hambre o la pobreza que, en últimas, se traduce en votos y más poder al poder ¡De eso no hay duda!

Obnubilado por las bondades del campo, y luego de ver cómo los frutos se caen de los árboles o simplemente brotan de la tierra para quedarse ahí, tuve una maravillosa idea: comercializar con estos productos que no salen a la venta. Sin embargo, más me demoré en pensarlo en voz alta que encontrarme con una historia que parece salida de alguna serie televisiva, pero que es 100% real.

Ahora bien, no es un secreto que quienes cultivan la tierra no reciben lo que deberían recibir por una labor tan sacrificada; y es que no es fácil lo que ellos hacen para que tengamos comida en la mesa. Madrugar, caminar, cultivar, recoger, empacar, muchas veces bajo el sol y el agua o metidos en un invernadero cuya temperatura supera los 30 grados, contratar a los arrieros, contratar el carro que lleva las cajas al mercado, son algunas de las cosas que hacen del campo una labor extremadamente ardua.

Imágenes: suministradas.

No obstante, cuando el producto llega a al mercado, los intermediarios pagan lo que quieren pagar, algunos incluso, se dan a la tarea de escoger lo que ellos consideran es el mejor producto y dejan a un lado lo que se conoce como (ripio). Curiosamente, en muchas ocasiones por no decir siempre, los intermediarios se quedan con el ripio, y lo podemos encontrar en cualquier plaza de mercado, en tiendas o en carretillas ambulantes; pero, el ripio no es, ni para supermercados, y menos para los supermercados de cadena.

Esta es la razón por la cual, el campesino prefiere sacar el fruto que pueden vender y lo demás se queda en la tierra. Fue así como llegué a pensar que toda esa comida que se queda y que no se la pagan a ellos, se podría aprovechar para comercializarla, pero a un costo más favorable para las personas, pero, mientras hacía mis cuentas alegres Juan, un hombre de ciudad que me escuchaba, me contó su experiencia con la venta de productos comprados directamente de las fincas. Ocurrió que Juan, al igual que yo, visitó el campo y al ver que salía más favorable comprarles a los campesinos sin intermediarios, surtió su carro con distintos productos agrícolas y se fue a la ciudad a probar suerte.

La primera semana la venta fue todo un éxito, al punto que tuvo que volver antes de lo pensado y compró un nuevo surtido. Juan completó un mes con su negocio que, estaba mejor que al comienzo. Pero, una tarde cualquiera en uno de los barrios de la ciudad, se le acercó un hombre y le preguntó que cómo le iba con el negocio, a lo que Juan respondió que excelente. Fue entonces cuando el hombre le mostró un arma y le dijo que le mandaban saludos y que si seguía vendiendo se atuviera a las consecuencias. Juan se quedó de una sola pieza, le preguntó que cuál era el problema y el hombre le respondió que nadie se podía meter a vender líchigo sin un permiso y que le daba cinco minutos para que se perdiera de una vez.

Efectivamente, como el caso de Juan muchos más, incluso, me di a la tarea de preguntar a la gente del campo por la posibilidad de hacer compras directas de sus productos y todos me dijeron lo mismo: ¡Tenga mucho cuidado con eso porque le mandan al choro! Sí, al choro.

El ‘Choro’, como suelen llamarlo, es un sujeto que se encarga de poner en cintura a las personas que intentan comercializar productos del agro, sin pagar la coima a quienes manejan la mafia del mercado en las ciudades (recordemos hace un tiempo el cartel del cilantro o la cebolla) dicho en otras palabras, el choro es el que hace el trabajo sucio de: amenazar, robar o asesinar si es el caso) Por supuesto, el Choro hace todo un seguimiento; hay casos en donde espera a que la persona haya vendido sus productos para dar el golpe. Aun así, denuncias hay pocas, como lo dijo el mismo Juan: “lo mejor es dejar quietos esos asuntos”. Entonces, mi gran idea se fue tan rápido como llegó.

Indignado y frustrado por la situación, me fui para las plazas de mercado de Ibagué con el fin de buscar información sobre el asunto, y me encontré con una gran sorpresa. Gracias a denuncias e investigaciones, al menos en esta ciudad, se ha venido calmando la cosa con el Choro y los suyos. Dicho en otras palabras, existe una gran posibilidad de vender los productos sin que le manden a uno a un personaje como el antes nombrado. Pero, la gente a quienes entrevisté, coincidieron en algo que me dejó frío: “usted puede vender los productos, pero, le toca estar en la jugada con la Policía”.

Entonces, desperté otra vez en la cruel realidad de mi país; y no es para menos. Resulta y pasa que existe una fuerza más poderosa y letal que las del choro y su mafia. Una fuerza que tiene el poder de arremeter contra la población y ampararse con la ley. No digo que todos sean así, porque conozco a personas muy buenas trabajando en esta fuerza, seres humanos de un gran corazón. No digo que este mal hacer respetar las leyes de espacio público o que esté mal velar por el buen funcionamiento de la ciudad, pero, no deja de ser una triste realidad que la gran mayoría de policías han hecho que los ciudadanos nos sintamos realmente inseguros con sus retenes ilegales, con la manera como se dirigen a nosotros, con los abusos que han traspasado todo tipo de límites, desde violaciones, asesinatos, robos, extorsiones, atropellos, agresiones y todo lo que uno se pueda llegar a imaginar que hacen personajes como el choro y sus patrones, incluso, hoy en día llegar a comerse una empanada en la calle es causal de una multa que raya en lo absurdo si se compara con las acciones ilegales de los mismos gobernantes y, como ya lo he escrito, de la misma fuerza policial.

Por todo esto y más, no me canso de decir que vivo en un país de muchas cosas hermosas y de muchas personas buenas, pero, también vivo en un país en donde buscar una manera digna de ganarse la vida es condenable, más condenable que secar un río, robar a toda una población y ponerla a aguantar hambre y sed. El mismo lugar en donde una masacre no es más que una noticia de farándula. Aquí los delincuentes visten saco y corbata y están hambrientos de poder.

Sí, vivo en un país en donde a muchas personas que andan en uniforme se les olvidó que hacen parte del mismo pueblo, que tienen padres, hijos, hermanos, familia y por lo mismo, salen a golpear y a llevarse a quien sea por delante. Indiscutiblemente, y sin querer opacar las cosas buenas que aquí tenemos, vivo en el país de los choros que dictan leyes a su favor, que hacen de las suyas y que vienen por más.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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