Un hombre no pide comida en la cuarentena… pide libros para leer

Imagen: suministrada.

Curioso caso que ocurre en Ibagué.

Antes de la cuarentena, Eduardo Mendoza, también conocido como el ‘Mimo’ en las calles, los bares, las bibliotecas y a lo largo y hondo de la Ciudad de la Música, vivía en un cuarto grande que hacía las veces de habitación, estudio y cocina en un promontorio sembrado de flores y matas de plátano, detrás de los talleres de edición del periódico El Nuevo Día.

En su casa-habitación conservaba sus ropas negras que viste a diario, su pequeña colección de sombreros y gorras (cinco en total, para ser exactos), algunos trebejos de cocina que muy poco usa, una hilera de botellas de trago vacías rigurosamente alineados en un rincón del cuarto, y una multitud de libros de los más variados temas y tamaños, en el más perfecto desorden.

El primer toque de queda y el anuncio oficial del confinamiento por la cuarentena, lo sorprendió en el cómodo y elegante apartamento de uno de sus hijos, que por esos días se disponía a pasar una breve temporada en casa de una amiga cercana. Así las cosas, Eduardo quedaba a sus anchas, instalado en el apartamento 905 del edificio Torreón de Belén, ubicado un par de cuadras más arriba de la antigua Cigarra en el Centro de Ibagué.

Ahora de huésped permanente, el Mimo empezó a descubrir con deleite el mobiliario y todas las comodidades que tenía a su entera disposición: Empotrado en la pared de la sala, un gigantesco televisor plasma de setenta pulgadas y su afiliación a Netflix por un semestre adelantado, una dotación de rutina de gimnasio con bicicleta estática, pesas, caminadora eléctrica y un saco de box colgado como una lámpara gigante entre la sala y el comedor; una nevera ejecutiva color naranja, quizá para hacer juego con el color de las paredes del apartamento, con una generosa ración de víveres y lácteos, frutas y verduras y algunos enlatados, de todo un poco, menos bebidas alcohólicas; computadora portátil y una abundante colección de videojuegos.

Aparentemente no le faltaba nada. Pero sí faltaba. Y era nada más y nada menos que libros, los libros que en aquel apartamento brillaban por su ausencia. Y fue entonces, como después del cuarto día del encierro, a Eduardo Mendoza, le llegó de pronto, como una iluminación, la brillante idea.

El quinto día muy temprano, se vistió el Mimo de negro riguroso, como si fuera a asistir al funeral de alguien muy cercano, llevando en sus manos un cartel cuarto de pliego, enrollado y luego desenrrollado, que le entregó al portero del edificio, rogándole el favor para que lo pegara con cinta adhesiva en la vidriera de las puertas de entrada del Torreón de Belén. Palabras más, palabras menos, el Mimo, en lugar de pedir subsidios económicos, auxilios de cuarentena, mercados de alimentos, ayudas de Familias en Acción o devoluciones del IVA, lo que estaba pidiendo con urgencia, prestado o regalado, Eduardo, eran libros.

Los primeros ejemplares en llegar al día siguiente a la portería del Torreón, fueron La cuerda esperaUn rancho en la frontera, novelas de bolsillo en papel periódico envejecido de Marcial Lafuente Estefanía; Bomarzo, quinientas páginas de Manuel Mujica Lainez y una edición de Sudamericana de la Antología de la literatura fantástica, recogida por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, además de una docena de números del 2018 de la revista Semana.

Con el tránsito de los días del exilio, el Mimo sale a tomar café y a pasear un poco por las calles desoladas del barrio Belén, y regresa luego como un niño entusiasmado que espera todos los días un regalo, y recoge los libros que a diario le hacen llegar un puñado de anónimos personajes a la portería del edificio.

Hoy suman más de un centenar los libros que Mendoza atesora en esa biblioteca, que armó con soporte de libros yá leídos, y deseando para sus adentros, como quizá muy pocos lo desean, que esta cuarentena se alargue durante mucho tiempo.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo. Mayo y exilio en casa de 2020.

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