Ibagué, una ciudad sin rumbo

Ibagué

Reflexión del abogado Iván Ramírez.

Hace 30 años, en una tertulia privada, le escuché decir al exgobernador y exministro Miguel Merino Gordillo que Ibagué era una ciudad sin identidad, una ciudad que a pesar de haber llegado a la mayoría de edad no tenía ciudadanía, una ciudad sin rumbo.

Como presidente de Camacol capítulo Tolima, Merino veía optimista la reforma constitucional por la que se aprobó la elección popular de alcaldes (Acto Legislativo 01 de 1986) y que entró en vigencia en 1988. Creímos que el centralismo político, fiscal y administrativo era el causante de esa pérdida de identidad e inmadurez de muchas capitales de departamento, incluida Ibagué.

Para la época, se discutía si el rumbo estaba en seguir identificándonos como Ciudad Musical, alternando el fomento de la agricultura en especial del cultivo del arroz, o enfocar esfuerzos y recursos hacia el sector industrial como ciudad textil.

Diez alcaldes populares han sido elegidos desde entonces y cada cual trata de imprimir su visión personalísima de ciudad, sin que exista consenso con los gremios y sociedad civil y continuidad de políticas públicas con un enfoque racional y real para construir identidad.

Ibagué, Capital Musical; Ibagué, Ciudad Andina de los Derechos Humanos; Ibagué Turística; Ibagué Emprendedora; Ibagué, Cuna del Folclor, entre otros tantos motes o calificativos solo han servido para el festín de los amigos de los recursos públicos.

En un foro celebrado la semana que hoy termina, uno de los expositores evidenció una vez más nuestra manifiesta debilidad y propuso que podríamos pensar en ser una ciudad de albergue de personas de la tercera edad, aprovechando el clima, la ubicación geográfica y la densidad poblacional.

Buen futuro nos presagia el centralismo bogotano ante la direccionada corrupción o pereza mental del poder político ibaguereño, más interesado en acrecentar la fortuna de familiares y amigos incorporando tierras al suelo urbano para su valorización y futura construcción de casas y apartamentos, generando un plusvalor con actos de gobierno que multiplican hasta por 30 el capital ocioso invertido en la tierra.

Mientras, al de ruana y alpargata se le aumentan las tasas y contribuciones, asfixiando su penosa subsistencia.

Duro y triste reconocerlo, pero lo dicho por Merino Gordillo hace 30 años está más que vigente, y seguimos sin un norte real y próspero para nuestra ciudad y nosotros, sus habitantes.

Seguimos siendo una aldea sin ciudad ni ciudadanos que actúen conscientes de los deberes y los derechos que nos corresponden.

Este artículo fue publicado originalmente en el periódico El Nuevo Día.

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