La ventana

Salcedo_Ramos

Le digo a mi acompañante que me impresiona ver cómo cierto poeta elogia ahora a Álvaro Mutis, cuando llevaba años descalificándolo.

– Bueno, Mutis acaba de morir.

Mi interlocutor es novelista y profesor de literatura. Le pregunto por qué en el gremio a algunos les ofende el talento ajeno.

– No creo que sea el talento: más bien es el éxito.

– Según tu teoría, a Vargas Llosa se le perdona que escriba “Conversación en la catedral“, pero no que sea famoso ni que se gane el Premio Nobel.

– Así es. Cuando un escritor alcanza el éxito, nunca faltan motivos para lincharlo: por participar en política, por no participar, por ser frívolo, por ser denso, por conceder entrevistas, por no concederlas. Si interviene en foros es pantallero, y si no interviene, es estirado.

– Por eso Rojas Herazo decía que hay que hacerse perdonar el éxito. La pregunta es cómo.

– Muriéndose, como acaba de hacer Mutis. Cuando el escritor muere, sus malquerientes no solo le perdonan el éxito: también le prodigan algunos aplausos.

– ¿Lo aplauden por la obra que deja o porque ya no podrá seguir siendo exitoso?

Mi interlocutor sonríe con malicia.

– La obra es lo de menos.

Hace algún tiempo –le digo– desayunaba en Quito con la poetisa mexicana María Baranda. Hablábamos de su compatriota Juan Rulfo, un escritor que, extrañamente, fue exaltado en vida por sus propios colegas. La hipótesis de ella es que los escritores no vitorean a Rulfo por la obra monumental que publicó sino por la que dejó de publicar. Si hubiera seguido escribiendo novelas como “Pedro Páramo” y cuentos como “Luvina“, todo el mundo lo habría odiado. Aplaudirlo venía a ser, entonces, como darle las gracias por quedarse callado.

– Estoy de acuerdo –contesta mi amigo escritor–. Callarse es como morir, y por
eso sirve también para ganar indulgencia.

– Ahora, ¿no te parece que este tema, después de todo, es extraliterario? Lo único que debería importar es la obra.

– La obra es lo de menos, insisto. Eso solo cambia cuando el escritor muere, porque entonces la obra se libera de la aversión que despierta su autor. Muerto el poeta, ya nadie siente antipatía por sus versos.

En este punto cito un cuento que leí hace años: dos enfermos compartían habitación en un hospital. El que estaba al lado de la ventana hablaba en voz alta de las bellezas que veía afuera: un sol espléndido, un lago cristalino, unas flores primorosas. Entonces el paciente que se encontraba contra la pared, al otro lado del cuarto, se llenó de envidia y lo asesinó para quedarse él frente a la ventana. En ese momento descubrió que las maravillas que describía su compañero no existían. Tal vez se las había inventado para consolarlo.

– O para fastidiarlo.

Digo que muchos escritores que se encuentran contra la pared sobreestiman la ventana, y quieren matar en nombre de una luz que tal vez no exista. Y lo peor: la envidia les hace estar más enfermos.

Por: Alberto Salcedo, cronista, escritor.

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