Ibagué

Luis Carlos Avendaño

Luis Carlos Avendaño

El presente artículo es apenas una aproximación, la cual intenta definir, en algo, una ciudad tan compleja como desconocida para el autor del artículo.

La capital musical de Colombia se proyecta como una de las de más rápido crecimiento en el centro del país, además de haberse convertido en el descansadero de cientos de capitalinos. Como lo dije en algún artículo del 2016, es una ciudad que cuenta con una excelente arborización y el mote de ‘Ibahuecos’, ya no le sienta nada bien a la ciudad donde se escucha más vallenato que cualquier otro género.

A propósito, sobre esto hay un mito (¿chisme?) que reza que hace algunas décadas a unos personajes de emisoras locales les botaron dizque un buen billete para que inocularan en sus pobladores un curioso apego por esta música.

En alguna parte del libro ‘La clase más ruidosa’, de Marco Palacios comparando si no estoy mal al Tolima, y/o a Ibagué con los paisas, se indicaba que estos últimos sentían un orgullo especial, una especie de reverencia por el término “montañero”, pues representaba algo así como el símbolo de la región mientras en nuestra hermosa tierra, dicha palabra tenía connotaciones despectivas, peyorativas.

Con todo el cariño que me merece esta ciudad que me acogió, conceptúo –a lo mejor este alejado de la realidad- que el ibaguereño no es tan amable como el paisa o el opita pero tampoco es tan ogro como el ‘rolotano’. Esto no quiere decir que sea mala gente, pues después de usted hacerse amigos de los nacidos en la musicalia, se dará cuenta que son gente bacana. Muchos turistas de la capital colombiana, dicen sentirse muy felices por la amabilidad de los ibaguereños. Recientemente un capitalino, haciendo fila en un cajero me decía que “muy a pesar de ser cachaco, después de salir de Bogotá, todo el mundo era amable”.

Por supuesto hay situaciones para mejorar en Ibagué y casos curiosos para resaltar. Sobre todo desde el año pasado se puso de moda la agresiva “restregadita”. Ella consiste en que, cuando usted va en su vehículo medio desprevenido, pasa otro man al volante “al soco”, por lo menos a uno o dos centímetros de su cacharro. Muy común por parte de particulares, -varones para más señas- así como en un buen número de miembros de la mancha amarilla.

Para el caso de los señores taxistas a lo mejor dirán que todos los particulares somos parte de los presuntos 400 Uber de la ciudad y le pasan esa cuenta de cobro tan mamoncita y me perdonan el término. Pero también hay cosas buenas por estos lares. Es común en Ibagué, por ejemplo que si otro conductor ve que usted lleva mal cerrada la puerta del vehículo que conduce, o se le olvidó apagar las estacionarias, etc, se desviven por avisárselo, le pitan, le gritan, le hacen señas, y/o le sacan hasta la lengua para avisarle de la novedad.

El ibaguereño promedio, si no estoy mal, todavía cree que la ciudad donde vive es un “pueblo grande”, por el hecho de que suele encontrase con conocidos por todas partes, o por el hecho de que quienes aquí vivimos paramos el bus urbano donde nos plazca, etc, pero lo que no se han dado cuenta los nacidos en la Villa de las Lanzas, es que la evolución en lo concerniente al elevado número de nuevas construcciones, centros comerciales, etc, además de tener mal contados, unos 700 mil habitantes, la hacen, sin lugar a dudas, una urbe respetable en el contexto nacional.

Con al menos tres climas, de los cuales todo turista puede recorrer y disfrutar en un promedio de una hora, con problemas de movilidad entre otros, Ibagué se proyecta como un diamante al que toca darle una identidad propia, o al menos pulirla, y sembrar en cada uno de los habitantes un amor y conocimiento más profundo hacia ella. ¡Ah, ya algunos hablan que la burbuja inmobiliaria estalló en la tierra de Andrés López de Galarza!, y a este personaje, a propósito, no le han podido ser perdonadas sus embarradas y le siguen pintando la cara cada vez que lo bien chusco por los lados de la sede principal del Sena.

En Ibagué hay mucho caracol africano, se escucha hablar que hay mucho bogotano pensionado que al menos ha comprado ‘apartachos’ en la ciudad pues le parecen baratos comparados con los elevados costos de la capital colombiana.

La gente se queja – y también quiere mucho- a su equipo de futbol, al cual algunos llaman Deportes Camargo. También se quejan del servicio al cliente, del trabajo informal –viene creciendo a pasos agigantados desde hace varios años-, de la pérdida paulatina del espacio público, de la contaminación visual, de la carencia de especialistas en ciertas áreas de la medicina (reumatólogos: creo que se cuentan con dos o tres dedos de la mano) y se sienten orgullosos de la poca contaminación de su aire, de la conciencia ambiental que ha venido en aumento, de que todo queda relativamente cerca, de contar con un clima más bien benigno, de la aparición de una gama de portales virtuales de noticias que vienen haciendo denuncias de interés y mantienen bien informada a la ciudadanía, y del hecho de que la administración actual venga trabajando seriamente en aspecto varios relativos al arte, la inclusión y la cultura.

Como lo dije al principio, es esta tan solo una aproximación, un pequeño aporte con el único propósito de buscar el mejoramiento continuo de la capital musical de Colombia, a la cual también urge darle un hermoso y necesario regalo denominado Cultura Ciudadana y supongo que el Concejo Municipal más temprano que tarde lo hará y si lo concibe por la vía del fast track, pues mucho mejor.

Por: Luis Carlos Avendaño López, docente de inglés.

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