No hay cama pa´ tanta gente

Luis Carlos Rojas García.

A propósito del comentario de la periodista Mabel Lara, en cuanto a la situación del periodismo y la recomendación a los jóvenes de no estudiar comunicación social, que despertó por supuesto todo tipo se opiniones y comentarios, y de las reflexiones sobre el periodismo de celular y redes, se me viene a la mente aquellos días cuando entrar a la radio u otro medio era una tarea verdaderamente titánica. No puedo olvidar mis fallidos intentos y las recomendaciones que me hacían como que consiguiera algo más para hacer o que me levantara un trabajo como animador para mejorar la dicción y la improvisación.

Por supuesto, dichas recomendaciones me parecían ofensivas y hasta humillantes porque en mi infantil pensamiento solo había espacio para entrar a la radio, ser periodista o locutor; y no fue sino con el tiempo, cuando había logrado lo que tanto quería, que me di cuenta que las recomendaciones no eran tan malas, sobre todo cuando comprendí que si me quedaba en el medio y no me reinventaba pasaría las situaciones más difíciles, como las que pasaban y pasan muchos colegas.

Comprendí también que ser comunicador dependiente de un medio, implicaba o implica, en muchos casos, venderle el alma al diablo y comunicar solo lo que me ordenen comunicar y lo que es peor, quedarme callado frente a la verdad todo por una pauta o para hacerle la segunda al gobernador de turno y, siendo sincero, cosas como esas no estaba dispuesto a aceptar.

Ahora bien, entré a los medios justo cuando la tecnología estaba llegando e invadiendo cada rincón y exigiendo a los comunicadores, a los docentes y a todo el mundo, a aceptarla quisieran o no. Algunos de mis colegas la cogieron rápido; otros por su parte se quedaron estancados, negándose fehacientemente al cambio hasta que poco a poco fueron desapareciendo y hoy en día nadie los recuerda ya que la radio, como la comunicación social en general, es así de desagradecida.

Decía un sujeto al que le escuché decir muchas estupideces, de hecho, de vez en cuando se las sigo escuchando en las mañanas, que: “El día que dejas de escribir, de presentar el programa de tv o de hablar por un micrófono, ese día la gente te olvida”. Y en medio de su estupidez, tenía razón.

Pues bien, soy de la generación de comunicadores que vio desaparecer a los de vieja guardia y nacer a otra que realmente deja mucho qué pensar. La generación que se fue vive someramente en la memoria de los que aún no perdemos la memoria, y la generación que surgió con la tecnología se convirtió en una suerte de degeneración cuyo lema es: “La ley del menor esfuerzo”; no todos por supuesto, pero si la gran mayoría.

No obstante, este escrito no tiene la menor intención de precisar en lo que ya tanto se ha criticado: los males modernos de la comunicación social. No, sería redundar. Esta reflexión, si así se puede llamar, va ligada al tema laboral, el cual considero es mucho más complicado que un montón de muchachos que tienen dificultades para plantear ideas o que se venden al mejor postor porque eso es lo que les han enseñado en la misma academia.

No es un secreto que la situación laboral para los cientos de chicos y chicas que se gradúan como comunicadores sociales es angustiante, y a las universidades, las de garaje y las de verdad, no es que les preocupe eso de estar atiborrando al mercado de futuros desempleados. Ahora, si le sumamos que muchos chicos escogen esta carrera porque les parece “fácil” el panorama es no es nada alentador. Por supuesto, no desconozco otras carreras en donde el fenómeno es igual, como la docencia, por ejemplo; sin embargo, y aunque la docencia es otra carrera desdibujada en este país, tiene muchas más salidas que la misma comunicación social.

Como sea y sin querer ser pesimista con el futuro de los comunicadores sociales en formación, la verdad es que “no hay cama pa´ tanta gente”, en el caso de las ciudades o regiones pequeñas, las oportunidades son mucho más cerradas. Claro que las grandes ciudades no se quedan atrás ya que no es raro encontrar que los sueldos son espantosamente bajos, incluso, hay sueldo de menos de un mínimo y por si fuese poco, existen las denominadas prácticas en donde los estudiantes escasamente reciben una certificación por las horas mientras los medios los explotan.

Por supuesto, los estudiantes en su afán de figurar permiten que los pongan de mensajeros, lleva tintos, organizadores de archivos, sin dejar de lado cositas varias que nadie se atreve a denunciar y que pasan tanto en la academia como en los mismos medios. Cositas como: “¡Usted me ayuda yo lo ayudo!; ¡Déjese consentir!; ¡Pórtese bien y verá que le va bien!; ¿Usted ya sabe quién soy yo?; La espero en el lugar de siempre; ¿Está segura que quiere el trabajo?; ¿Qué está dispuesto a hacer?; ¡Hay muchos detrás de su puesto!”, entre otros.

Con el paso del tiempo he llegado a pensar que la comunicación social, al igual que la docencia, son dos profesiones que mueven intelectualmente a un país, sin desconocer la importancia de las demás; no obstante, tanto la una como la otra están en decadencia, y aunque escribamos sobre el tema, aunque lancemos la voz de alerta, poco o nada podremos hacer para mejorar el futuro de los cientos de jóvenes que deciden estudiar la carrera en mención; las universidades por su parte, las de garaje y las de verdad, tampoco idearán un plan para mitigar la saturación del mercado de los futuros comunicadores porque lo que realmente les importa es cobrar y titular a un montón de jóvenes llenos de ilusiones que poco a poco se irán perdiendo en un país en donde la comunicación social no es para todo el mundo, aunque pareciera que todo el mundo la quiere estudiar.

Aunque, sin lugar a dudas algunos jóvenes se lograrán enganchar y tendrán que callar si quieren conservar sus puestos, otros buscarán la libertad sin remuneración y los demás, los demás tendrán que decidir si seguir o replantear.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.

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