El mal ajeno

Alexander Correa

Alexander Correa

¿Por qué nos alegramos de las desgracias de otros?

No es el manido lugar común contenido en el libro más vendido de 2013 Por qué le pasan cosas malas a la gente buena, lo que me lleva a reflexionar. Hago claridad, no leí el libelo.

Hace algunos años me encontraba en el cubrimiento noticioso en el Palacio de Justicia de Ibagué cuando de repente corrió la voz de que había fallecido el exmagistrado Augusto Ospitia, recordado por muchos como estudioso y eminente en sus largos años de ejercicio en la sala penal del Tribunal Superior. Varios jueces compungidos por la noticia no ocultaban sus caras largas; pero recuerdo a uno en especial, que transmitía la noticia desde un teléfono móvil diciéndole a su interlocutor: “si sabe que se murió ese hijueputa”.

Debe haber algo o mucho de morbo lo que nos lleva primero a las secciones de chismes o sangre de los periódicos o medios digitales, para enterarnos quién ha caído en desgracia, cual fulano se arruinó o si aquel lo dejó la mujer, o este le puso amante para compensar. A veces, eso escuchamos en la radio: reclamos de paternidad irresponsable, impago de cuentas, borracheras, navajazos, exhibiciones, o como diría el impasable comentarista deportivo Carlos Antonio Vélez “dimes y diretes”.

Quizá es la misma condición humana. No exaltamos a alguien que ha sido premiado o distinguido, pero si le damos despliegue a sus desgracias, traspiés y caídas.

Como periodista, tuve y he tenido que narrar incontables tragedias de personas que conocí y otras de las que nunca había oído. Pero es un mero oficio, del cual te toca desprenderte cuando llegas a casa, porque si no, te agobia, y te pesa, hasta el punto de llegar a odiarlo, como me pasó en cierto momento.

Dejé de ir a morgues, hospitales, funerarias y siniestros, pues me llegué a sentir como un gallinazo hurgando entre la fatalidad para alimentar el morbo de las masas. Algo similar cuenta que le ocurrió el periodista tolimense Germán Santamaría, cubriendo la tragedia de Armero, y viendo agonizar a Omaira Sánchez. Decía el comunicador que se sentía como si un gato le escarbara en las entrañas, mientras estaba en su hotel redactando la noticia en su máquina para enviarla al día siguiente como noticia al diario El Tiempo.

Sin llegar a generalizar o a causar resquemor, existen personas para las que su principal tema de conversación es el muerto del día, el accidentado de la mañana o el crimen pasional de la semana. No sé cómo pueda uno vivir así o en función de eso. ¿En algo nos beneficia la desgracia ajena?

Hemos llegado en Colombia al punto en que nada nos asombra. “El muerto de hoy, tapa al de ayer”, nos dice con simpleza y contundencia Fernando Vallejo. No nos aterra que los niños se estén muriendo de hambre en La Guajira o en Chocó, ni que en este año hayan llegado a más de 40 las muertes de mujeres en Medellín. Serán temas de pocas conversaciones y de olvidos fugaces, como casi todo lo que ‘retenemos’ en la mente; o como las cadenas que rotan y desaparecen en nuestros teléfonos móviles.

En este país, estamos llegando incluso a justificar el asesinato ajeno. A veces pasa que matan a alguien y le escucha uno decir a la gente, “por algo será que lo pelaron”, soltando esos juicios sin el más mínimo contexto, o conocimiento de causa.

No es costumbre nuestra. Ya la tenían en la Argentina en tiempos de la dictadura militar: cuando desaparecían estudiantes, líderes y sindicalistas, la gente justificaba la barbarie con el mismo “por algo será”.

Por: Alexander Correa C., contador público, periodista, autor.