Lanzan libro que recuerda al dueto ‘Los Tolimenses’

Los Tolimenses

Los Tolimenses

La autora, Patricia Ércole, hija de uno de los integrantes del grupo.

–“Primera vez que vengo a los Estados Unidos en el avión ese que llaman el jumbo”, dice Emeterio, el inolvidable integrante del dueto cómico musical Los Tolimenses, ante una concurrencia cercana a las 30.000 personas en el Madison Square Garden, de Nueva York.

–“¿Y cómo le pareció la montada en el jumbo?”, le pregunta su compadre Felipe, que para esa época, 1989, ya llevaba 38 años a su lado, presentándose en radio, televisión y en vivo por todo el mundo.

–“Pues como dice la propaganda, que el jumbo es como la mujer de uno”, responde Emeterio, con su marcado acento tolimense. Y en seguida, explica: “Se sube uno y no siente nada. Es más amplio adentro. No se mueve. Cuesta lo mismo y se viene uno rapidiiiito”.

Cuentos de ese calibre, adobados con los mejores bambucos, pasillos y otros aires de la música colombiana, convirtieron a Los Tolimenses en pilares de la tradición popular del país, una estampilla mental para quienes se acercan al medio siglo de vida.

Sin embargo, para los colombianos de menos de 25 años, Los Tolimenses bien pueden ser solo un gentilicio y difícilmente entenderían que en la radio reguetoneada de hoy sonaran todas las mañanas un tiple, una guitarra y dos voces entonando ‘El sanjuanero’: “En mi tierra todo es gloria, cuando se canta el joropo…”.

Pues para su sorpresa, eso era lo que se escuchaba a diario en Emisoras Nuevo Mundo (hoy Caracol Básica), antes de que los noticieros kilométricos se apoderaran de las mañanas. Y para que no se desvanezca ese recuerdo, la actriz Patricia Ércole, hija del fallecido compadre Felipe, acaba de lanzar un libro titulado ‘Mis padres & Los Tolimenses’, en el que el dueto se vuelve un trío, al narrar las historias de Emeterio (que en la cédula era denominado Jorge Ramírez), Felipe (Lizardo Díaz) y la esposa de este último, la también actriz Raquel Ércole.

El texto, salpicado de anécdotas y fotos entrañables, revela que desde el comienzo se trató de un trío, pero en él no estaba Emeterio. Cuando Lizardo Díaz estudiaba ingeniería en la Universidad de Medellín conformó un grupo musical llamado Los Estudiantes, junto al tiplista Rufino Duque y el guitarrista Lucho Blanco. Sin embargo, luego integró a un antiguo compañero del conservatorio Alberto Castilla, de Ibagué: Jorge Ramírez, con quien luego hizo historia.

Es extraño que en esa época, a mediados del siglo pasado, el más fiestero era el compadre Felipe (Lizardo), quien en el escenario posaba como el hombre serio, mientras que Emeterio (Jorge), que en las presentaciones descollaba por contar historias mordaces, era el más tímido y reposado.

Una paradoja que describe en el prólogo del libro Daniel Samper Pizano: “El parrandero era Lizardo Díaz y el zanahorio era Jorge Ramírez. Luego fue al revés, hasta el punto de que la pareja artística terminó separándose tras 42 años juntos por culpa del alcoholismo de Emeterio. Un amor frustrado impulsó a Ramírez a una vida solitaria empapada en aguardiente”.

En la década de los años 50, los aspirantes a ingenieros desistieron del estudio y la música terminó por imponerse. Cuenta el libro que Díaz nunca se graduó, según él, porque solo le había faltado una materia: la materia gris. En 1951, ya sin Duque y sin Blanco, los jóvenes Díaz y Ramírez crearon el dueto musical que comenzó a pasearse por todas las emisoras radiales interpretando la música colombiana en vivo.

Y por cantar en vivo, se produjo un giro providencial que terminó decidiendo su futuro: “En una de esas presentaciones –relata Ércole–, mi padre olvidó la letra de la canción y Jorge, para tapar el colapso, arrancó a echar chistes, lo que le fascinó a todo el público, de manera que gracias a ese error, de ahí en adelante, el humor se volvió ingrediente esencial en la vida de Los Tolimenses”.

Sin embargo, aún no tenían nombre artístico individual, solo eran los integrantes de un dueto, y su bautizo formal llegó en una noche histórica. El 13 de junio de 1954, el día que se inauguró la televisión en Colombia, el primer programa de entretenimiento los tuvo como invitados. El conductor era Álvaro Monroy Guzmán, figura pionera de la radio y la televisión colombiana. “Justo antes de salir al aire, Monroy les sugirió cambiarse sus nombres de pila por unos más sonoros y acordes con los personajes que cada uno representaba, de manera que en un rápido y lúcido destello de creatividad decidió bautizarlos como Emeterio y Felipe, Los Tolimenses”, dice Ércole.

Desde entonces, su éxito creció hasta desbordarse, participaron en centenares de programas, obras sociales y recepciones de altura presidencial. Grabaron más de cuarenta discos e incluso llegaron al cine, con películas como ‘Y la novia dijo…’ (1964) y sobre todo ‘Amenaza nuclear’ (1981), una parodia de una cinta de James Bond, pero con los superagentes D2 KLI2.

Su popularidad y su carisma los llevaron a presentarse en diversos países del Caribe, Europa occidental y hasta Rusia, además de sus frecuentes espectáculos en Nueva York, Miami y Los Ángeles. En esta última, obtuvieron la Palma de Oro, en un Festival de la Canción Latinoamericana, en 1966. Allí superaron a competidores como José Alfredo Jiménez, de México, y Vicky Carr, de Estados Unidos.

Así llegaron al Madison Square Garden, en 1989, con el programa ‘Embajadores de la música colombiana’, de Jorge Barón, volando en el jumbo (que ellos pronunciaban con jota). El video aún lo conserva Ércole, por ser una invitación histórica, con la que Barón compensaba el favor que le habían hecho años atrás Los Tolimenses, para la primera edición de ‘El show de las estrellas’: actuaron sin cobrar, porque Barón no tenía con qué pagarles.

A comienzos de la década de los 90, Emeterio comenzó a incumplir sus compromisos por culpa del alcohol. Cuenta Ércole que una vez, con una gira ya contratada por cinco ciudades de Estados Unidos, Emeterio nunca llegó al aeropuerto. “A mi papá le tocó viajar, poner la cara, y conseguir otra persona que le hiciera la segunda, como si fuera Felipe, y mi papá hacía el papel de Emeterio, con los chistes, para sacar adelante los cinco contratos”.

A su regreso, se acabó el dueto para no perjudicar el nombre que había ganado y por respeto al compañero caído en desgracia. Pero el alcoholismo se acentuó y en el año 2001, Jorge Ramírez, el popular Emeterio, falleció. El cronista de El Tiempo José Navia lo describió entonces así: “Solo cuando lo vio mezclar casi media botella de aguardiente con la sopa, y tomársela sin fruncir el ceño, Darío Corona supo que el alcohol había logrado efectos definitivos y devastadores en la humanidad de su patrón”.

Sus buenos recuerdos, su carrera de cuatro décadas y las fotos que lo testimonian vuelven ahora en formato de libro. Al igual que sus mejores cuentos: “Un día me encontré a mi suegra con una gallina debajo del brazo, y le dije: ¿Pa’onde va con esa marrana? Dijió: ‘No sea bruto, no ve que es una gallina?’ Qué pena, suegra, pero estoy hablando con la gallina”.

Con información: El Tiempo.

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