El sargento Niño, el policía que hacía ‘limpieza’ en Ibagué

La historia del uniformado al que acusaron de ejecutar a decenas de personas en la ciudad.

A finales de los 80 y principios de los 90 circulaban temibles historias de comandos armados que asesinaban a delincuentes, drogadictos e indigentes, y que procedían a arrojar los cadáveres en el antiguo botadero de basuras en el sector de Mirolindo.

Los ‘nocheros’ de entonces se acostaban temprano, las fiestas terminaban antes de la media noche, las madres de granujas y pillos vivían “con el Credo en la boca”, esperando que sus muchachos llegaran a casa y no fueran a ser víctimas de la limpieza social que no respetaba pinta.

Los cadáveres se apilaban en la morgue, sin respuestas que pudieran conducir a los autores o a la denominada ‘Mano Negra’, nombre heredado de las vendettas de la mafia italiana.

Y como triste colofón, algunos citadinos no se preocupaban por los crímenes sino que parecían justificarlos por el estrato, la condición social o el hecho en que las víctimas eran ajenas a su círculo íntimo. “Por algo será que lo mataron”, “eso era que la debía”, eran los comentarios de salón que se escuchaban.

Hasta que un afortunado de los que llevaron a Mirolindo, herido a bala, huyó antes que lo alcanzaran a rematar y corrió a contar lo sucedido ante las autoridades. El hombre, no dudó en buscar al padre Javier Arango, quien hacía periodismo en radio y en la televisión nacional, quien narró su historia en los medios.

Allí, el superviviente, de nombre José Fabio Duarte, señaló a uno de los gatilleros como el sargento José Obdulio Niño Acuña, quien para esa época laboraba en el F – 2, una de las dependencias de la Policía Nacional. (Ver: Lo condenaron y se voló)

Vinieron las investigaciones y un juzgado de instrucción penal militar empezó a indagar las andanzas del sargento al que achacaban múltiples crímenes, no solamente cometidos contra delincuentes, sino contra personas de bien y sin prontuario conocido.

Si no me sueltan, yo cuento quién era el que ordenaba esas muertes, alguien de bien arriba”, habría dicho Niño en una de sus indagatorias y por ello, se le archivó el proceso, pero además se le retiró de la fuerza pública.

Por la misma época el polémico expolicía le señaló a un conocido de Ibagué: “yo no les tengo miedo a los bandidos, les tengo más miedo a algunos compañeros de la Policía”.

En recientes declaraciones que se encuentran en la Unidad de Víctimas, algunas personas que vivían en Ibagué y que huyeron exiliadas hacia el extranjero dieron cuenta de las acciones que ejecutaba Niño Acuña en la capital tolimense:

“…se instaló en las goteras del barrio una cafetería y panadería que eran paso obligado por la gente nuestro barrio y el propietario de ese negocio resultó ser el conocido ‘Cabo Niño’, retirado de la Policía y tristemente famoso por ejecuciones de muchas personas en lo que se llamó ‘limpieza social’, especialmente presuntos delincuentes, o ‘ñeros’ o ‘desechables’ que eran capturados y llevados por este criminal al llamado botadero de Mirolindo donde los ejecutaba y lanzaba allí sus cadáveres. Este criminal junto con su esposa fueron abaleados en su carro en una calle de Ibagué. 

El citado cabo Niño mantenía estrecha relación con el tal Salomón…, quien  habitaba y tenía antecedentes penales por varios delitos el que a su vez fue señalado de ser parte de las autodefensas”.

El sargento Niño era bajito, de tez morena y andaba en una moto de alto cilindraje, de color rojo, por las calles de la ciudad musical, recuerdan algunos conocidos del expolicía. Vivía en el barrio San Simón. “Nada de nervios”, era una de las frases características del antiguo policial.

