Lanzan biografía de ‘El Socio’

Carátula final_PortadaEl narcotraficante huilense que sedujo al Tolima, es objeto de una rigurosa investigación periodística.

Alexander Correa Carvajal, escribió durante casi dos años el libro Eduardo Restrepo Victoria: la historia no contada de ‘El Socio’, donde retrata esas otras vivencias del confeso narcotraficante, que anduvo por Ibagué codeándose con la alta sociedad, políticos, empresarios, y todo aquel que tuvo a bien abrirle las puertas o recibirle dinero.

La publicación, recoge en buena medida, historias nunca antes conocidas de Restrepo, sus amigos, asociados y parientes; al igual que da a conocer el momento exacto de la metamorfosis que tuvo Restrepo Victoria, quien pasó de ser un vaciado cualquiera a amasar fortuna y bienes sin cuento, gracias a su paso por el negocio de las drogas ilícitas.

Es darle la vuelta a lo que ya hay. A través de la investigación, de la confrontación de fuentes y documentos, me impuse el reto de revelar lo que no se ha dicho sobre Eduardo Restrepo, porque si buscas en Google, veinte, cincuenta, cien páginas dicen lo mismo, a veces repitiendo los errores o imprecisiones de otros. El libro es 95% inédito”, refiere Correa Carvajal en diálogo con A la luz Pública.

El autor, es contador público de profesión, con especialización en gestión de finanzas. Desde hace quince años ejerce el periodismo en Ibagué, en medios tan disimiles como la radio y la prensa escrita, en las áreas judiciales, investigativas, y de orden público; y en los últimos años, en el ambiente web. Es cofundador de A la luz Pública. Sus trabajos han sido publicados y reseñados en medios como El País, de Cali; el diario El Nuevo Día, revista Cofradía, El Cronista, de Ibagué; El Tiempo, Portafolio, de Bogotá; Discovery Channel; entre otros.

Alexander Correa ha publicado los libros Joaquín Aldana, ¿culpable o inocente? (dos ediciones); Es la hora de nuestra muerte, amén: historias del crimen organizado; y Algunas sombras: radiografía del periodismo, todos agotados y en proyecto de reeditarse.

El libro trae historias sobre personajes conocidos de Ibagué, revela qué ocurrió con bienes tan preciados para Eduardo Restrepo como sus caballos de paso fino. Viene también una galería de imágenes inéditas”, reveló el autor.

La publicación, se lanza este viernes 28 de febrero, a las seis de la tarde, en el auditorio de la Universidad Unad de Ibagué.

En exclusiva, para los lectores de A la luz Pública, les traemos el primer capítulo de Eduardo Restrepo Victoria: la historia no contada de ‘El Socio’.

Las monjas se quedaron sin capilla 

En junio de 1998, el Colegio Eucarístico de Ibagué, como muchos otros en esta meseta irrepetible, realizaba su Reinado del Folclor, o folclorito en miniatura, vistiendo a sus estudiantes con trajes típicos tolimenses, haciéndolas bailar el Sanjuanero, al igual que desfilar por las calles, y eligiendo de entre ellas, a la reina que los representaría de buena manera. En este año, el certamen es alegórico a las regiones de Colombia, y cada curso representa a un departamento del país.

El aire hervía de nerviosa actividad, con preparativos, aprestos, y monjas que con sus hábitos revolotean de un lado a otro para tener todo limpio y presentable en su antigua sede de la calle Octava con carrera Tercera, donde hoy se alza el edificio de oficinas y parqueaderos de El Escorial, en Ibagué.

El curso de Tercero de Primaria, escogió a una chiquitina de cabello castaño, a fin de que compitiera en el concurso a nombre del departamento de Antioquia. La niña, había empezado a estudiar en el Eucarístico, cuatro años atrás, desde el grado de Transición, destacándose siempre en las actividades lúdicas, danzas y música, aunque con menos aplicación en otras asignaturas.

La comparsa que desfiló con la candidata, era encabezada por un tractor, adornado con paja y heno, que llevaba a la reina repartiendo besos y saludos. Dicho tractor, fue traído por el padre de la joven de una de sus haciendas, según confidencia hecha por este a otros padres de familia, en medio de la conversación.

Algunos ya repararan en la disimulada opulencia de esta prole: se desplazan en camionetas de alta gama (una Toyota burbuja blanca casi siempre), las niñas arriban escoltadas al colegio, y al señor siempre lo cuidan dos de sus leales con armas no tan ocultas. Entre ellos, destaca, espigado y corpulento, ‘El Pecoso’, quien al igual que el patrón, tiene a su hija Natalia, estudiando en el mismo colegio.

Otros sospecharán el día en que sus hijas llegaron a la casa, diciendo que una de sus compañeras había contado en el salón que “al papá lo habían cogido en México forrado de droga”. ¿Demasiada imaginación infantil o es la impertinencia del niño que se asoma a escuchar las conversaciones de los adultos? Nada que varias sesiones de terapia con el sicólogo no puedan solucionar, porque los menores son siempre dados a inventar ‘cuentos’ y ‘fabulaciones’.

Para atraer la atención de la concurrencia, el padre de la candidata rifó una novilla, sacada también de sus establos. Corrió a raudales el licor, y la comida es servida a porciones generosas. Hablando de vituallas, alumnas y acudientes recuerdan que la hija mayor de esta singular familia, alimentaba a cucharadas a su hermana, con el almuerzo que todos los días los escoltas les llevaban. Algunos, encuentran enternecedor el cuadro, y recuerdan la rebeldía de la menor ante la sopa y otras viandas.

Unos pocos, rememoran con sospecha la fiesta de cumpleaños a la que se les invitó días después, con ocasión del cumpleaños de la reina, en una finca, hasta entonces desconocida del Alto de Gualanday. Comida y bebida en abundancia, orquestas del orden nacional, magos argentinos y payasos, hacían parte de la diversión infantil. El anfitrión no reparó en gastos, como las sorpresas que regala a los niños: cadenas de oro de veinticuatro quilates; o la liposucción que hace ver el cuerpo de su mujer, atlético y juvenil.

En medio de la ceremonia de elección y coronación, Olguita, la profesora de Tercero, cruza corriendo como una liebre el patio del colegio, y comienza a secretearse con una de las monjas, que se ocupa la rectoría de la institución. El tono de la conversación, que gana potencia en decibeles, se hace audible para un testigo cercano: “hermana, que don Eduardo, el papá de Juliana, manda a decir, que sí la niña gana, construye la capilla del colegio”.

La negativa de la religiosa, acompañada de un rictus de contrariedad, aunque sentencia la suerte de la reina, conserva la dignidad intacta para esta orden de las Hermanas Mercedarias del Santísimo Sacramento, que por años se ha asentado en la capital tolimense. No será la única vez en que deban rechazar los ofrecimientos de dinero, obras y ayudas del próspero señor Restrepo. Otros sí le pondrán precio a sus conciencias y acabarán negociando el alma con el diablo, despreciando a aquellos que rechazaron una oportunidad que solo viene una vez en la vida.

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