La ciudad que vivimos…. la ciudad que nos vive

Ciudad y literatura

La ciudad ha sido el tema predominante de la literatura, desde su más antiguo origen que se remonta a la “polis” de los griegos. Desde entonces la urbe, como espacio vital de los hombres, ha constituido el leitmotiv de la tragedia humana con su multitud inacabable de dramas expresados desde el palabra, la historia y el desarrollo de los pueblos.

La ciudad, ese paisaje que crece entre las calles grises y asfaltadas, entre las fábricas y las oficinas, se expanden, como un monstruo de cemento devorando al hombre y masificando a ritmo demencial el acontecimiento de todas las cotidianidades.

Entonces surge la voz del escritor en esa permanente búsqueda del personaje anónimo que enriquece las calles con sus ruidos y con sus humos en derredor de una anécdota cualquiera.

Borges la adivinó en “Fervor de Buenos Aires”, donde la Gran Aldea se convierte en poesía a lo largo y ancho de ese contexto urbano donde el hombre impune sus propias leyes, se revela y se despersonaliza hasta convertirse en el ser “común y corriente” de una ciudad que desmesurada crece.

Juan Pablo Castel, el atormentado personaje de “El Túnel”, de Sábato, se debate entre la neurosis, los celos y la locura, recreando la ciudad con todos los conflictos de una sociedad prisionera de sus falsas dignidades; y “El Hombre de la Multitud” de Poe, ese anciano decrepito metido en su ropa harapienta, que transita sin tregua en las noches las calles céntricas de Londres, porque se niega a estar solo.

La ciudad como texto y contexto entre las páginas que presienten las pisadas de una multitud que se desplaza urgente en busca de una luz entre las sombras. Pasadizos, túneles, escaleras interminables, calles y recovecos; parques, esquinas, cinemas donde habita el silencio o la complicidad de los amores culpables, inquilinatos laberínticos para recrear la miseria, hospitales donde se aguarda con paciencia la muerte, bares y prostíbulos tristemente alegres; cuerpos asfixiantes que huelen a sudor de afanes, a perfumes baratos, a humo de tabaco y chimeneas, a alcohol de puteaderos sórdidos y a basuras.

La ciudad de Afanador con su impronta de violencia: “Cuando todos duermen/La ciudad apaga sus luces/para no ver la sangre”. La ciudad infinita de Octavio Paz que entre sueños nos recuerda o nos olvida por igual: “La ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos y deshacemos mientras soñamos, la ciudad que todos soñamos y que cambia sin cesar mientras soñamos, la ciudad que despierta cada cien años y se mira en el espejo de una palabra y no se reconoce y otra vez se echa a dormir”. 

O esa otra ciudad de resplandores nocturnos que asustaba y encantaba al nadaísta Gonzalo Arango, esa que: “… Está llena de terror… pues la ciudad es como un campo de honor donde el hombre se cita con el destino. Allí afirma su amor a este mundo, su fuerza, su poder de dominio, su horror al aniquilamiento”. 

La ciudad eterna como punto de partida y de llegada, como una sombra infinita en los versos de Kavafis: “No hallarás nuevas tierras, no hallaras otros mares / La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles / y en los mismos barrios te harás viejo / y entre las mismas paredes irás encaneciendo / siempre llegarás a esta ciudad”.

La minuciosidad de los detalles que van tejiendo las historias en las ciudades imaginadas de Italo Calvino donde discurren las almas y los ojos de la muchedumbre: “Es el humor de quien la mira el que da a la ciudad la forma… antepechos, cortinas que se agitan, surtidores… tus miradas se enredarán al ras del suelo, en el agua de la calzada, las alcantarillas, las espinas de pescado, los papeles sucios”.

O la nuestra, la Ciudad de la Música, la que se deja distraer por la voz, el grito, o el rumor de la muchedumbre que habita los barrios del sur; la que se pierde en la bocacalles que terminan en un parque abandonado, la que burla los semáforos, la de las calles despedazadas, la de la Concha Acústica entre ecos musicales, la del enmontado “Pan de Azúcar”, la del Boga que infinitamente rema frente al Murillo Toro. La que sufrimos y gozamos.

La ciudad que nadie ha escrito.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.