El concurso después del concurso

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El pasado 28 de julio de 2013, después de una larga espera, se llevó acabo el famoso concurso docente; para muchos, el Coco entre los Cocos, para otros, la oportunidad de sus vidas, porque como lo afirman los participantes, en su gran mayoría: “no hay nada mejor que trabajar con el gobierno”. Ahora bien, luego de varias denuncias contra el mismo por un supuesto fraude, se aclararon las cosas, se tomaron medidas en el asunto y recientemente se conocieron los resultados.

Según las encuestas, alrededor de un 35% de los participantes aprobaron el concurso, un poco más que en el 2009 en donde se habló de un 29,12%. Cabe anotar, que pasar la prueba es sólo una de las fases de todo lo que conlleva participar. Siguiendo con los porcentajes, el resultado es minúsculo  teniendo en cuenta la cantidad de personas que participaron. Pero si a porcentajes pequeños nos referimos se hace imperioso mencionar que el número de plazas es irrisorio, más, si se presentó para el sector urbano. En Ibagué por ejemplo, se escuchó hablar de cuatro plazas para primaria. Lo que deja como alternativa, no muy alentadora, al sector rural y no es por despreciar al campo, sin embargo, para una persona que tiene que marcharse lejos de su familia a esos lugares alejados adonde suelen enviar a los docentes, es un cambio brusco que afecta en todo el sentido de la palabra y todos los aspectos posibles. Historias hay muchas y no todas con final feliz. Lastimosamente la necesidad tiene su propio rostro.

Ahora bien, resulta que una cosa es pasar el concurso y otra muy distinta es ser nombrado. Esto se debe a que, si bien el puntaje ayuda, el profesor corre el riesgo de quedar en la lista de elegibles en caso de no encontrar plaza para ubicarle. A lo anterior se suma, que quien pasó el concurso no sólo debe cruzar los dedos y pegarse al santo de su devoción para que sea nombrado con prontitud porque como ya es costumbre, el educador, que por lo general antes de presentar el concurso está trabajando en un colegio privado, suele perder su empleo al año siguiente, debido a que para las instituciones privadas es un problema mayúsculo que un profesor pase el concurso porque en cualquier momento deja el trabajo, además,  en esas instituciones la educación es “personalizada” y por ende se crean vínculos afectivos los cuales llegan a confundir a propietarios, directivos e incluso a padres de familia y estudiantes y terminan viendo al profesor como un verdadero traidor.

Por tal razón,  el educador debe prepararse para lo que no le dijeron en la universidad que tenía que prepararse, me refiero a los dos años siguientes en los cuales pueda que lo nombren como pueda que no lo nombren por vencimiento de términos. Y, como si fuera poco, el lío es conseguir empleo en otro colegio privado, casi podríamos decir el que profesional queda vetado, como si pasar el concurso se convirtiese en una especie de cruz con la que se debe cargar, al menos mientras es nombrado.

Si bien es cierto, esto no sucede en todos los casos y no todos los que participan están en desventaja o con la carestía a flor de piel, no podemos negar que esta es la realidad para muchos docentes de nuestro país, eso incluye a Ibagué, en donde los profesores por necesidad se ven obligados a trabajar por  sueldos miserables, sin garantías de ninguna índole o en el peor de los casos a mendigar por una provisionalidad a algún político y sus influencias. Pero ¿quién es el responsable, el educador, las instituciones de garaje o los colegios privados, el gobierno, las universidades y su mediocre formación, los que se rifan las plazas, los otros profesionales que no son docentes pero que ven en la docencia una buena oportunidad o los profesores enraizados en los colegios públicos con sus jugosas pensiones y sueldos cobijados con antiguas leyes que no dan oportunidad a las nuevas generaciones?

Sobre esos aspectos haré referencia en una próxima oportunidad. Como quien dice, esta historia continuará…

Por: Luis Carlos Rojas García, ‘Kaell García’, escritor.

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