La Siempreviva: a propósito de un debate a la prensa tolimense

Doña Blanca, 25 años despues da el primer mazazo al edificio donde funcionó la Estación de Policía donde violaron y mataron a su nieta de nueve años (http://static.iris.net.co/semana/upload/images//2018/9/22/584157_1.jpg)

Esta semana termina con dos hechos que en principio parecieran inconexos.

De un lado, el señor Jaramillo Martínez, con acertada razón y crasos hechos, planteó un debate abierto a la prensa tolimense (periodistas, locutores y empresarios, e infiltrados políticos que posan como los anteriores), el cual en vez de aceptarse tal convocatoria entre Estado y Cuarto Poder, devino en lo de siempre: dopar a la galería, satanizar al convocante y de paso victimizar a un otrora diario independiente (el de Hernando Salazar o el de Antonio Melo), no para el “respaldo” a este, sino en la búsqueda mediática por remasterizadas alcaldías tipo Luis H, Jorge Tulio, Rubén Darío o Chucho Botero, éstas si amigables con aquél tipo de prensa que el debate iría a desnudar para bien de nosotros los lectores, oyentes, televidentes o internautas.

De otro lado, el pasado miércoles 19 se cumplió la convocatoria entre prensa, universidad y sociedad civil, con el simbólico primer mazazo para derrumbar la antigua Estación Tercera de Policía del barrio Germania en inmediaciones de la Universidad de los Andes en Bogotá, donde el domingo 28 de febrero de 1993 en su tercer piso fue violada y estrangulada la niña de nueve años Sandra Catalina Vásquez Guzmán por un policía activo, Diego Fernando Valencia Blandón, ante la presencia no testimonial, luego se supo, de 350 de sus compañeros de entonces que pertenecían a tal Estación. (Demolerán estación de policía donde fue violada y asesinada la Siempreviva en 1993, contagioradio.com, sept 19/2018).

Por lo anterior, tanto en uno como en otro, el papel de la prensa fue protagónico, por decir lo menos.

En el debate ibaguereño no aceptado, se cumple el viejo adagio del “que calla otorga”, pues el señor Jaramillo Martínez, con todo y sus investigaciones judiciales, da en el punto cuando les invita a explicarle públicamente a la ciudadanía su papel silente (con muy pocas excepciones) cuando entre españoles y abogados tolimenses se robaban a la ciudad y de paso destruían sus espacios deportivos.

Esta es una deuda ética que la prensa regional, con sus infiltrados, tienen para con la sociedad civil tolimense y de la cual ninguna argucia mediática o fake news como aquella bajeza del supuesto cierre de un diario por un alcalde en ejercicio, les podrá librar. (“En ningún momento he amenazado con censura al El Nuevo Día”: Jaramillo, elcronista.co, sept 21/2018)

El permanente mea culpa de directores, empresarios, locutores, periodistas o simples carga ladrillos o carga teclados tolimenses, es necesario y debe ser recurrente tema académico en las aulas de las facultades locales de periodismo y comunicación social, pues de lo contario seria el regreso a aquellas épocas donde, por ejemplo, toda una institucionalidad nunca testimonio una violación e infanticidio en su propio seno. (No se sabe quién mató a Catalina Vásquez, eltiempo.com, marzo 2/1993)

El papel de la prensa tolimense o nacional, no es apostar al enemigo del gobernante de turno a cambio de una lisonja, o de lo que sería peor: de un silencio cómplice, como lo dan a entender al no participar del debate público planteado por el señor Jaramillo Martínez.

Sus pares periodistas de 1993, a pesar de estar arrinconados con el terrorismo paramilitar y de Estado auspiciado por los carteles de la droga desde 1985, o de denunciar internacionalmente el extermino de todo un partido político de izquierda por estos mismos, enfrentaron con prensa, TV y radio el esclarecimiento del crimen de lesa humanidad en la niña de la Siempreviva, denominada así por el jardín sembrado en su honor y en su memoria para recordarnos que el poder de las instituciones (políticas, ejecutivas, legislativas, judiciales, militares o policiales) tiene un límite. (La memoria de Sandra Catalina vive en el jardín de la Siempreviva, contagioradio.com, febrero 26/2016)

En 1995 Enrique Santos Calderón en su columna Contraescape, increpaba así a la Policía Nacional por su impunidad de dos años: “… ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué falla? ¿Es falta de recursos y técnicas para investigar? ¿Es falta de voluntad o franca ineficiencia? ¿Es indiferencia, cinismo, corrupción? ¿Se trata de un caso imposible de resolver por razones objetivas? Si es así, ¿cuáles son? Que por lo menos se le explique a la opinión por qué la muerte de esta niña sigue impune. Que alguien diga algo. Tanto silencio es sospechoso...” (El crimen en la Estación III, eltiempo.com, octubre 15/1995).

Meses después ante la presión social y con ayuda del FBI se halló culpable al confeso policía Valencia Blandón, se exculpó al detenido padre de la niña, el también policía Pedro Gustavo Vásquez a quien desde un principio el entonces comandante de la Policía de Bogotá Oscar Peláez Carmona (hoy acusado por el crimen de Luis Carlos Galán), trató de inculpar.

Del asesino y violador de niños, expolicía Diego Fernando Valencia Blandón, hoy nada se sabe de su paradero, pues de 45 años a que fue condenado, solo cumplió 10 y en 2006 le fue dada su libertad por un Juez de la República.

Esa es una deuda de la prensa nacional, para con la sociedad civil.

Del robo a la ciudad y la destrucción de sus espacios deportivos por españoles y políticos abogados tolimenses, hoy mucho se sabe gracias a los abogados del equipo jurídico de la alcaldía del señor Jaramillo Martínez.

La deuda de la prensa regional fue y será el no haber informado a tiempo antes que el robo y la destrucción sucedieran.

Y si su silencio fue cómplice, la deuda con la sociedad civil será eterna, como eterno será el jardín de la Siempreviva para recordarnos hasta que nivel de barbarie puede llegarse con una institucionalidad ciega y una prensa silente.

Por: Luis Orlando Ávila Hernández, Ingeniero agrónomo, propietario de la ex Tienda Cultural La Guacharaca.

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