El otro Bogotazo

IMAGEN-4068084-2Juan Roa Sierra llevaba dos meses, una semana y cuatro días intentando abordar al caudillo del pueblo, le habría bastado con un breve saludo, un gesto de generosidad en forma de sonrisa, una palabra de aliento o una palmadita en la espalda. Pero el abogado penalista y líder político, no se había dado por enterado. Tampoco le importaba.

Roa Sierra frecuentaba entonces, un par de horas en la mañana y otro par de horas en la tarde los alrededores de la oficina de Jorge Eliecer Gaitán, El Negro Gaitán, como solía llamarlo los más desprotegidos, los descamisado, los humildes.

Roa paseaba de la Jiménez al Capitolio, siempre por la carrera Séptima con la secreta esperanza de saludar algún día al líder de sus afectos. Portaba, cuidadosamente doblada en un sobre de manila, su hoja de vida, sin mucha experiencia y con menos recomendaciones, con la intención de entregársela a Gaitán para que lo nombrara su chofer personal. Lo máximo que logró, fue que luego de tanta insistencia, la secretaria del abogado le recibiera el sobre con la promesa de hacérselo llegar a su jefe de un momento a otro.

Por esos días se celebraba en Bogotá la Novena Conferencia Panamericana y alternativamente el Congreso Latinoamericano de los Estudiantes. De la primera habían excluido a Gaitán, en el segundo dizque estaba un tal Fidel, el mismo que una década más tarde, armado de fusiles y de un puñado de hombres barbados, entraría victorioso a las calles de La Habana, para quedarse gobernando allí infinitamente.

El ambiente político y social no pasaba por sus mejores horas en aquellos días de abril del cuarenta y ocho. Roa Sierra lo sabía, esperaba en silencio.

Y hablando de silencio, Gaitán convocó al pueblo a la marcha sin palabras el siete del mismo mes, del mismo año. Cuando la muda manifestación terminaba, Roa se abrió paso entre la montonera para acercarse al penalista y en medio de un mar de enruanados, ensombrerados y desarraigados alcanzó en una fracción de segundos rosar apenas su mano derecha con la izquierda del caudillo que no se tomó la molestia de mirarlo siquiera, no le obsequió un breve saludo, una sonrisa generosa, una palabra, una palmadita en la espalda.

Roa sintió que su mundo se desmoronaba, que se abría la tierra para tragárselo impune. Y se marchó calle trece arriba como quien va para Monserrate, con el dolor y la certidumbre absoluta de que jamás sería ni el amigo ni el chofer personal del Negro Gaitán.

Esa misma noche Roa Sierra tomó la irrevocable decisión.

Al día siguiente, ocho de abril, merodeó todo el día la oficina del abogado. Como reconociendo su rutina para evitar errores. Cayendo la tarde se bebió seis totumadas de chicha en la vecindad del Chorro de Quevedo y pasadas las ocho de la noche se encerró, al borde de la borrachera en una habitación de inquilinato por los lados de San Victorino, donde durmió doce horas continuas con la ropa puesta.

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El nueve andareguió enguayabado y nervioso por las calles del centro y pasadito el medio día se instaló a las puertas del ascensor de la Séptima que subía a la oficina del caudillo.

A la una de la tarde Jorge Eliecer Gaitán salió a almorzar, llevaba la boca vuelta agua por un ajiaco santafereño de los de la esquina de la Plaza de Bolívar, así se lo dijo a Plinio Mendoza, con el que tomó la delantera cuando salieron del ascensor. Más atrás iban Pedro Eliseo Ruiz, el médico amigo Jorge Padilla, y más atrasito, a unos poco pasos Juan Roa Sierra.

Roa disparó por la espalda y los dos primeros impactos se metieron en la nuca de Gaitán, el tercero le destrozó la clavícula y en cuestión de minutos el caudillo era llevado a la Clínica Central donde Pedro Eliseo intentaba hacerle una transfusión de sangre urgente que resultó inútil ante la gravedad de las heridas.

Mientas tanto, y a pesar de que la Policía capturó e intentó proteger a Roa en una droguería, el homicida fue agarrado por la turba enardecida, arrastrado y asesinado Séptima arriba mientras se iniciaba el infierno de los incendios, los saqueos, la destrucción de edificios y tranvías, iglesias y locales comerciales y se empezaba a contar los muertos por miles y por miles y el país todo empezaba su mierdero de violencia.

El resto es historia.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.