“La carne pulpa o con hueso” como eficaz método para el aprendizaje

Miguel Salavarrieta

Miguel Salavarrieta

La primera sentencia judicial que se produce en Colombia donde un estudiante por matoneo fue condenado a un año de trabajos comunitarios, el profesor que fue “pillado” llenando su álbum del Mundial con las figuras que decomisaba a sus estudiantes y la suspensión de 6 meses a un rector de colegio bogotano que perseguía a un estudiante “mechudo”, son 3 casos que ingenuamente me llevan a preguntarme qué habría pasado, si fuera hoy, con los docentes de mi época (años 60 y 70 del siglo pasado) cuya pedagogía se inspiró en la máxima de que “la letra con sangre entra”, pues sencillamente ni mi madre, ni el resto de sus colegas estarían disfrutando de sus dos “pensioncitas”, sino que habrían sido destituidos y condenados a purgar largas condenas por los crímenes atroces contra millones de jóvenes.

En ese entonces el maestro concentraba todo el poder y ejercía una severa disciplina militar para “formar” ciudadanos de bien. El libre desarrollo de la personalidad, los manuales de convivencia y el Código del Menor no existían en los sueños de los niños, ni mucho menos los concebían los “verdugos” de turno.

Los docentes de hoy piensan muy bien cada acción o cada palabra a expresar en desarrollo de su “apostólica misión” para evitar “enredos” o graves problemas por omisión, acción, exceso o defecto.

No niego para nada las dificultades actuales y extremas de los docentes, pero aquí me quiero es ocupar es de los acontecimientos que a muchos de mi generación nos dejaron “cicatrices en el alma”, bueno y en el cuerpo, causadas por algunos profesores de la escuela hitleriana que regentaban, entonces, escuelas y colegios.

Fui “víctima” del rector de la escuela donde estuve transitoriamente 30 días. Su pedagogía la materializó en una pesada regla de madera que cargaba en su mano para impartir justicia sin juicio previo. Con risa burlona se acercaba al niño “infractor” preguntándole ¿Cómo quiere la carne, pulpa o con hueso? A esas alturas el condenado sabía que no se salvaba del castigo y que si pedía la carne pulpa los golpes los recibiría en la palma de la mano, pero si la prefería con hueso, el fuerte madero azotaría la parte dorsal de la misma extremidad con afectación de las articulaciones y las falanges. Obviamente todos preferíamos la carne pulpa, pues se “digería” mejor el dolor.

De rodillas sobre granos de maíz, innumerables cuclillas, estar de pie durante la clase con la cara pegada a la pared o durante el recreo parado en la mitad del patio a pleno rayo del sol, estrellar la cabeza del alumno contra el tablero, dar vueltas hasta el cansancio, lavar los baños, llenar planas y planas de “no lo vuelvo a hacer” o ridiculizar al niño ante sus compañeritos fueron las herramientas que para formar “ciudadanos de bien” utilizaron algunos pedagogos del siglo XX.

Aunque esto ya era grave, hubo profesores que descargaban su furia a correazos y por donde cayera. Mi hermano Mauricio fue víctima de este castigo y no le valió alegar en su favor que era hijo de la profe Inés. Peor, el azotador encegueció al escuchar ese nombre, ya que esa vieja comunista era de la rosca del supervisor. La “juetera” fue mundial. Le había ido mejor quedándose calladito.

Bueno todo eso era por nuestro bien. Hasta ahí las sanciones físicas eran soportables. Se sobrevivía. Hasta que me tocó que presenciar el más cruel de los castigos, el que marcó por siempre mi vida. Fue al regreso de las vacaciones de mitad de año. La paz de esa tarde fue alterada por los gritos que salían del aula. Todos corrimos a mirar y oh dolor, Sor Virgelina reprendía fuertemente a la más bella del grupo por “atentar contra la moral y las buenas costumbres” al llevar la falda del uniforme “una cuartica y media” arriba de la rodilla. Sólo “una cuartica y media” y ni un milímetro más. -Yo entendí que esa era la medida de la falda- trató de defenderse la joven. -No señorita, es una cuarta y media pero abajo de la rodilla- replicó la monja, procediendo, como en plena inquisición, a soltarle el dobladillo a manotazo limpio. Qué horror. Qué escarnio.

Ese si fue el máximo castigo que recibimos. Cómo nos dolió, pues con esa drástica sanción los afectados éramos todos, porque de ahora en adelante a qué dedicaríamos las horas de clase y el tiempo libre. Adiós sano esparcimiento.

Coletilla.- Mi gratitud a mis maestros del Instituto Tolima Masculino Marina Gallego, Olguita Montoya, Alfonso Franco, Helí Moreno y Jorge Delgadillo Parra (rector) guías de mi infancia.

Por: Miguel Salavarrieta Marín, periodista independiente.