En defensa de la verdad

Foto: Juan Manuel Díaz

Foto: Juan Manuel Díaz

Calumniad, calumniad, que de la calumnia algo queda“. Así decía el conservador Laureano Gómez, para referirse a que el calumniador nato, casi siempre se sale con la suya, y rara vez pierde. Los rumores de pasillo, los chismes, y las mentiras de algún malintencionado, generalmente repetidas a gran escala, suelen causar injustamente consecuencias desastrosas.

No hay más que una forma malsana de hacerle daño a alguien, cuando se recurre a la calumnia, a la mentira, y a la falacia por distintos motivos. La exageración de una verdad a medias, o lo que llamamos una falsa verdad, la mala interpretación de un hecho que está a la vista del mundo, y la construcción de conceptos erróneos, bajo una situación que alguien cree que es así, porque se le dio la gana creerlo, resulta siendo parte de las formas de calumniar.

Generalmente a quien recurre a la calumnia, y a la mala leche, poco le interesa la demás gente. Se alimenta del morbo, de indisponer a las personas y de lograr su cometido, muchas veces sin tener un motivo específico. Quien lo cree sin confrontarlo, y enceguecido por la ira que provoca un chisme que lo involucra, resulta ser víctima, sobre todo cuando piensa que quien le cuenta algo, de manera jocosa, pero venenosa, lo hace con la intención de ser amable, de alertarlo, y de prestarle un servicio. Después de la palabra lanzada, y del cuento creído, no hay explicaciones que valgan, por justas que puedan llegar a ser.

Hoy en día, no es difícil dañar el buen nombre de alguien. Personajes públicos, políticos, periodistas, y hasta gente del común, generalmente son víctimas de los injuriosos, de aquellos que hablan cosas que jamás han escuchado o visto, o que creen que es así porque les pareció, sin preguntar, y confirmar si lo que ellos están maquinando en su cabeza, es tal como sucede en realidad.

Lo peor de todo es cuando las falsas verdades, los chismes y la calumnia, vienen de parte de alguien que se dedica a hacer periodismo. Para algunos, esa es su forma de ganar dinero, y popularidad, sin importarles nada más que dañar el buen nombre de personas e instituciones. Para otros, y quienes ejercemos este difícil pero maravilloso oficio, es totalmente reprochable e inaceptable desde todo punto de vista.

No hay nada más valioso en la vida de un periodista que la credibilidad de su palabra, la honestidad de lo que escribe, y la ética para no decir lo que no existe o lo que no es cierto. Por mi parte, el día que pierda la objetividad, la imparcialidad, y la falta de rigor y decencia para hablar de algo o de alguien, ese mismo día me retiro del periodismo.

Por ahora, como bien dice mi admirado y respetado colega Hollman Morris: ¡Seguimos!

Por: Juan Manuel Díaz.

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