La bofetada de Dios

Poemas del escritor Jesús Alberto Sepúlveda.

El filósofo del río

Quizás fue Heráclito
El filosofo
Quien lo dijo:
Nadie se baña dos veces
Ni dos veces bebe
En las aguas de un mismo rio.
Nadie besa tampoco
La humedecida piel
Sobre la misma
La misma boca
Ni devora el cuerpo
De idéntica mujer
Un mismo día

Los labios
Los cuerpos
Y las aguas andariegas
Son el cauce cambiante
De ese rio
En otro rio

 

La espalda de dios

La oscuridad de esas calles invidentes
Fracasadas de luz
Empuja los pasos a la escalera
Que trepa hasta el abismo
Y solo vemos la espalda y la Melena
Sangrienta de dios
Como el gesto de sus ángeles
Escoltas.
Nunca vemos el rictus de su rostro
Pero imaginamos
Que avanza lentamente
Sin vernos
Por la escalera del abismo
Hacia la luz.

 

Dios persigue al hombre

Después de dos botellas de vino
El hombre se encuentra con su sombra
Y escapa de ella en los recovecos
De una calle,
Pero Dios lo persigue
Y le susurra reproches al oído.

¿Dónde podrá ocultarse ese hombre?

 

Esplendor más allá del sueño

Durmió tres noches con sus lunas al amparo
De una axila sudorosa de naranja verdes
Siempre flotando en un pantano de luciérnagas.
Estrujó su labio con su otro labio
Y le clavó sus dientes como si bebiera
El hilo de agua que brota de la piedra primigenia.
Se crispó en la sombra de su sexo
Y empapó su rostro entre las piernas
Encogidas de ella
Que empezaba a emerger como una emanación
De perfumes vagabundos.
Conoció su gracia desbocada y le acalló
La queja con el viento que bebía
En el hueco de su ombligo
En la liturgia del relámpago y el llanto
Invocando la complicidad de dios
De pájaros inquietos
Aturdido en las hogueras de la cuarta luna
Despertó hacia el calor del medio día
Con un tropel de mariposas atrapado
Entre las lenguas.
Y cuando escuchó el golpe de alas de unas gaviotas
Chocar contra la luz de la ventana
Se olvidó de Dios
Se contempló dormido
Y huyó con su fiebre y sus fantasmas
Al descubrir que ese sueño
Ya no le pertenecía.

 

Octubre

Para buscarte
En la perdida dirección de tus pasos
Lavados por la lluvia
Fue necesario seguir los pasos
De tu dios
En su camino de silencios.
Para volver a ti
Sobre las huellas antiguas
Olfateé como un perro
La sombra que a diario te persigue
Para poderte hallar
En la calle desierta de los resucitados
Fue preciso antes
Abandonarte.

 

He soñado una patria de ajedrez

He soñado una patria de ajedrez.

Un rey en cuadro negro coronado
Por tildes trasparentes
Me mira desafiante desde sus ojos de madera
Una dama (¿Eva…?) que danza
Vagabunda en el tablero
En busca de un amante
Entre torres de hielo.
Los caballos de ese sueño
Se fugaron del apocalipsis
Llevan tranzas en la cola
Y aureolas de humo
Sobre las crines agitadas
Mientras lloran y maldicen
Su lento trascurrir de Ele.
Ocho peones blancos
Malheridos y asustados
Y ocho peones negros
Armados de puñales y paraguas
Descubren un espanto amarillo
En cada ojo.
Los alfiles
Diagonal de sangre
En los escaques coagulados entre la podredumbre de un ejército diezmado.
Torres de huesos blancos
Traspasadas por un aire
Enrarecido en sus garitas.
Enroque largo
Espacio reservado para las retiradas
Lances de jaque
Cuchilladas de azogue
Secretas oraciones en blanco y negro.
Capablanca ebrio
Al inicio de la pesadilla
Y la mirada en el tablero derrumbada.
¡MATE!

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