El ‘juicio’ a Jesucristo

Imagen de la película 'La pasión de Cristo'

Imagen de la película ‘La pasión de Cristo’

Análisis de las escrituras a la luz del derecho penal.

Jesucristo con su predicas públicas y con su ejemplo personal, según los evangelios, así como ganó apóstoles, amigos y partidarios, también se ganó enemigos, algunos con suficiente poder de decisión, teniendo en cuenta que Palestina, dentro de la cual habitaba el pueblo hebreo, era, para su época, provincia anexada por la fuerza y la ocupación al Imperio Romano, de la cual era gobernador Poncio Pilatos, coexistiendo dos poderes públicos, el de las fuerzas de ocupación y el régimen del rey Herodes.

Jesucristo, a consecuencia de sus predicas y sus actos, fue acusado primero ante las autoridades religiosas del pueblo hebreo, esto es, ante el Sanedrín y el sumo sacerdote José Ben Caifás, bajo el cargo de blasfemia porque habría afirmado no solamente que era el mesías esperado con urgencia por el pueblo hebreo, dada la ocupación romana, sino que, además, era hijo de Dios; y, luego, ante el fracaso de la acusación por blasfemia, fue acusado ante el gobernador romano Poncio Pilatos por sedición, cargo equivalente a rebelión, conforme a los ordenamientos jurídicos de hoy en día.

El delator fue, nadie más y nadie menos, que su discípulo Judas Iscariote, quien, dándose cuenta de la gravedad de la situación, resolvió suicidarse.

Lo cierto es que ante el Sanedrín, oficiando como instructor de la causa el sumo sacerdote José Ben Caifás, aplicando la ley de Moisés, no encontró sino un solo testigo, ante lo cual, requiriéndose de dos o más testigos, no pudo jurídicamente condenar a Jesucristo por blasfemia, no obstante que al entrar al templo en Jerusalén, encontró el lugar sagrado del pueblo judío, convertido en un comercio público, exclamando que era la casa de oración de su padre y que la habían convertido en una cueva de ladrones.

Ordenó, ante esta circunstancia, el sumo sacerdote José Ben Caifás que Jesucristo ya reducido a prisión y torturado, fuera llevado ante el gobernador romano Poncio Pilatos, quien luego de interrogarlo y de interrogar al vocero del Sanedrín, manifestó que no encontraba culpa en el prisionero y menos por sedición, pues en realidad de verdad, el acusado jamás proclamó que el pueblo hebreo se levantara en armas contra el Imperio Romano, antes bien, había dicho que era necesario dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que era de Dios, que todos los seres humanos, cualquiera fuera su condición, eran iguales ante Dios y que si alguien nos llegara a ofender abofeteándonos una mejilla, se pusiera la otra.

Poncio Pilatos ante los pedimentos de condena que vociferaba la turba alentada por el sumo sacerdote José Ben Caifás, obró al estilo de político populista, porque recordando que se estaba en tiempo de Pascua conforme a la tradición hebrea, podía decretar la libertad a un preso y puso al populacho a escoger entre Barrabás, que estaba privado de libertad precisamente por sedición y encarnaba la resistencia armada contra el Imperio Romano y Jesucristo.

Los asistentes a semejante espectáculo, por identificación política, escogieron a Barrabás y el gobernador Poncio Pilatos, para dejar constancia histórica de que se condenaba a un inocente, se lavó las manos y preguntando qué penas debía imponérsele a Jesucristo, el populacho gritó que la crucifixión como pena máxima degradante, en boga por esos tiempos y la suerte del redentor quedó así definida, hasta nuestros días.

Por aclamación, Jesucristo fue condenado a morir crucificado que, de acuerdo con las leyes romanas imperantes por la época, era la forma más denigrante de morir y la sentencia inexorablemente se cumplió, sin resistencia del acusado, quien al expirar exclamó “todo está consumado”, es decir, cumplido.

Hoy por hoy el juicio a Jesucristo es uno de los “actos de justicia” más estudiados de la historia y de él se han ocupado juristas de distintas nacionalidades, llegando a la conclusión de que se trató de un acto más político que judicial y que, siendo una injusticia, para quedar bien ante la historia Poncio Pilatos, emblemáticamente, se lavó las manos.

De todas maneras, hoy en día, resultaría imposible, por lo menos, administrar justicia por aclamación o voto popular, por lo cual dicha función se cumple por jueces instituidos para tal efecto, incluyendo jueces colegiados para una segunda instancia, como sucede con los tribunales superiores y las altas cortes entre nosotros.

Que lo anterior nos sirva para reflexionar durante esta semana santa sobre la suerte del país, el cumplimiento de las decisiones judiciales y para que no hagan carrera los linchamientos de última hora, porque la justicia por mano propia no solamente es reprobable, sino que afecta gravemente a la administración de justicia y, a la democracia a la que le sirve de soporte.

Destacamos el texto del abogado español José María Rivas Alba titulado Proceso a Jesús (Editorial Almuzara, Córdoba 2013) y la tesis de grado de maestría en derecho del también abogado español Jorge Andújar titulada El Juicio de Jesús de Nazaret – El Juicio más Importante del Mundo.

Por: Rafael Aguja Sanabria, abogado penalista, docente universitario.