La ciudad con sus perros

Luis Carlos Rojas Garcìa, ‘Kaell García

Luis Carlos Rojas

El sábado de resurrección en la carrera Primera con 29 de la ciudad de Ibagué, un motociclista y su parrillero mujer, chocaron violentamente contra un perro “callejero”. El hombre salió disparado del vehículo y se estrelló contra el pavimento. La mujer que le acompañaba, de manera afortunada, tan sólo rodó un par de metros lejos de la motocicleta sin lesiones de consideración aparente. Los aullidos de lamento del animal y el ruido del choque alertaron a la comunidad del barrio América e Inmediatamente los vecinos del lugar corrieron a auxiliar a la pareja. La mujer fue la primera en levantarse mientras que el hombre, al parecer, perdió el sentido. Pasaron alrededor de quince o veinte minutos antes de que el ruido desgarbado de una sirena irrumpiera en el sitio, la gente les criticó severamente la demora tanto a la Policía como a los de la ambulancia. El tráfico se bloqueó momentáneamente, llegaron los que parecían ser amigos o familiares del accidentado, se llevaron la moto y los paramédicos hicieron lo suyo.

Mientras todo esto sucedía no muy lejos de la multitud, la otra víctima del accidente se revolcaba de dolor en el pastizal. Sus patas traseras llenas de sangre y su vientre abultado daban muestras de que el animal había sido el más perjudicado; sin embargo, para él, no hubo atención médica, ni siquiera primeros auxilios, ni mucho menos una ambulancia que le llevase a urgencias. Acudí entonces a darle un poco de agua, el animal, a lo mejor sin entender lo que le sucedía, poco a poco se iba apagando sobre aquella esquina. Al cabo de un rato un hombre se acercó, le pregunté si era el dueño del animal, me respondió que no, que era una perrita de una vecina que vive en la parte baja del barrio y que la iba a llamar para que la recogiera. Una mujer se acercó y me comentó que en las dos últimas semanas han sido atropellados, en esa misma cuadra, más de seis animales, cuatro de ellos muertos en el acto, los demás lesionados brutalmente por conductores cuyo exceso de velocidad no les ha permitido esquivarlos. De hecho, el conductor accidentado, quien iba más rápido de lo permitido, logró eludir el peligroso reductor de velocidad ubicado en ese lugar, el cual no se ve pero sí se siente, mas le fue imposible no embestir al animal y de ahí las consecuencias.

Ahora bien, pese a las campañas de esterilización que se ven en los barrios por parte de veterinarios de universidades, entidades públicas y hasta privadas, la proliferación de perros y gatos, en Ibagué, sigue en aumento. A diario mueren cualquier cantidad de animales víctimas de los conductores dueños y señores de las vías, pero también nacen camadas enteras, algunas con muy buena suerte y otras no tanto. La falta de cultura en éste aspecto en nuestra ciudad es tan preocupante, que no sólo es cosa de los ciudadanía, el problema va desde la misma administración. Constantemente se escuchan denuncias sobre las malas condiciones en las que viven los animales en el Coso municipal, pero como suele suceder, es mera noticia de relleno porque no se hace mayor esfuerzo por mejorar y mucho menos por investigar qué es lo que sucede en ese lugar.

De otro lado, la camioneta de la Policía dizque de protección animal adornada con imágenes alusivas a la flora y fauna y que se pasea por la ciudad, no es más que eso, un adorno, porque casos como el de la perrita que le cortaron las patas en Bogotá también se ven por estos lados y no hay Policía que valga. Caso específico, el de un perro que le cortaron las patas cerca al cementerio y por más que se avisó a las autoridades “competentes”, nunca aparecieron.

A todo esto se suma los ciudadanos que tienen cualquier cantidad de perros y gatos en sus casas y quienes sin la menor conciencia los sacan durante el día para que deambulen por las calles. Estas personas infortunadamente no entienden que tener una mascota es tener una responsabilidad y mientras no se cambie esa mentalidad absurda de tener a un perro o gato como objeto que se puede arrojar a la calle, seguiremos presenciando la barbarie y repitiendo la estrofa del vallenato aquel que nos dice: “para el animal no hay un Dios que lo bendiga”.

Por: Luis Carlos Rojas García, escritor.