Es nuestro propio ADN de avivatos, el enemigo a vencer en las próximas elecciones

Nota de opinión de Ándrés Leonardo Cabrera Godoy.

Los actuales candidatos a la presidencia de Colombia concuerdan en la lista de los problemas más serios del país entre los que sobresalen: la corrupción, la desigualdad social, la inseguridad, la deficiente educación, entre otras.
Sin embargo, ninguno de ellos ha hecho hincapié en un problema social y psicológico que es la pandemia que azota al país desde hace muchos años y tiene su origen en el narcotráfico.

El daño del narcotráfico al país no solo ha dejado un río de sangre y graves problemas económicos. También inoculó una serie de pensamientos en millones de colombianos sobre la relevancia del dinero y los medios para conseguirlo. Es común que el colombiano promedio mida su éxito en la vida de acuerdo a su crecimiento económico que debe ser acorde con una vida ostentosa: autos, apartamentos, viajes, placeres  y lujos.

Quiero hacer claridad en que el problema no es querer mejorar el estilo de vida, en eso todos tenemos derecho. La patología aparece cuando sale a flote el ADN congénito de avivatos que tenemos los colombianos y que se remasterizó gracias  a la cultura “traqueta” haciendo una apología a la frase de: “el fin justifica los medios” plasmada por, Nicolás Maquiavelo en su libro el Príncipe.

Los colombianos hemos sido fieles testigos a través de los medios de comunicación de la manera tramposa como se han hecho ricos muchos políticos en el país, por nombrar algunos casos: el escándalo de Odebrecht, Reficar, el carrusel de la contratación en Bogotá, los carteles de la salud, el de la Toga, los enriquecimientos por zonas francas, entre otras. Pareciera que para delinquir no existe diferencia entre la ley el hampa. Mientras los grupos al margen de la ley se abastecen del narcotráfico, la extorsión y demás, los que presuntamente juegan a favor del pueblo no son ajenos al delito.

En esa incredulidad que tienen la mayoría de los colombianos frente a sus instituciones se forman dos vertientes: una que representa el hastío y la desesperanza y otra también muy grande que reclama su parte en la tajada: ¿cómo voy yo? No nos rasguemos las vestiduras con la segunda vertiente, puesto que el ADN que mencionaba anteriormente pulula en miles de colombianos y no respeta religión, raza, ideología política, ni nada.

Precisamente, sobre este particular ronda por ahí de manera viral un meme que muestra la diferencia del diccionario colombiano al de otros países con relación al significado de algunas palabras. Esa divertida publicación no está nada lejos de la realidad y en Colombia cualquiera se hace llamar empresario o emprendedor, cuando en realidad todos saben que se dedica a actividades “non sanctas”. (Ver imágenes).

Nos hemos dedicado a aplaudir al avivato, nos sentimos orgullosos de decir que el colombiano no se vara, pero lamentablemente varias de las actividades que se desarrollan carecen de ética y de moral.  Aplaudimos al agiotista, al que promueve la ludopatía, al jíbaro, al estafador, al charlatán (muchos camuflados de coach o pastores), al funcionario corrupto y la prepago (bendecida y afortunada). Desde que maneje una buena camioneta y ponga las fotos de sus viajes al exterior en Instagram, es un ganador y el honesto que lo critique, un perdedor.

La familia como la estructura más importante de la sociedad ha sido permeada con estas prácticas y hasta terminan siendo permisivas con las mismas, criticando la paja en el ojo ajeno pero omitiendo la viga en el propio. La doble moral ha invadido al país y ni la religión se salva, porque hemos hecho un Dios a la medida de nuestros pecados. Condenamos al ateo pero nuestra familia quizás esté llena de fariseos (sepulcros blanqueados, los llamaba Jesús).

La solución a todos estos males sería la educación, tal como los sustenta en su estudio: ¡Basta de Historias! del escritor argentino, Andrés Oppenheimer. Esta ha sido la clave del desarrollo económico y social de países como Finlandia, Singapur, India y Chile en América Latina.

La educación como política de Estado, debería ser la prioridad en una nación enferma alimentada y educada por la televisión mas no por los libros. El problema radica en que son los mismos dueños del país, y dueños de los medios, a los que pareciera no interesarles en absoluto el problema de antivalores y la cloaca en que terminó convertida Colombia.

Hace poco vi la película Silencio en el Paraíso del director Colbert García, la historia narra el vil asesinato a manos del Ejército, de algunos habitantes del barrio Paraíso en Bogotá, por culpa de la política de Seguridad Democrática (falsos positivos) de cierto expresidente sociópata que está convencido que apunta de bala se solucionarán los problemas de Colombia.

Es inverosímil pensar que como nación aplaudimos estas ignominias y premiamos a quienes nos someten, es como un síndrome de Estocolmo en donde terminamos enamorados de nuestros victimarios y hasta los alabamos como mesías.

Si queremos avanzar como nación debemos proyectar el país que queremos dejarle a nuestros hijos. Asimismo, el millonario número de colombianos indignados contra el sistema que maneja este país enfermo, debe tomar el valor de dejar a un lado la pasividad y actuar como sujetos políticos determinantes el próximo 27 de mayo.

Por: Andrés Leonardo Cabrera Godoy, Comunicador Social, esp. Educación Cultura y Política y docente.

Deja un comentario