La civilización del espectáculo

downloadEl más reciente libro de Mario Vargas Llosa es un triste recordatorio de que las expresiones culturales que forjaron nuestra historia reciente, han sido sepultadas por la avalancha de la modernidad.

Paparazis y periodistas recorren los rascacielos de Nueva York, para captar el momento exacto en que algún bróker desesperado se lance al vacío. Es la crisis económica del 2008 en Estados Unidos. Así empieza el libro del Premio Nobel del 2010.

No solo el periodismo se ha banalizado hasta caer en la pose superflua del escándalo, el chisme del día o las nalgas aumentadas de alguna modelo. Es la cultura en general: los turistas van a los museos no por apreciar el arte, ni los desvelos y afugias de Gauguin, Rodan o Miguel Ángel, sino para postear la foto en su Facebook, y decir que estuvieron ahí, al igual que se va a las pirámides de Egipto a la Esfinge.

El periodismo colombiano tampoco se salva de la andanada. Cita Vargas Llosa una de las últimas columnas del escritor argentino Tomás Eloy Martínez, en El País de España, donde se dolía del tratamiento dado por la prensa al drama de Clara Rojas y de Ingrid Betancourt: ríos de tinta corrieron sobre las intimidades de ambas damas, o de la vez en que Clara supuestamente quiso ahogar a su hijo en un río. 

Vargas Llosa, sitúa la progresiva pérdida del valor cultural, a partir de la posguerra, cuando la sociedad comenzó a ser más liberal y a tener más libertades. Con la economía de mercado rigiendo todas las tendencias, pronto el cine, la literatura y el periodismo cayeron bajo su égida. Desaparecieron los críticos, o fueron cooptados por los grandes conglomerados. Esos críticos, eran según el escritor peruano, quienes les decían a las personas, con objetividad y compromiso, la manera como debían instruirse o qué hacer para salir del ostracismo social y cultural.

¿Queda entonces confiar en la educación para que desde las escuelas se retome el interés por la cultura? En La civilización del espectáculo, el autor de novelas geniales como La Guerra del Fin del Mundo, o El paraíso en la otra esquina, nos revela que recientemente, en una región de Extremadura en España, se aprobó un programa escolar para enseñar a los chiquillos a masturbarse. La nueva asignatura académica, lleva por sugestivo nombre “el placer está en tus manos”, y recalca el autor, que si el sexo se vuelve algo mecánico y de mera liberación corporal, pronto esos seres despojados de la magia y el encanto del descubrimiento del placer, volcarán sus necesidades hacia la violencia, las drogas, u otros peligrosos divertimentos. Nos recuerda Vargas Llosa una cita de El marqués de Sade “el sexo sin control, puede destruir a una sociedad”.

¿Refugiarse entonces en la religión? Vargas Llosa analiza el islamismo y sus posturas moderadas o radicales, como la que pretende enviar en burka a las jóvenes estudiantes de colegios franceses, algo que fue prohibido. El catolicismo, menos, que no condenó a Hitler ni al extermino judío y que recientemente parece golpeado por los escándalos de pederastia de curas y obispos. El genio de Arequipa, célebre por haber dado un puñetazo en la cara a García Márquez, cita el caso del sacerdote mexicano Marcial Maciel, fundador de la orden Los Legionarios de Cristo, acusado de múltiples abusos sexuales a niños, “incluso estupraba a su propio hijo”, quien actuó con impunidad por décadas, pues fue amigo personal del papa Juan Pablo II: “parece un personaje sacado de las páginas El marqués de Sade”, resalta Vargas.

Este libro, analiza el auge del internet, las redes sociales y del impacto que ha tenido en los procesos cognitivos y de aprendizaje. Aunque escritores, como el mexicano Jorge Volpi, celebran la democratización del conocimiento en la red, Vargas Llosa, cree que no se pueden equiparar con el proceso individual e íntimo del lector con su libro impreso, y que a la postre nuestros cerebros dejarán de retener datos o procesarlos, porque con un simple clic estarán a mano de los curiosos.   

Una crítica para hacer: Vargas Llosa se duele de la frivolidad de las personas y de su afán de figurar, pero son las mismas masas a las que les firma autógrafos en la ferias del libro donde cuestan millones sus conferencias y entrevistas. Los escritores, buscan la fama, el reconocimiento y que sus libros se vendan a millares. Quizá, la excepción sean J.D. Salinger, quien se recluyó por casi cincuenta años hasta su muerte, sin publicar nada de mayor relevancia que El guardián en el centeno; o Thomas Pynchon, un escritor al que ni sus editores le han visto nunca la cara.

No suelo recomendar muchas cosas, pero recomiendo este libro, pues considero que en el aprendizaje y en la cultura se anda a libre albedrío, y así como ponderamos autores, cineastas o artistas que nos conmueven, también desechamos a los pretenciosos o a quienes posan de intelectuales sin serlo. Y no le estoy haciendo propaganda a ninguna librería.