Había una vez en Colombia

Cartel promocional de la película.

Columna de opinión.

Acabo de ver la más reciente película de Tarantino: Había una vez en Hollywood y, como siempre, terminé anonadado con la genialidad de unos de los directores más irreverentes de nuestros tiempos; aunque, no es para menos, Quentin Tarantino nació para hacer historias inmortales y, sobre todo, para demostrarnos que el cine no morirá mientras existan mentes brillantes como la suya con la capacidad de transformar sucesos espantosos y volverlos verdaderas obras de arte.

Por esta razón, cuando terminó la película me puse a pensar en las miles de historias oscuras que han empañado a mi país; historias en donde cuentan cómo desaparecen a las personas, cómo vulneran los derechos de niños, jóvenes y adultos, trabajadores y demás, cómo llenan de sangre distintos escenarios de la nación, cómo violan, asesinan, corrompen o simplemente destruyen sin parar y nada parece cambiar, incluso, son historias que superan, lamentablemente, cualquier escena de violencia en el cine de Tarantino.

Entonces, en ese momento pensé que voy a entregarle las historias de mi país a Tarantino para que las transforme en un universo nuevo. Así es, estoy seguro que el director nos llevaría a conocer una Colombia en donde no siempre ganan los malos; tomaría tantos tiempos violentos como tiene el país y los pondría en su sitio; agregaría todos esos escenarios que hemos olvidado y les daría la importancia que se merecen a través de distintos elementos simbólicos. También, seleccionaría bandas sonoras que nos harían recordar la Colombia que se nos fue. Crearía, además, con sus actores reconocidos, a un grupo de bastardos que se encargaría de derrocar al gobierno corrupto que tenemos. Metería en una cabaña a los ocho más odiados del país, entre ellos a Iván Duque y a su patrón, para que entre ellos paguen por sus fechorías.

Incluso, en este universo de historias a la colombiana podríamos ver a dos amigos evitar la violación de Samboní o de los cientos de niños que día a día mueren en manos de los criminales; eso sin contar que hasta podríamos ver cómo detienen  el asesinato de Dylan, los homicidios de Escobar y su combo, los asesinatos de la guerrilla, la desaparición de los civiles del Palacio de Justicia que sacó el Ejército vivos y que nunca regresaron a sus casas, salvar a cualquiera de los líderes sociales o a todos si es el caso, detener cualquier masacre o a los mismísimos falsos positivos del señor siniestro; incluso, dentro de sus actores recurrentes nos podría sorprender con una protagonista que con espada en mano y entrenamiento en artes marciales, evita la muerte de Garzón o, por qué no, un par de cazarecompensas que se encargan de poner en su sitio a tanto esclavista, a tanto corrupto en socia.

Desde luego, habría algo de sangre, de hecho, habría mucha, mucha sangre, de lo contrario no sería una cinta de Tarantino, pero, en sus manos podríamos ver y decir que:

Había una vez en Colombia un universo más justo en donde todas esas historias espantosamente reales se pueden cambiar con la genialidad del director y así contemplar lo que pudo ser y no fue.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor .

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