La culpa es de la perra

paquita

Paquita, una perra a la que un conductor dio muerte en un parqueadero del Centro de Ibagué / Foto: El Nuevo Día.

 Crónica de amores perros en Ibagué, donde a descorazonados ‘ciudadanos’ nos les importa pasar literalmente por encima de las mascotas.

Le llamaban Katy. De pronto por Katherine, Catalina o algo así. Edad indecisa como el sucio color de su pelambre, de padres desconocidos, como la mayoría de las de su clase; piernisuelta, inquieta, pero en todo caso siempre alegre, como si celebrara de seguido la dicha de esa libertad por andar sin collares, sin amo y sin cadenas a lo largo y ancho de su existencia canina.

Callejeaba relajadita por la peatonal de la Tercera, que dicho sea de paso ya no es tan peatonal, entre la once y la plazoleta Darío Echandía, mientras los eléctricos de la alcaldía empezaban a acomodar la iluminación navideña en los postes de enfrente del antiguo edificio del LEY; Entre cuatro y media y cinco de la tarde, visibilidad plena a esa hora, diría algún controlador de vuelo. Como cosa rara no llovía.

A la otra personaje de la historia, le llaman la gerente de la Casita Roja. Ejecutiva bancaria, manejadora de montañas de dinero ajeno. Elegante, ocupadísima, pero eso sí, también piernisuelta, a la hora de meterle el pie al acelerador se su carro.

La desgracia sucedió así:

Katy, la callejera, luego una orinadita a unos pasos de las casetas de los lustrabotas, puesto de revista arriba como quien va para la gobernación, olisqueando, merodeando, como buscando algún hueso, o alguna moneda como lo hacen los niños humildes y los ancianos desocupados entre los sifones desportillados de la Tercera; no alcanzaba a sospechar siquiera lo que se le venía pata arriba.

La doctora, la de la Casita Roja luego de una atareada rutina de créditos, de pagarés, de autorización de sobregiros, de consignaciones y retiros de sus clientes; Banco arriba como quien va no se sabe para dónde, conduciendo su camioneta de alta gama, así como las llaman ahora, tampoco alcanzaba a sospechar siquiera lo que se le venía acelerador arriba de su carro.

El destino quizá tenía previsto que la doctora y Katy se encontraran de golpe. De tremendo golpe. Tan fuerte y desgraciado que el bomper del auto elevó a la piernisuelta Katy por los aires y la estrelló contra los adoquines dejándola al borde de la muerte. La gerente de la Casita Roja, quizás por los nervios alterados o por el despiste ocasionado por alguna carta de crédito que llevaba en la cabeza, o tal vez por el asedio de un policía bachiller que intentó detenerla, dio marcha atrás, y luego, casi simultáneamente aceleró y le pasó esta vez las llantas delanteras del carro sobre el agónico cuerpo de Katy, que ahora sí le dijo hasta nunca a su alegre y relajado universo perruno.

Lo que vino luego fue la catástrofe. Los transeúntes de la Tercera se agolparon en muchedumbre vociferando desafiantes y amenazadores contra la señora de la Casita Roja; de golpe apareció luego de la montonera una mujer reclamando la maternidad de Katy, y la recién llegada madre, entre lloriqueos maldecía a la conductora del carro y gritando que el animalito valía más de un millón de pesos, ensangrentados y sin vida ahora en los desportillados sifones de la peatonal de la Tercera.  Los periodistas de prensa, radio y televisión no se hicieron esperar  para cubrir la chiva (¿o la perra…?), y poco faltó para que llamaran un piquete del Escuadrón Antimotines.

Al día siguiente, la tragedia continuó: reclamos de nuevos dueños de la piernisuelta para que le pagaran a la muerta, y plantón multitudinario de unos muchachos disfrazados de perros, caras pintadas con hocico y bigotes exigiendo con arengas, letreros, pasacalles y bubucelas, justicia para el impune asesinato de la pobre Katy, mientras la gerente de la Casita Roja, pensaba que le habría ido menos mal si hubiera desfalcado el banco  y se hubiera fugado luego para algún paraíso fiscal en Panamá o en las Bahamas, y repitiéndose corazón adentro que la culpa fue de la perra.

Lo único cierto es que el pleito sigue abierto. El litigio lo definirán ahora los tribunales de la Sociedad Protectora de Animales contra la Superintendencia Bancaria.

Por: Jesús Alberto Sepúlveda Grimaldo, escritor, editor.

 

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