El negro ‘Perini’: un eterno noctámbulo que Ibagué no olvida

Perini, inmortalizado por el pintor Eduardo Mogollón. Foto: archivo particular.

Amenizaba las noches de bohemia con su infaltable acordeón.

Se le veía en su recorrido por los sitios de rumba del Centro de Ibagué. Pasaba por la tienda de Nelson, en la calle 12 con Quinta, donde les tocaba un tango al escritor Hugo Ruiz, a ‘Guacharaco’, y a quienes estuviesen acompañando al bardo. Luego se bajaba para el negocio de don Hernán, en la calle 13 con Cuarta. Lo veían en la 16 con Tercera y esa parecía ser su frontera invisible, pues más abajo comenzaba el descenso hacia el lunfardo, el abismo ibaguereño, donde podía perder algo más que su viejo acordeón Honner.

Perini, fue el incansable compañero de bohemia sana de cientos de ibaguereños desde los años 70, los 80 y bien entrados los 90. Moreno, espigado, de dientes blancos, había recalado en la capital tolimense, proveniente de la Costa Pacífica colombiana.

En noches donde los clientes no aparecían, se juntaba entonces con los músicos que tocaban la guitarra, conocidos en el gremio como ‘Tamaleros’, que así como él hacían el recorrido en el Centro, y paliaban la momentánea crisis compartiendo un tinto o fumándose un cigarrillo mientras añoraban tiempos mejores.

La vida nocturna tenía siempre a un hombre alto y negro con unos dientes grandes y blancos cargando un enorme acordeón. Se trataba de Perini que fue inmortalizado por el pintor Eduardo Mogollón”, dijo en una de sus columnas de prensa, el escritor Carlos Orlando Pardo.

Era normal que tras cantar unos acordes los bohemios lo invitaran a tomarse unos tragos y sumarse a la tertulia o a botar corriente con charlas amenas. De allí, los románticos de antaño lo llevaban a darle serenata a sus esposas, y en muchos de los casos a la dama que tenían como ‘sucursal’. Entonado, Perini cobraba poco, o solo lo justo, porque entraba en confianza y era cuando más se apreciaba su arte porque cantaba con sentimiento, abriendo de par en par su alma.

Con el cambio de siglo, cambió también la vocación de rumba y tertulia de los ibaguereños raizales. Sitios como la Coral Musical fueron cayendo en el olvido y hoy no son más que una sombra que recuerda tiempos idos y felices. El Internet dejó sin trabajo hasta los mariachis de la calle 43, porque muchos prefieren divertirse en un plan que les sale más económico con música en línea y bebidas compradas a domicilio.

A Perini no se le volvió a ver por el Centro y muchos fabulaban que había abandonado la ciudad por una decepción de amor. Lo encontraron en su casa del barrio las Ferias, con su acordeón arrumado y delicados problemas de salud, que no parecían tener alivio pues nunca había cotizado en el régimen contributivo.

El director de noticias de una emisora le hizo una campaña con empresarios que donaron unos pesos para aliviar la precaria situación de Perini. Consiguieron una ambulancia y lo llevaron al hospital San Francisco, donde los médicos, atendieron al negro lo mejor que pudieron sin que tuviera que preocuparse por pagar la cuenta.

Su vida se apagó de a poco, lo mismo que su voz. Cuentan sus allegados que al final canturreaba algo de La cama vacía, el tango con el que hizo olvidar sus penas a los ibaguereños que se deleitaron con su voz:

Cuando uno está en condición, tiene amigos a granel 
pero si el destino cruel hacia un abismo nos tira
vemos que todo es mentira y que no hay amigo fiel.

Crónica de Alexander Correa, director de A la luz Pública. 

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