La ‘prohibición’ de Jaramillo

La Prohibición y Jaramillo

La Prohibición y Jaramillo

“Nos cuesta nuestra libertad… nuestra libertad de beber”.

¿Acaso el alcalde busca efectos similares a la ley que prohibía beber alcohol en Estados Unidos?

Durante poco más de 12 años, los estadounidenses debieron de soportar la ley seca o de veda del alcohol por cuenta de grupos religiosos que presionaron al legislativo para que prohibiera el consumo y comercialización de la bebida.

Casi un siglo después, el alcalde Jaramillo aparece en Ibagué con un discurso anti alcohol vetando su uso en la Feria Agropecuaria a la que catalogó como “un revuelto de putas y borrachos”. Tampoco habrá licor en la cabalgata y en todos los eventos de las fiestas habrá controles al ‘chupe’.

Días más tarde, se supo de la molestia de empresarios del espectáculo, quienes no pudieron contar con el estadio Murillo Toro para la realización de conciertos porque también se prohibía allí la comercialización de licores.

Sobre este último punto debería reflexionarse sobre la difícil situación de desempleo que soporta la ciudad, cercana al 17 %; y que al carecer Ibagué de industrias o fábricas de gran envergadura, eventos como esos se necesitan en un momento dado para dinamizar la economía local.

El alcalde Jaramillo tiene todo el derecho a expresarse en contra de la bebida si esta le causó malas experiencias en su juventud: “hace 40 años que no me tomo un trago”, dijo el hoy mandatario en una entrevista con este medio cuando hacía campaña en el año 2015.

Por esos mismos días, Jaramillo causó revuelo cuando entre estudiantes de bachillerato soltó la frase de “nadie los puede satanizar por fumarse un porro”, cuando los perjuicios del consumo y abuso de sustancias son tanto o peores que los del abuso de la bebida.

A lo que no tiene derecho Jaramillo es a generalizar su inquina con el licor a toda la población ibaguereña o pretender imponer su punto de vista subjetivo sobre el mismo tema; o porque sostiene desde hace años una enemistad declarada con el empresario Henry Escobar, distribuidor de licores en la región y quiere con pronunciamientos de esa índole desestimular el consumo de aguardiente y que su rival cierre con cifras negativas los balances en sus empresas.

Guillermo Alfonso Jaramillo, en su largo recorrido por puestos y burocracia, fue elegido gobernador del Tolima en el periodo 2001 – 2003. De esa época no recordamos ningún pronunciamiento contra el alcohol, ¿quizá porque para ese entonces los Escobar eran sus amigos, financiadores y prestamistas (o víctimas) de su hermano?

Además, cualquier lego en administración pública sabe que los impuestos al consumo de cigarrillo y a las bebidas, cobrados por los departamentos contribuyen a la subvención de carteras tan urgentes como la educación y la salud. Estimaciones recientes calculan en un 8.9 % de sus rentas lo que los departamentos recaudan al año en concepto de impuestos a licores. De haber salido Jaramillo en sus años de gobernador a tronar contra el alcohol seguramente habría creado un pánico económico pues qué firma distribuidora hubiese querido invertir en el Tolima con un clima adverso en su contra.

Quizá esta versión del Jaramillo anti licor busca posesionarse en la opinión como una especie de Eliot Ness, aquel cruzado de la vida real y del cine que perseguía gánsteres y contrabandistas en ‘Los Intocables’, la cinta de los años 90 dirigida por Brian de Palma, inspirada en los hechos reales de la Prohibición en la ciudad de Chicago. Quizá en la mente de Jaramillo él sí personifica a Ness y el Capone que debe perseguir sea Henry Escobar, guardadas las proporciones.

¿Cuál es mi punto? No hago lobby por la bebida, ni cabildeo por el aumento del consumo. Estoy a favor de endurecer los tributos a la bebida, de la aplicación de leyes que desestimulen su uso en conductores; pero también estoy a favor de una sociedad plural, donde todas las opiniones y vertientes tengan cabida, incluso las críticas y contrarias, y donde al que quiera tomarse un trago lo haga sin importar si se está a favor o en contra de la ola política del momento.

Jaramillo

Diseños: A la luz Pública

Filósofos tan antiguos como Santo Tomás, desde hace siglos hablaron del libre albedrío y la autodeterminación del individuo. En saber qué está bien y qué no lo está, y en que podemos conducirnos según nos parezca, sin ir a afectar las libertades del resto de conciudadanos.

No soy un dipsómano que amanece en bares y cantinas, pero que sí disfruta de la tertulia al calor de unos buenos vinos. Se me parte el alma cuando me invitan a una simple fiesta de cumpleaños de un niño, y debo ver a un padre de familia ‘bajar’ el ponqué con agua o gaseosa, por temor a que al regresar conduciendo a la casa la Policía detecte el vinito barato que suelen dar para acompañar la torta.

Personalmente, aplico una palabra que aprendí leyendo las novelas de Henry Miller, donde un personaje hablaba de cómo había derrotado al alcoholismo: moderación. Si se tiene sed, con tres o cuatro cervezas basta para aplacarla y no con toda una noche de juerga. Un traguito de whisky espaciado en las noches en vez de la botella entera de un atracón.

Imagínense una cita romántica sin vino, ni champaña. O si no hubiese licor para celebrar el triunfo de su equipo del alma, o el matrimonio de un amigo. Qué sería del capuchino sin un chorrito de brandy, o de algunas carnes y pastas sazonadas con licores. Hasta el mismo Jesús hubo de tornar el agua en vino, cuando la bebida escaseó en las bodas de Caná, según las escrituras y en perjuicio de la postura conservadora de los grupos religiosos de ahora.

Un capítulo de antaño de ‘Los Simpson’ recrea la ley seca en Springfield y cómo sus habitantes se las ingenian para beber y conseguir alcohol hasta que se dan cuenta que la ley atenta contra su misma libertad, “la libertad de beber”, al punto que dan marcha atrás a la prohibición.

No sé si en Ibagué estemos cerca o lejos del experimento real de los años treinta del siglo pasado; o del ficcional de las caricaturas.

Por ahora les diría: tomémonos un traguito… mientras se pueda.

*Alexander Correa es el director de A la luz Pública.

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