“Explotó la caldera en Diacemento”

Planta de Cemex en Tolima. Imagen de referencia.

Se cumplen 20 años del peor accidente industrial ocurrido en Ibagué.

Y se saldó con el triste balance de 13 personas fallecidas y cinco lesionadas en la planta de Caracolito de Cementos Diamante, hoy Cemex.

Ocurrió el viernes 30 de mayo de 1997. Durante los días previos los operarios se preparaban para un ejercicio conocido como ‘parada general de la planta’, donde se procedía a realizar un mantenimiento a toda la instalación. Los trabajadores debían soportar turnos de más de 16 horas.

Hacia el mediodía del viernes 30 se notó un atascamiento de material en el ciclón número cuatro, que es un cilindro que baja con forma de embudo hacia la parte inferior. Los cinco ciclones se hallan dentro de una torre, de casi 100 metros de altura donde se calienta el material necesario para la elaboración del cemento: piedra caliza y algunos minerales.

Mientras trataban de solucionar el daño, el ciclón expulsó una parte de esa mezcla, a una temperatura de entre 600 y 700 grados, alcanzando al obrero Edgar Arévalo, quien sufrió quemaduras en los pies y fue evacuado hacia un centro médico.

Pero el material que hirió a Arévalo también había caído en la zona de los motores principales de la planta y la instalación eléctrica amenazando con detener toda la operación de Diamante.

Para contener el daño, se convocó a un grupo de seis operarios y fueron llegando otros trabajadores que interrumpieron su almuerzo para ver en qué podían ayudar. Se juntaron 50 personas. Minutos después, sobrevino el desastre. El ciclón expulsó por la compuerta número tres una cantidad indeterminada de mezcla que cubrió a la mayoría de obreros.

Cuando la nube se disipó, los trabajadores ilesos vieron a cinco de sus compañeros, gritando desesperadamente mientras bajaban por una escalera. El material les había derretido el casco y los uniformes. La piel se les desprendía a jirones y a otros se les notaban músculos y articulaciones en carne viva. Nadie pudo reconocer a sus amigos al quemarse casi en su totalidad las facciones de los rostros de las víctimas.

Aunque nos avisaron que venían los heridos nunca nos imaginamos la magnitud de la tragedia. De un momento a otro llegaron cerca de 15 personas en diferentes carros, algunos venían muertos. Los heridos estaban conscientes y la mayoría se bajaron solos, gritando y pidiendo ayuda por el pasillo de Urgencias. Sus cuerpos estaban rígidos. Su dolor era tan grande que incluso uno de ellos pedía que le diéramos algo para ayudarlo a morir. Lo que hicimos fue tratar de hidratarlos, y quitarles la piel destruida”, le dijo al diario El Tiempo, una enfermera de la clínica del desaparecido Seguro Social a donde fueron trasladados algunos de los afectados.

En Ibagué, la noticia se conocía a cuentagotas. Las emisoras, aunque lanzaron un extra, se quedaban cortas en ofrecer detalles. Los teléfonos móviles aparecieron algunos años antes pero aún eran una novedad que solo podían costearse ciudadanos solventes. En las líneas de emergencia de los radioteléfonos de los Bomberos, la Policía y la Defensa Civil se escuchaba un angustiante mensaje: “explotó una caldera en Diacemento, necesitamos ayuda”.

La periodista Norma Constanza Rodríguez, quien trabajaba en la planta, recuerda lo sucedido: “llegaron ambulancias, la gente corría y el pánico era total. Cerca, en la mina de Payandé, y como no les avisaron a los trabajadores de allá, detonaron unos explosivos para extraer material y cuando sonó eso la gente pensó que algo más grave había ocurrido o que de verdad había estallado la caldera. Hubo gritería e histeria generalizada, peor que lo que había sucedido antes”.

Los centros médicos de Ibagué no fueron suficientes para tratar a los pacientes y algunos necesitaron ser remitidos a otras ciudades. Murieron Luis Ortiz, Luis Alfonso Parra, entre los que pudieron ser identificados. Ortiz, habría de soportar 42 días de ‘suplicio’ en cuidados intensivos en el hospital Simón Bolívar de Bogotá.

De los pocos que sobrevivieron: el técnico electricista José Joaquín Barbery Lozano, quien trabajó en Cemex hasta el año 2003. Había ingresado a la cementera en 1994. Luego laboró en telecomunicaciones y reside en la actualidad en un barrio popular de Ibagué. Wilson Quintero también escapó con vida del incidente.

20 años después, pocos recuerdan o quieren olvidar lo ocurrido en la planta de Caracolito. Las viudas y los huérfanos fueron indemnizados, sobreponiéndose de algún modo al dolor. Las empresas colocan ahora especial atención a la seguridad industrial y a los riesgos inherentes a la actividad minera. Aún se presentan accidentes, hechos aislados que no llegan a la magnitud de la enorme calamidad de antaño. Desde hace cuatro años no se registran percances en la planta de Cemex. Una tragedia que ojalá, nunca vuelva a repetirse.

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