Entre trago y trago, la primera trompeta

A propósito de la temporada de fiestas, presentamos la crónica de un personaje de Ibagué, que vivió como muchos, entre bohemia, cafetines, bajos fondos, lunfardo, y tragedia.

trompetistaEnrique Morales, trompetista de oficio, también conocido en el teatro, el tablado fiestero, la cantina y todos los amanecederos donde la música suena terca hasta el primer canto de los gallos como ‘Chihuahua’, se inauguró en las eternas lides de la borrachera aquel domingo remoto en el que hizo su primera comunión. De eso hace ya casi medio siglo. Aprendió a soplar el cobre de su instrumento fiel, cuando apenas salía de la adolescencia en el Conservatorio de la Ciudad de la Música y desde entonces su vida ha sido un viaje largo sin estaciones y sin regreso entre orquestas famosas y mariachis trasnochadores con los que aprendió a beber aguardiente y a interpretar todas las melodías del mundo sin leer los pentagramas.

Se enfrentó a las noches heladas de Santa Fe de Bogotá, primero, haciendo los solos de la trompeta líder con la Sonora Jazz; para ganarse un día la Orquídea de Plata Philips; acompañó luego como una sombra tutelar a la ‘Generala’ en su trasegar inacabable de rancheras en parrandas de pueblo y clubes sociales mientras enamoraba mujeres y bebía mares de licor para espantar alguna pena secreta por culpa de un amor contrariado que le dejó una tronera en el alma y un par de lágrimas eternas en sus ojos somnolientos siempre enrojecidos.

Un día cualquiera, a Chihuahua lo llamó la Banda Departamental para que interpretara los solos de trompeta, y era entonces muy común verlo con su metro sesenta de estatura metido en un vestido de paño negro de dos piezas, zapatos de charol, camisa blanca y corbata de nudo riguroso derrochando su talento en el Teatro Tolima, en todos los pueblos a donde viajaban para la celebración de cualquier fiesta patronal, en el atrio de las iglesias acompañando un matrimonio o una misa de difuntos y en las retretas vespertinas de los parques. Fue entonces cuando empezó a cargar en uno de los bolsillos de su saco la infaltable media de aguardiente ‘Mataburros’, para hacer mas llevadera su dolida existencia de música y bohemia.

Con el tránsito de los días Jesús Enrique Morales (Chihuahua) fue expulsado de la Banda Departamental por su afición incontrolable hacia el trago y sus francachelas sin límite. Se dejó crecer el pelo ensortijado que empezó a lucir con desparpajo, siempre húmedo, como sí acabara de bañarse; vistió su antiguo traje de dos piezas hasta que extravió primero el saco y luego la corbata de nudo riguroso en cualquier cantina; y se echó a la calle a soplar su trompeta ebria entre urgente y angustiado como si el mundo se le fuera a acabar de un momento a otro.

Durmió muchas veces sobre las baldosas frías del permanente de la Policía, salió mal librado en cuanta riña de bar se involucraba; amaneció mal dormido en cualquier esquina o a la sombra indiferente de la estatua de Bolívar, pero siempre amarrado a su trompeta compañera como si fuera una extensión más de su cuerpo enflaquecido.

Otro día, cuando esa montaña de alcohol que Chihuahua había levantado amenazó con destruirlo definitivamente, el trompetista empezó a frecuentar las diarias reuniones de Alcohólicos Anónimos; comió ratones recién nacidos empapados en aguardiente; hizo promesas, juramentos y novenas a un ejército de santos; pero todo resultó inútil; las recaídas de Chihuahua cada vez eran más intensas y terminaban sumiéndolo aún más en la depresión y el abandono.

Hasta que Chihuahua de pronto conoció a Dios. Empezó a visitar entonces un templo de oración, aprendió cánticos celestiales, elevaba glorias al cielo raso del culto dominical y permaneció abstemio durante un año, para ser exactos.

Un sábado de junio, final de fiestas de San Pedro, Vicente Fernández, también conocido como “El hijo del pueblo“, fue contratado desde México para el toque de cierre en la Plaza de Toros Pepe Cáceres. El charro de bigote espeso llegó acompañado tan sólo de su voz inconfundible y los organizadores del concierto entonces se dieron a la tarea de conseguir al otro grupo de músicos que le harían la segunda al mexicano. Las guitarras, los guitarrones y las trompetas no se hicieron esperar; todos llegaron cumplidos al ensayo previo y entre ellos Jesús Enrique Morales, quien a su vez interpretaría los solos de todas las canciones. Practicaron el domingo en la mañana y el ‘Chente’ Fernández, por allá al medio día, invitó a sus músicos para que mojaran la garganta con unos tragos largos de lo que él bautizó como ‘Corchorrojo’.

Chihuahua se negó al principio, dejó pasar las primeras rondas sin humedecer palabra y fue entonces cuando se empezó a escuchar al mexicano que atizaba el fuego entre “zámpese uno mi cuate que usted me simpatiza por llamarse como se llama un pueblo mío”, Chihuahua “que no don Vicente, que es que no puedo tomar porque me hace daño”, y el charro insistiéndole “pásele no más que es solo unito”, y Chihuahua “que no que eso me embrutece y si me tomo el primero después quién me pare”, y el Chente “que sí cuatecito, que ya se lo tengo servido”, y el otro “que no”. Y así entre ires y venires hasta que se vio derrotada la frágil voluntad del trompetista y sin pensarlo más tiempo se mandó el primero.

El espectáculo empezó con una hora de retraso, y mientras corría entre rancheras, tapatíos y corridos, Chihuahua, unos centímetros apenas a la diestra de Fernández lo atacaba en la brevedad de los descansos con un “zampémonos otro corchorrojo maestro Chente“, y el otro “que si nos echamos ahora mujeres divinas” y Chihuahua que “pos pa’ que te digo que no si sí”. Así hasta el final de la presentación cuando las primeras luces del ruedo taurino se encendieron y la concurrencia ebria abandonó la plaza.

Chihuahua entonces alargó la borrachera a los alrededores de la Pepe Cáceres en cuanta cantina y con cuantos amigos de ocasión encontró en su loca correría, hasta que acabó con el último peso de los quinientos mil que le había pagado el organizador del concierto del hijo del pueblo.

Jesús Enrique Morales continuó bebiendo solo como un demente hasta que lo sorprendió la mañana ebrio y somnoliento a las puertas de la catedral, amarrado a su trompeta compañera y arropándose los crespos con un sucio sombrerón de charro, mientras una señora, de esas de primera misa, masculló entre dientes a su compañera de camándula “ese pobre hombre se parece tanto al famoso trompetista de Vicente Fernández…”.

Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.

Foto ilustración: tomada de Internet.

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