Ellos, los supremos

Salcedo_Ramos

Antes la Presidencia de la República era apenas un cargo transitorio que algunos políticos ejercían mientras les llegaba el momento de vivir a sus anchas como expresidentes.

Como expresidentes, aunque hubieran sido gobernantes mediocres, disfrutaban de ciertas prerrogativas: pensión vitalicia, influencia política, consideración social.

Además, a manera de compensación por retirarse del poder, se les permitía que convirtieran su fracaso como estadistas en un negocio: entonces dictaban conferencias para explicar cómo debería resolverse lo que ellos no fueron capaces de resolver durante su mandato.

Así se iban alejando con honores de la vida pública. Cuando envejecían eran vistos como dinosaurios inofensivos, pues nuestro pueblo amnésico ya había olvidado lo dañinos que fueron.

Eso sucedía antes, digo. Lo que se estila de un tiempo para acá es que los presidentes intenten eternizarse en el poder. Por tal razón ya no utilizan el cargo para gobernar sino para seguir en campaña política: transmiten por televisión sus reuniones de trabajo, viven obsesionados con los índices de popularidad y, sobre todo, promueven reformas constitucionales amañadas que posibiliten su reelección.

Ahí tenemos, por ejemplo, el caso de Álvaro Uribe Vélez. Cuando llegó a la Presidencia, no existía la reelección en Colombia: él impulsó la modificación de la Constitución para hacerse reelegir. Luego, tras ocho años en el cargo, pretendía una nueva reforma constitucional para alargar el mandato cuatro años más.

A Hugo Chávez, en Venezuela, solo lo detuvo la muerte: si viviera estaría en su cuarto periodo presidencial. Evo Morales, en Bolivia, ejerce su segundo mandato consecutivo. Rafael Correa, en Ecuador, ya va por el tercero.

Eternizarse en el poder a través de las urnas es una fiebre reciente entre nuestros gobernantes. Entre los dirigentes deportivos, en cambio, es antigua.

Juan Antonio Samaranch permaneció veintiún años como presidente del Comité Olímpico Internacional. Joao Havelange duró veinticuatro años rigiendo la FIFA. Su sucesor, Joseph Blatter, ya lleva quince años al mando.

Al igual que los gobernantes, los patronos del deporte saben aceitar sus maquinarias electorales: reparten dádivas y contratos, modifican estatutos, arman coaliciones. No actúan como dirigentes deportivos sino como monarcas absolutos.

José Sulaimán es presidente del Consejo Mundial de Boxeo desde 1975; Gilberto Mendoza maneja la Asociación Mundial de Boxeo desde 1982. Ambos ya tienen a sus hijos, Mauricio y Gilbertito, en la línea de sucesión.

Y ni hablar de Julio Grondona, el mandamás de la AFA (Asociación de Fútbol Argentino). En su país los dictadores militares salieron de circulación hace rato, pero él sigue muy campante en su trono, porque primero cae un tirano armado que un dirigente deportivo abusivo.

Tanto los caudillos del gobierno como los del deporte han aprendido a ganar elecciones para guardar ciertas formas y perdurar en sus cargos. Al verlos uno entiende lo que quiso decir Borges cuando advirtió que la democracia es un simple abuso de la estadística.

No son gratuitos los vasos comunicantes que estoy intentando encontrar: los jerarcas de las entidades deportivas hacen política, mientras los jerarcas de la política viven convencidos de que gobernarnos es un deporte.

Por: Alberto Salcedo, cronista, escritor.

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