«El día ha terminado»

Miguel Salavarrieta

El desgarrador llanto de la corneta con su «toque del silencio» estremeció mi alma, fue una fuerza brutal, aunque incomparable con la monstruosa violencia con que el carro bomba arrebató  la vida de 20 jóvenes en el cobarde e irracional acto terrorista de la Escuela General Santander.

Este bárbaro  acto contra estos adolescentes «armados», sí, armados de sueños, de aspiraciones, de amor por su familia y su afligida patria trae a mi memoria otro cruel asesinato de 6 patrulleritos de la Policía Cívica Juvenil, sí,  de seis niñitos  que fueron emboscados en una polvorienta carretera del Huila en noviembre de 1990.

Los 20 cadetes asesinados no superaban los 25 años de edad. Los seis patrulleritos tenían edades entre los nueve y 14 años. Los primeros ya habían  asumido una responsabilidad patriótica, incluso uno de ellos proyectaba llegar a la dirección de la institución que con todos los honores y dolor los despidió. Los segundos aún jugaban, fantaseaban y soñaban con ser futbolistas, modelos, líderes sociales y obviamente policías.

Pueden ser muchas las coincidencias entre estos niños y los jóvenes cadetes, pero por sola una realidad histórica Colombia los recordará: la maldita violencia los asesinó, pero su sacrificio es la costosa justificación para seguir buscando la paz, ese proceso que ya inició con el silencio de muchos fusiles y faltan más, sin olvidar el paso más importante, el que tienen que dar los enemigos agazapados reconciliándose con ellos mismos y luego con el resto de la humanidad.

Y mientras Colombia se desangra y llora a sus 20 cadetes, a sus líderes sociales, quiero creer que esto no es la realidad, que es ficción como en el relato sobre el origen del «toque del silencio», esa dramática leyenda que nos lleva a la vanguardia de un campo de batalla en Norteamérica, en donde al caer la noche el capitán Robert Elly escucha quejidos de un soldado mal herido y arriesgando su vida va en su búsqueda para auxiliarlo. Al encontrarlo observa  que es del bando enemigo, pero eso no importa, lo arrastra hasta su campamento y en el trayecto muere. El capitán en la oscuridad enciende una luz para ver el rostro del fallecido descubriendo horrorizado que el muerto es su propio hijo, un joven músico de quien había perdido el rastro por culpa de la maldita guerra.

Esa ficción que alguien atribulado recreó para darle sentido al efecto que en el espíritu genera la triste melodía, resulta que en nuestra patria deja de ser leyenda para convertirse en la triste realidad.

Y así  solo quedamos el sonido de la corneta, mi alma y esa imagen del capitán Robert Elly con los ojos desorbitados arrodillado frente al cadáver del  imberbe soldado enemigo…su amado hijo.

Ese hijo que según la leyenda tenía en el bolsillo del uniforme unas notas musicales, el dramático «toque del silencio» que el capitán hizo interpretar  en su entierro.

Y esas notas musicales me perseguirán toda la vida, nos perseguirán toda la vida, hasta que el final del día llegue o hasta que la paz impere y no haya más cadetes, ni militares, ni líderes sociales, ni colombianos inútilmente sacrificados, en donde la vida deje de ser un objeto y supere todo lo demás.

Por: Miguel Salavarrieta Marín, periodista independiente.

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