El oso de peluche de Margareth

imagesUn cuento ganador del premio Alfred Hitchcook, en Estados Unidos, a propósito de un aniversario más de los atentados del once de septiembre. Su autor, es tolimense. 

Luego de vivir los dos últimos años en un cómodo apartamento de Greenwich Village, Margareth se mudó intempestivamente con su oso de peluche a la oficina del piso setenta y ocho de un céntrico edificio en el sur de la isla de Manhattan.

Desde entonces, Margareth, ya instalada, acondicionó el piso como apartamento y oficina, para continuar despachando su comercio de pinturas y antigüedades.

Por esos días, advirtió que el miedo la asaltaba con más frecuencia y decidió entonces abandonar las continuas visitas que solía hacer en las noches a los bares donde se reúnen los escritores de novelas y los artistas bohemios, que ofrecen sus libros y pinturas, a los exigentes compradores de arte y a los compulsivos bebedores de whisky.

Margareth, desde ese momento no frecuentaría más aquellos lugares, ni aquel famoso bar en el que se sentía tan a gusto. El mismo bar donde Edward Hooper pintó alguna vez sus Trasnochadores.

Al final de su estadía en Greenwich Village, y recién instalada en su nueva residencia, descubrió que los temores empezaban a llenarle sus rutinas con mayor intensidad cuando sintió de pronto que la gente le estorbaba y le perseguía sin tregua.

En las calles, la acosó primero la necesidad de tomar siempre la delantera entre la muchedumbre. Si alguien la aventajaba algunos pasos, se imponía la urgencia de adelantarlo antes de llegar a la esquina más próxima. Aceleraba la marcha angustiada y lo dejaba atrás hasta perderlo de vista. Así, creía por instantes que recuperaba la paz en medio del desasosiego de sus caminatas. Pero descubría de inmediato que siempre había otras personas delante de su recorrido.

Malhumorada en esa inútil competencia, Margareth optó luego por caminar al lado de los transeúntes que alcanzaba. Igualando sus pasos, cuidadosamente, como si el piso le quemara los pies, como un mimo callejero que repite las pisadas de otros. Hasta que de pronto advertía que la gente la observaba con detenimiento. Alteraba entonces su ritmo y su destino. Y se perdía en la vastedad bulliciosa de Nueva York, hasta llegar a desamparada al piso setenta y ocho del edificio donde ahora había instalado su refugio.

Margereth empezó a salir a luego a la calle acompañada de su oso de peluche.

Fingía caminar normalmente. Imaginaba de pronto que el miedo hacia los demás ya no la tocaría. Y deambulaba con una falsa tranquilidad, así, tan común y corriente como el resto de los mortales que a diario recorren la Gran Manzana.

Y Margareth se sorprendía otra vez, invadida por esa terrible obsesión, de encontrarse de nuevo perseguida sin tregua.

Volvía sobre sus pasos y se aseguraba, o creía asegurarse, que burlaba por fin las huellas invisibles de todos sus fantasmas. Fue entonces cuando tomó la irrevocable decisión de encerrarse en su oficina – apartamento, asilándose de los peligros acechantes del mundo exterior que tanto le atormentaban.

Prisionera en sus habitaciones. Clausuradas las puertas y ventanas, a Margareth la empezó a agobiar el temor que le producía los ruidos de la noche. El golpe seco de algún portalápiz al caer, el timbre insistente de un teléfono remoto, el angustioso sonido de la impresora de un computador, las llaves penetrando las cerraduras en las puertas de los departamentos vecinos, la lluvia chocando contra el cristal de las ventanas, y hasta sus propias pisadas apenas perceptibles, en la cárcel de su oficina– apartamento.

Para huir de sus angustias, Margareth se imponía breves caminatas en busca de alimentos en algún supermercado cercano. Y aterrorizada ante la presencia multitudinaria de la gente, nuevamente huía hasta su apartamento. Tomaba el elevador y lo abandonaba unos pisos antes, o unos pisos después del suyo. Trepaba o descendía en consecuencia por las escaleras de servicio, observando maliciosa a su alrededor, hasta asegurarse que nadie la seguía. Y se encerraba de nuevo bajo llave cuando ya se imaginaba a salvo, cuando presumía ya, que nadie la observaba, que nadie la escuchaba, que nadie la intimidaba.

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Y Margareth se sentía entonces infinitamente sola. Alejada de todos, y a la vez, sin defensa posible, avergonzada y arrepentida, pero siempre experimentando esa dolorosa sensación de abandono cuando se miraba de cuerpo entero en el cristal de alguna ventana, y descubría de golpe la ciudad iluminada que dormía entre las luces parpadeantes en la mitad de la noche. En la mitad exacta de su soledad.

Y en esa nueva rutina, Margareth, encerrada en el mundo que se había impuesto, se olvidaba días enteros en una poltrona de la sala, esperando algo indefinido, un acontecimiento inesperado, trágico quizá, que de pronto le hiciera realidad alguna pesadilla premonitoria.

Cada ruido, cada caricia del viento que agitaba las cortinas, eran para Margareth como un cuchillo que le hería los sentidos y le ponía la piel de gallina. Y para darse consuelo, se mentía diciéndose que las desgracias jamás la alcanzarían, que la muerte era un extraño fenómeno que no tocaría nunca su existencia.

El martes once de septiembre, en la mañana, Margareth estaba atrincherada en su apartamento. Por primera vez se sentía libre y a salvo.

Un Boeing 767 de la compañía American Airlines, con noventa y dos ocupantes, (lo reportaron luego los noticieros de todo el mundo), chocó deliberadamente contra el piso setenta y ocho, explotó contra los cristales de la oficina – apartamento, y en cuestión de segundos, acabó para siempre con los temores de Margareth.

La torre norte cayó como un castillo de naipes, sin que Margareth lo advirtiera nunca.

A las diez y treinta de esa mañana, la torre gemela, la del sur, también se desmoronaba luego del estallido de otro avión secuestrado, que unos suicidas islámicos impactaron entre el humo y las llamas, destruyendo para siempre los dos monumentales edificios del World Trade Center de Nueva York.

A Margareth la reconocieron por sus piezas dentales.

El oso de peluche jamás fue encontrado.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.