Alias ‘Olivo Saldaña’, exjefe de las Farc, se adjudicó el asesinato del sargento Niño. Está pendiente de recibir condena en el sistema de Justicia y Paz.

Meses después de su retiro, Obdulio Niño entró a trabajar en la oficina de Tránsito del municipio de Alvarado, hasta que encontró la muerte en la calle 25 con carrera Sexta, cuando detuvo su vehículo en el semáforo de la intersección. Era el 31 de octubre de 1995, la noche de las brujas o de Halloween donde los niños y algunos adultos acostumbran ir disfrazados.

Él iba con una señora, no la esposa, sino una amiga y paró en la calle 25 con Sexta. Los sicarios, en moto, se le acercaron. Iban ambos con máscaras y les dispararon. A él lo hirieron varias veces y a ella, en una pierna. El sargento alcanzó a estirar la mano para sacar el revólver de la guantera, pero malherido como estaba no pudo reaccionar y el carro se rodó y quedó unos metros más adelante”, le refirió a este medio un testigo de los hechos.

Así terminó sus días el supuesto autor de la tristemente célebre limpieza social que ocurrió en Ibagué hace menos de 30 años y cuyas familias no han recibido justicia, verdad, ni mucho menos reparación.

Noche y niebla en infinidad de crímenes sin esclarecer en la capital tolimense. Todo por la connivencia entre algunos jueces y fiscales con políticos o personajes solventes y poderosos. Hoy no se sabe quién mató al abogado Félix Martínez (enero de 2003); o a Sandra Buitrago Álvarez (asistente de un director de Fiscalías de Ibagué), acribillada por pistoleros en el barrio Interlaken, hechos ocurridos en 2005.

Los años pasan, se acumulan el polvo y los ácaros en los procesos. La gente va olvidando o justificando los crímenes, y quizá quedé en el imaginario popular que las muertes ocurrieron en la ciudad “porque algo debía” el finado.

Sandra Buitrago, una de las tantas víctimas en Ibagué sin responsables. Foto: periódico Q’hubo.

Lo condenaron, se voló de la cárcel, y andaba como si nada

El diario El Tiempo, en una noticia del 22 de noviembre de 1990, recoge la historia del hombre que le quedó vivo al sargento Niño y que sirvió de testigo para condenarlo:

El caso ocurrió el 29 de agosto de 1987 en Líbano, cuando un policía de apellido Jaramillo, en estado de embriaguez, intimidó a los contertulios de una cantina con su revólver de dotación.

Luego ingresaron otros uniformados que se llevaron a los hermanos José Fabio y Gabriel Alonso Duarte Pulido. Los encerraron en un calabozo en castigo por haber pedido compostura al agente.

En el calabozo estaba también José Alberto Figueredo, detenido por otros motivos. Figueredo y Gabriel Alonso Duarte, según la investigación, fueron maltratados y luego muertos a bala.

José Fabio Duarte corrió otra suerte. Esa misma madrugada lo sacaron del calabozo y lo metieron a un campero con placas de la Policía. Lo amarraron y lo lanzaron al piso del vehículo. Dijo que sintió que a su lado, envueltos en sábanas ensangrentadas, había dos cuerpos. Estos eran los de su hermano y de Figueredo.

Luego, los cuerpos fueron lanzados a un precipicio del basurero de Mirolindo y a José Fabio Duarte le dispararon. Cuando lo iban a rematar, este huyó.

Al día siguiente acudió a la Procuraduría a formular la denuncia respectiva. Dijo que en la acción participaron un sargento y dos agentes.

La investigación dio como resultado la participación directa del sargento Obdulio Niño Acuña y los agentes Uneme Moreno y Dagoberto Castellanos Rivera.

Al suboficial lo condenaron a 22 años de cárcel pero escapó de la prisión en Tunja. Hace un mes lo recapturaron en Bogotá, cuando iba a cobrar la pensión de jubilación. Los agentes fueron condenados, cada uno, a 18 años”.

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