Élite cultural, una necesidad para la política

Pedro Leal

A mediados del siglo pasado y coincidiendo con el despertar de la sociología como ciencia se abrió un debate sobre el significado de la palabra cultura, en el curso del cual se indagó sobre la relación de la élite cultural con la religión, la crítica y la política.

Debe aclararse el significado que en este escrito se da al término élite. No se trata de una capa superior de la sociedad, ni de los dueños del poder o de las finanzas. Simplemente se alude a un grupo selecto de personas que destacan en una actividad y por esa cualidad adquieren prestancia y audiencia en el espacio de lo público.

Se atribuye a este grupo de personas un peso importante en la crítica, en la selección de los debates que interesan a la sociedad y, sobre todo, ejercer esas tareas desde un conocimiento mayor que los demás ciudadanos y una posición de escepticismo frente a las verdades que la sociedad en general acepta como válidas.

La ausencia, apatía o carencia de esa élite deja la crítica “mercantil” o sea la ejercida en búsqueda de notoriedad, prestigio, dinero o favor político como única voz orientadora de los ciudadanos. Este tipo de crítica es sencillamente publicidad y, en la mayoría de los casos, ejercicio de la adulación interesada. La ejercen algunos columnistas, informadores, formadores de opinión que buscan difundir sus conveniencias y convencer al público de su “verdad, acomodada a sus intereses”.

Quedan también las reuniones de intelectuales alrededor de la mesa de bohemia que analizan los hechos buscando en la literatura y la filosofía fuentes que sirvan para explicar los acontecimientos y transformaciones. Amena y divertida, pero inútil. El círculo cerrado no logra llegar a las gentes.

La ausencia de una crítica conlleva la perversión de la política y de los políticos pues todo intento crítico es desechado por provenir de orillas opuestas o de enemistades sociales. Tareas sociales como “articular la diferencia, generar distancia frente a los lugares comunes, establecer prioridades, arbitrar entre valores en disputa, desarrollar una visión ordenadora, seleccionar temas para colocarlos en la comunidad,” quedan huérfanas. Cada vez con mayor frecuencia se atribuye una crítica o una denuncia a persecución política cuando son en realidad desmanes, delitos y atropellos provenientes del ejercicio de la autoridad y la política. Es un acto de cinismo surgido como corolario de la falta de voces autorizadas, de élites culturales.

Esa crítica debe cumplir varios requisitos para ser auténtica. Convenir en que no siempre va en contra de algo o de alguien y que es válido opinar a favor; desprenderse del lenguaje o jerga propia de las élites y ser capaz de transmitir en lenguaje llano y, lo más importante, aceptar, como decía Adorno, que si bien habitan en el último piso, lo hacen en el edificio donde la sociedad vive; cuando las élites habitan en una casa de cristal y de luz pierden su carácter de orientadores sociales.

Finalmente una pregunta: ¿Será que el Tolima carece de esa élite cultural y por eso nuestra política es como la conocemos?

Por: Pedro José Leal Quevedo. Ibaguereño. Médico Veterinario de la Universidad Nacional de Colombia, con estudios de postgrado en Administración Pública en la Escuela Interamericana de Administración Pública en Rio de Janeiro; Planificación y Administración del Desarrollo Regional en la Universidad de Los Andes y Estudios Ambientales en la Universidad del Tolima.

Deja un comentario