La guerra de los mundos en Ibagué

Orson Welles

Orson Welles, en la adaptación radial de La Guerra de los Mundos.

En 1938, Orson Welles sacudió a Estados Unidos con la difusión en la radio del clásico del novelista H.G. Wells, donde se narraba la invasión alienígena a la tierra. Los oyentes, pese a varias advertencias del locutor, dieron por hecho que los marcianos colonizaban el planeta y corrieron a ocultarse, cundiendo el pánico y la histeria colectiva.

Algo de similares características, ocurrió en Ibagué con los disturbios que arrasaron con dos CAI de la Policía el pasado veintinueve de agosto: el Centro de la ciudad fue cerrado y paralizado; el Ejército salió a las calles; las emisoras dieron paso a oyentes que reportaban saqueos, atracos, explosiones y un sinnúmero de eventos no confirmados, que tampoco resultaron ciertos; en las redes sociales y las cadenas de teléfonos móviles la paranoia se propagó a nivel viral en toda la Ciudad Musical.

Al otro día, como siempre ocurre, se desató la cacería de brujas para buscar culpables: la falta de autoridad, la infiltración terrorista en el paro, también se señaló de incendiarios a algunos periodistas y sus espacios radiales. Y la Policía divulgó un cartel de supuestos vándalos, donde con apresuramiento se acusa a jóvenes que aún no han sido vencidos en juicio ni investigados.

Una amiga, escritora y cineasta, se preguntaba con acierto, si la militarización de la ciudad y la expedición de medidas restrictivas, no pusieron en riesgo las garantías civiles y ciudadanas, por rumores, infundios o apresuramiento. “Eso parecía el Chile de Pinochet”, manifestó la realizadora.

Se cuestiona el ejercicio periodístico de ese día y hasta panfletarios que no dan la cara, publicaron un foto montaje contra acusando del terror y la inseguridad al alcalde, al comandante de la Policía y a un comunicador local.

Pero es que en Colombia, no existe la censura previa. No se le puede pedir a un medio que se silencie en medio de una emergencia. Es su deber legal y constitucional, informar sobre lo que ocurre. Otra cosa, es que por ligereza, falta de control o de rigor al verificar, se caiga en exageraciones o yerros, que estoy seguro, ocurrieron de buena fe, y no por dolo o malicia de los comunicadores que transmitieron ese día hasta bien entrada la noche.

¿O queremos volver a las épocas aciagas del periodismo colombiano cuando la propia Ministra de Comunicaciones de la época, Nohemí Sanín, ordenó a Juan Gossaín y a Yamid Amat transmitir un partido de fútbol en vez del angustioso pedido de alto al fuego del presidente de la Corte Suprema de Justicia, que murió en el holocausto del Palacio de Justicia? Yamid Amat cuenta, que en una de sus negativas, la funcionaria lo amenazó con enviar al Ejército para que cumpliera su orden.

¿No fue por la radio, cuando ni en la cabeza de nadie estaban el internet o las redes sociales, que nos enteramos que Armero había desaparecido, oyendo al aire la voz y el llanto del piloto de fumigación que lo contaba en directo?

A Darío Arizmendi no lo censuraron cuando pasó en directo a la concejal de Bogotá Aída Abella, siendo atacada con rockets por paramilitares, en una calle capitalina. No. Le otorgaron el premio de periodismo Rey de España. La dirigente de la Unión Patriótica, salvó su vida gracias a la entrevista, pues llegaron refuerzos policiales, y hoy vive asilada en el extranjero.

No podemos crucificar al periodista por el hecho de informar. Debemos sí, pedirle, con respeto y mesura, responsabilidad en los contenidos divulgados. Sería como revivir épocas siniestras de la humanidad donde al mensajero de malas noticias se le ahorcaba sin consideración. Eso es el periodista, un mensajero de la información que a veces acierta, pero que también se equivoca, como cualquier ser humano, sujeto al azar de veleidades, oropeles y amistades peligrosas.

Considero que también, los medios deben ejercer permanentemente la autocrítica y ponderar si las informaciones que brindan, a veces en tono grandilocuente, o bordeando el sensacionalismo y el amarillismo, son las que realmente merecen los habitantes de la región tolimense. Nadie es dueño de la verdad.

Orson Welles, pudo reponerse del escándalo, pidió perdón y con el tiempo,  construyó una de las películas más fascinantes de todos los tiempos: Citizen Kane. Años después, de esta ‘proeza’, una emisora que quiso igualar la parodia del realizador, Radio Quito, fue incendiada junto al periódico El Comercio de Ecuador, cuando los enardecidos y engañados oyentes se tornaron en una turba asesina porque la invasión marciana se escenificó en las islas Galápagos: murieron cinco personas y varios edificios fueron incinerados, pero el ejemplo de irresponsabilidad, sumado a la intolerancia, permanece indeleble para la historia.

Por: Alexander Correa C., codirector www.alaluzpublica.com, Contador Público, autor.