Ibagué tiene sed

Luis Carlos Rojas García

Luis Carlos Rojas García

El calor en la ciudad de Ibagué es a veces insoportable; a esto se suma, la preocupación por los constantes cortes de agua en algunos sectores de la ciudad y las amenazas de multas por desperdiciar agua, claro está que en la ciudad si llueve es malo y si no llueve también. Pues bien, atrás quedaron los tiempos de la Ibagué de clima cálido, más frío que caliente, esos tiempos en donde la gente salía a la calle con sus sacos de paño y hasta con la popular ruana. Épocas maravillosas en donde uno dormía con cobija tres tigres por las noches y hasta con pijama de pantalón largo. Pero como todo en la vida cambia, como cambia el clima, la situación del calor en Ibagué y de hecho en el mundo, es de ponerle atención.

Ahora bien, el calor de la ciudad que hace que emanen fétidos olores de distintos lugares de la misma, que uno mantenga con la camisa pegada al cuerpo y la garganta seca, fue tal vez la razón que me llevó a pensar, en un primer momento, que el maestro de teatro se refería al calor, cuando se dirigió al auditorio con su voz asmática y poco afinada para exclamar: “Ibagué tiene sed”. No obstante, el maestro se refería a la sed de teatro, ya que la semana inmediatamente anterior se llevó a cabo el XIII festival de teatro de la Universidad del Tolima, en donde se presentaron los grupos: El tablón de la Universidad Nacional, el Fuete y un grupo denominado Fusión, si mal no recuerdo, de la Universidad de Ibagué, el Zaguán de Ibagué y por supuesto los artistas de la Universidad del Tolima, de la mano del maestro Javier Vejarano (Director del festival) y de directores como (Luisa Fernanda Niño Molina, Gustavo Alejandro Beltrán, Alejandro Orjuela Rozo y Wilson Hernández).

Sin lugar a dudas, hay que resaltar el talento de los artistas, la dirección de los maestros y el esfuerzo que hacen unos y otros para llevar acabo el festival, desde los amigos del sonido, quienes lo “promocionan” e inclusive la gente de servicios generales que limpian el desorden y recogen los papeles que suelen dejar los asistentes. Sin embargo, y como ya me ha pasado antes, debo decir que asistí con una enorme ilusión de encontrarme con un evento fenomenal, porque después de más de diez años de la creación del festival es lo mínimo que uno espera de un evento que da para muchos más, y cuando escribo mucho más, me refiero a mucho más. Para mi infortunio no fue así y como en años anteriores, me quedó el sin sabor al ver que la presentación del festival pareció improvisada, lo mismo que el cierre y es que, una cosa es que sea algo que organiza la universidad y su maestro de teatro y otra muy distinta es hacer las cosas como a la carrera y por cumplir, sin darle ese toque majestuoso que debería tener el festival. Parece ser entonces que el teatro en esta ciudad sufre el mismo mal que el cine, ya que sus ilustres representantes dejan de lado los detalles y al final la cosa se convierte en una presentación con un sin número de falencias chocarreras.

En medio de las angustias que se podían percibir en el escenario, a mitad de semana en una de las funciones, alcancé a escuchar los comentarios de la gente, que por supuesto sólo comentan, y quienes entre susurros discutían que ese asunto de hacer el festival era un lío porque en la universidad no sólo atan al maestro de teatro, sino a los mismos artistas que vienen a presentarse con asuntos tan incómodos como aquello del cuidado que deben tener de no rayar las tablas del improvisado escenario que apenas tiene espacio para que un actor haga un monólogo de esos en donde no tiene que moverse ni mucho ni zapatear.

Pese a lo anterior, nadie se atreve a protestar ni a exigir entonces un escenario exclusivo para las presentaciones teatrales. Claro que con tanto lío que hay con el asunto de las contrataciones y construcciones de la UT, no me quiero ni imaginar lo que sería el proyecto de construcción de un teatro dentro de la misma. Tal vez por eso las inconformidades sólo se quedan en comentarios vagos antes de comenzar una función.

Por otro lado y como cada año y como en cada festival, maestros y artistas mostraron sus trabajos, y como cada año y como en cada festival, los asistentes mostraron la poca cultura que poseen para enfrentar, admirar, presenciar y poner atención a un evento como estos. Tanto así que uno a la final no sabe a qué va al festival, si a disfrutar o a resistir a la gente que llega tarde a golpear la puerta cerrada como si fuese su casa, a las risas y bromas absurdas, a los susurros y lamentos, a los niños que corren sin saber en dónde están sus padres, a los celulares que suenan en el momento menos esperado y que hacen que hasta los mismos artistas se distraigan, al fastidioso sonido de los alimentos de paquete que se destapan y que luego son triturados por los bocas y los dientes de personajes que no logran diferenciar entre una sala de cine y otra de teatro. Sin contar a los “estudiantes” que entran y salen del lugar cual discoteca y por supuesto a los malos olores que inundan el auditorio que se ha convertido en el caballo de batalla de todos los eventos habidos y por haber, tal vez, por cuestiones del calor.

Definitivamente, todo esto logra desesperar a cualquier espectador que asista con la intención de deleitarse de este evento que escasea como en agua en estas tierras áridas de la incultura. Por tal motivo, cuando escuché decir aquello de la sed de teatro de Ibagué, estuve tentando en refutar las palabras del maestro, ya que a Ibagué y a su gente les urge calmar la sed de cultura en general; la dizque ciudad musical de Colombia está sedienta y no sólo de teatro, sino de miles de escenarios que cambien la mentalidad de esta población que aún orina en las calles como animales, que arroja basura en los andenes, que tiene a un montón de conductores que llevan el diablo adentro, que es cuna de políticos, “comunicadores”, rectores y directores de universidades y otros sujetos que se han tomado a pecho eso de sacar la tajada para ellos y que no proponen otra cosa que el chanchullo descarado. Por supuesto debo referenciar en esta penosa lista a las gloriosas autoridades que se tomaron la ciudad de ruana, pese al calor, junto con los delincuentes, y quienes hacen lo que se les viene en gana.

Ibagué tiene sed, es cierto, sed de cultura en general y la universidad del Tolima, dentro de toda esa sed que mantiene, tiene sed de un escenario para el teatro, tiene sed de un evento que descreste no que desconcierte con una lamentable logística y que le haga sentir a uno pena ajena con los visitantes que deben caminar en puntas de pies para no rayar esas tablas sobre las cuales hemos escuchado desde valientes verdades hasta acomodadas falacias. Es ahí en donde radica el asunto de esta sequía de ignorancia y malos hábitos que siguen royendo a la que pareciera ser la ciudad sin cultura.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor, cineasta.